ingeniería institucional & Política

Las múltiples personalidades del contrato único

4 Jun, 2013 - - @egocrata

Al hablar de políticas públicas, lo importante siempre está en los detalles. Una medida o legislación, partiendo de una misma base, puede generar efectos redistributivos considerables o básicamente nulos dependiendo de su implementación concreta.  Es una verdad bastante obvia, pero del mismo modo que podemos diseñar una educación pública alegremente segregada por clase social, un sistema de pensiones que replique el reparto de riqueza del mercado laboral en las jubilaciones o una sanidad universal donde casi todo el mundo pague de su bolsillo, también podemos un sistema educativo centrado en la igualdad de oportunidades, un sistema de pensiones igualitario o una sanidad que dé un servicio excelente a la clase media.

Todo esto viene ante las declaraciones de Esperanza Aguirre ayer diciendo apoyar la idea del contrato único, y la idea que este apoyo demuestra que es una idea de derechas, y por lo tanto malvada, neoliberal y peligrosa. La realidad, sin embargo, es un poco más prosaica: como repetimos a menudo, uno puede diseñar un contrato único de izquierdas o uno de derechas, y los efectos serán bastante distintos según quién esté creando el modelo.

Pondré cuatro ejemplos. Por un lado tenemos el modelo propuesto por Fedea,  un contrato que empieza con una indemnización por despido improcedente (en su modelo, será la utilizada de forma habitual) de 12 días el primer año, 15 el segundo, 18 el tercero y así sucesivamente, hasta alcanzar un máximo de 32 a partir del octavo año. La protección inicial es mayor que la de los contratos temporales en el sistema actual, y las protección va incrementándose progresivamente según pasan los años. Para el empresario es más barato renovar un empleado el primer año (ya que en el segundo sólo gana tres días extras de indemnización) que despedirlo y contratar uno nuevo. El sistema genera incentivos para alargar contratos, no reducirlos; el objetivo de reducir la dualidad se cumple.

Otro modelo posible es la propuesta de Kantor en estas páginas, un contrato único con indemnización marginal decreciente. Es una combinación de una indemnización por despido creciente con un sistema de mochila austríaca (una cuenta de ahorro forzoso, en el sentido estricto). En los primeros años, el empresario es responsable de aportar la mayor parte del dinero de esa mochila; según gana antigüedad y la indemnización crece, el trabajador cubrirá progresivamente una parte mayor.  El sistema funciona de forma similar al anterior, con la diferencia que si un negocio necesita despedir la antigüedad del trabajador tiene un peso mucho más reducido sobre el coste de la indemnización para el empresario. El modelo sigue protegiendo a los trabajadores veteranos algo más que a los jóvenes, pero la distribución es bastante más igualitaria.

Dentro del esquema básico del modelo de Fedea, también podemos diseñar un contrato único con una escala de despidos mucho menos pronunciada. Las indemnizaciones puede ir como 6-8-10-12-14-16-18-20, por ejemplo, en vez de la escala de 12 a 32 del primer modelo; el sistema igualmente eliminaría la dualidad, pero sería bastante más hostil con el trabajador en comparación.

Podemos crear también un sistema de contrato único donde no existan las indemnizaciones, pero en cambio las empresas deban pagar un impuesto sobre los despidos en forma de mayores cotizaciones sociales. El estado utiliza el dinero de este impuesto para pagar un subsidio de desempleo más generoso, penalizando a su vez a las empresas que parecen basar su modelo de negocio en echar gente a la calle constantemente. Esta idea (de Blanchard, si mal no recuerdo) puede sonar increíblemente conservadora, pero a la práctica puede ser tremendamente redistributiva y ofrecer tanta o más protección a los trabajadores que cualquier indemnización. También puede ser modestamente progresiva creando un sistema con poca protección a los trabajadores, como es el caso de Estados Unidos (sí, este es el sistema en USA – el despido no es libre. O no del todo,vaya).

Los cuatro modelos descritos arriban entrarían bajo la categoría de contrato único, pero sus efectos reales serían completamente distintos. El modelo de Fedea 12-32 sería, por ejemplo, mucho más igualitario que el  hipotético Fedea 6-20. El diseño de Kantor sería más favorable a los jóvenes. El sistema Blanchard puede ser increíblemente progresivo y hostil a las empresas con impuestos altos, y un modesto instrumento para evitar abusos infames sin apenas redistribución con impuestos bajos. Los cuatro modelos reducirían la atroz dualidad del mercado laboral español y probablemente mejorarían la capacidad redistributiva del estado (recordad, la dualidad hace que el estado de bienestar español apenas redistribuya riqueza), pero también crearían mercados  laborales considerablemente distintos.

Por añadido, el contrato único sólo es una pieza del mercado laboral; un diseñador incompetente puede acompañar cualquiera de estos sistemas con una serie de normas adicionales que revienten completamente los objetivos del plan. Para empezar, tenemos el estado de bienestar; un sistema con costes de despido casi nulos pero un gasto generoso en desempleo y formación puede ser tremendamente progresivo. El contrato único también puede seguir el modelo americano de despido prácticamente libre, pero ir acompañado de regulación que den capacidad de veto a los sindicatos sobre los despidos forzando negociar compensaciones (el sistema sueco, más o menos). En dirección contraria un contrato único con indemnizaciones por despido improcedente muy elevadas puede ser alegremente inutilizado por normas de causalización muy laxas, negociación colectiva muy sesgada a favor de los empresarios, derecho a la huelga cómicamente restrictivo o una combinación de esos factores. Arreglar la dualidad no basta para arreglar todos los problemas de un mercado laboral disfuncional. El diseño del contrato único es una parte, pero no la historia completa. 

Queda por discutir dos cosas. La primera es si cualquier contrato único, incluso uno diseñado por la mente desatada de Esperanza Aguirre, es mejor que el absurdo desbarajuste actual. Mi respuesta es probablemente sí, aunque con lo imaginativos que son los políticos españoles para crear catástrofes inesperada no me extrañaría que alguien pariera un modelo lo suficiente espantoso como para ser peor que el status quo. El segundo punto es si la dualidad es un problema, por qué no hablamos de despido libre puro, sin impuestos, indemnizaciones y demás. En este caso me remito a Blanchard, como discutimos en la tertulia: un despido genera externalidades negativas (coste para el estado, estabilidad familiar, costes de búsqueda de empleo, etcétera), y como toda externalidad, debe ser incluída en el precio. En este caso, haciendo que el despido tenga costes extras.

Resumiendo, por tanto: el contrato único resuelve el problema central del mercado laboral español, la dualidad, pero puede hacerlo de formas muy distintas según cómo esté diseñado. En sentido estricto no es una idea «de izquierdas» o «de derechas»; todo depende de cómo se diseñe, y qué medidas lo acompañen. Como dice a menudo Jorge Galindo, en un mundo ideal donde Politikon haya triunfado todos los partidos llevarían un modelo de contrato único en sus programas, con el PP en un extremo ofreciendo un modelo a la american e Izquierda Unida en el otro prometiendo más días de indemnización que nadie y un poder enorme para los sindicatos. De momento, muchos partidos siguen sin dar prioridad a solucionar la dualidad.