Economía

Robert Fogel contra el Dr. Pangloss

18 Jun, 2013 - - @jorgesmiguel

La semana pasada falleció Robert Fogel y, como se ha escrito ya mucho sobre él estos días (aquí, por ejemplo), me ahorraré las presentaciones y el obituario. No obstante, leer este artículo de Jesús Fernández-Villaverde me ha animado a recuperar algunas cosas que escribí hace tiempo sobre el mismo asunto y con parecido enfoque.

Como ya sabéis, el libro que hizo famoso a Fogel (con Stanley L. Engerman) fue Time on the Cross, donde intentaba refutar la idea de que la esclavitud en los Estados del Sur fuese una institución ineficiente y condenada a desaparecer por el mero despliegue del progreso histórico; con el añadido polémico de algunas consideraciones sobre el trato habitual a los esclavos que, a ojos de algunos, resultaban excesivamente benévolas. Al margen de esto, el libro de Fogel atacaba buena parte de la sabiduría convencional de raíz liberal o whig sobre el esclavismo; pero una sabiduría convencional que, como señala Jesús, también resultaba cómoda para algunos reaccionarios y apologetas del Sur.

Lo curioso es que el debate político en España, en la última década, ha deambulado en ocasiones por derroteros tan extraños, y las long tails de la distribución política en internet han llegado en ocasiones tan lejos, que aquí también hemos tenido fervientes apologetas del Sur y detractores de Lincoln en fechas recientes, y eso fue lo que me motivó a acercarme a Fogel hace unos años.

Para poner en contexto la cuestión, la esclavitud no había sido siempre una institución central en la economía y la ideología del Sur -si bien las formas de servidumbre y vinculación personal nunca fueron ajenas a las colonización americana, como muestra el hecho de que la mayoría de colonos británicos que llegaron a América lo hicieron como indentured servants. La gran economía algodonera de plantación se desarrolló paulatinamente a lo largo del S. XIX: la producción de algodón pasó de 4.000 balas en 1791 a más de 5 millones hacia 1860. Por entonces, en un contexto internacional favorable a las materias primas, y con los textiles británicos tirando de la demanda, las exportaciones del Sur (que incluían también cáñamo, tabaco y azúcar) superaban a las del Norte. La esclavitud no daba signos de decadencia sino todo lo contrario.

De hecho, podemos remontarnos a la verdadera prehistoria de la cliometría, a un artículo de Conrad y Meyer de 1958, para hallar un modelo económico del equilibro alcanzado en los estados del Sur. Según estos autores, el Bajo Sur producía las cosechas mientras el Alto Sur, menos apto para la plantación, producía los esclavos para el primero. Así, ambas secciones se beneficiaban de la gran economía de plantación en un sistema integrado:

El esclavismo era rentable para todo el Sur: la demanda continua de trabajo en el Cinturón Algodonero aseguraba beneficios para el negocio de cría en las tierras menos productivas de la costa y los estados fronterizos. Los beneficios de la cría, sin embargo, eran necesarios para hacer el negocio de la plantación tan rentable en las tierras pobres como otras actividades alternativas contemporáneas en los Estados Unidos.

Otro punto interesante es que, desde comienzos de siglo, y de manera paralela al crecimiento del negocio algodonero, se había producido un proceso de concentración en la propiedad de la tierra y los esclavos y, consecuentemente, en la renta. Esto hacía que la esclavitud fuese rentable no solo económicamente (para las elites), sino también desde un punto de vista ideológico: permitía mantener la ficción de que todos los sureños pertenecían a una misma y orgullosa clase de hombres libres, pese a que la mayoría de ellos estaban excluidos de los beneficios de la economía de plantación. Da una idea de la fuerza ideológica detrás de la esclavitud que esos mismos hombres sin apenas intereses objetivos en el sistema fuesen a morir en proporción de 1/4 en una de las guerras más devastadoras que se habían conocido. Y se diría que hasta hoy, siglo y medio después de la caída de Dixie, podemos rastrear los signos de este orgullo en las manifestaciones más diversas de la cultura popular.

De hecho, se ha señalado que la mayor amenaza que se cernía sobre la economía de plantación no provenía del sistema de trabajo sino de la propia tierra: el agotamiento del suelo. Con todo, es posible que las tierras sin roturar del Sur hubieran podido acomodar la economía esclavista durante décadas. J. G. Randall, autor de un manual de referencia durante medio siglo, The Civil War and Reconstruction, señalaba aumentos en la tierra roturada de entre un 61,5 y un 1832,1% en varios estados sureños entre 1850 y 1910. Se ha escrito también sobre planes reales o supuestos de las elites sureñas para una expansión colonial por el Caribe. Y no hay que olvidar que en el origen de la Guerra Civil se encuentra precisamente una querella sobre la expansión de la esclavitud a los territorios vírgenes del Oeste (Wilmot Proviso, 1846).

En cualquier caso, el libro de Fogel nos sigue alertando contra esa tendencia complaciente del liberalismo (empleo el término en el más amplio de los sentidos) que pretende dejar a la providencia de un impersonal progreso histórico toda mejora del bienestar y toda corrección de injusticias, y que a veces se convierte en una excelente aliada de los reaccionarios de todo signo.