Economía

Siete errores y falacias sobre el contrato único

3 Jun, 2013 - - @jorgesmiguel

Artículo escrito colectivamente por Politikon.

Desde que el Comisario László Andor reactivó el debate en torno al contrato único con su matizada sugerencia de hace dos semanas, los argumentos a favor y en contra de la idea se han sucedido en los medios de comunicación y las redes sociales. Como sabéis, este es un debate al que hemos contribuido en Politikon desde hace más de un año con una propuesta propia, una web informativa y otras iniciativas y proyectos. También abrimos un Google Doc, que sigue online, para resolver dudas, y hemos respondido en el hashtag #contratoúnico con ocasión de la última tertulia monográfica sobre el tema. No obstante, dado que algunos errores y falacias en torno a la idea del contrato único aparecen frecuentemente en la conversación pública, ya sea por desconocimiento o por interés, nos ha parecido que era oportuno recapitularlos.

1. Contrato único equivale a despido más barato o libre.

El modelo de contrato único es independiente de la existencia de una indemnización por despido o de la cuantía de la indemnización máxima. Se trata de una eliminación de la dualidad institucionalizada. En nuestra propuesta, la indemnización sería creciente hasta alcanzar un máximo que dejase la media aproximadamente al mismo nivel que el actual. Podría asimismo ser inferior o superior, pero no es cierto que el contrato único implique per se un abaratamiento del despido.

2. El contrato único es inconstitucional.

Para sortear la cacareada inconstitucionalidad del contrato único bastaría a buen seguro con mantener la causalidad en el despido y estipular dos escalas de indemnización: una para despidos «procedentes», otra para «improcedentes». A nuestro juicio, apelar a la Constitución parece más bien un subterfugio para cerrar el debate obviando, con grandes dosis de cinismo y grandilocuencia, la indefensión real de millones de trabajadores teóricamente amparados por esa misma Constitución -y que se deriva del hecho de que, en la actualidad, la causalidad no existe para los contratos temporales.

3. La causa de la dualidad laboral no es la legislación sino el modelo productivo.

Como ha demostrado Javier Polavieja, las tasas de temporalidad en el mercado laboral español son inusitadamente altas con independencia del sector. También ha mostrado que la estructura productiva no explica esa elevada temporalidad y que existen señales de que la regulación laboral está detrás de ella. Es más: no sólo hay evidencia de que la dualidad no viene causada por el modelo productivo, sino que es posible argumentar que existen efectos en sentido contrario, y que la dualidad de nuestra regulación laboral, al ofrecer ventajas a las empresas que se nutren de temporales, está contribuyendo a que éstas ganen presencia en nuestro tejido productivo.

El debate público en nuestro país es siempre fecundo en argumentos culturalistas y circulares, que operan a modo de cajas negras para explicarlo todo sin explicar nada. Sin negar que existen inercias producidas por más de treinta años de dualidad, en este caso, explicaciones como referirse a una supuesta «cultura de la temporalidad» van más allá y bordean lo grotesco.

4. La causa de la dualidad y el elevado desempleo juvenil no es la legislación sino la crisis económica.

Este argumento es una modalidad de otro más general y muy extendido, según el cual la legislación no tiene papel alguno en el desastroso mercado laboral español: las elevadísimas tasas de desempleo serían simplemente consecuencia de la actual crisis económica, de la desaparición del crédito, de la caída del gasto público, etc, etc. Para entender hasta qué punto este argumento es falaz, basta contemplar las terribles tasas españolas de desempleo en el contexto de la OCDE y en perspectiva histórica. En cuanto al desempleo juvenil (que también es anormalmente alto en las fases expansivas) y la temporalidad, pensamos que la gráfica (tercera de este artículo) que muestra la destrucción de empleo desde 2008 desglosada por tipos de contrato y edad es lo bastante elocuente -tanto de la estructura de nuestro mercado laboral como del papel de los trabajadores precarios como colchón «de usar y tirar» ante los ajustes.

5. La variación entre CCAA demuestra que el origen de la dualidad y el desempleo no está en la legislación.

Nos detenemos en este error no porque tenga la menor entidad, sino porque se repite con bastante frecuencia. En realidad, se trata de una burda falacia estadística, como ha explicado Jesús Fernández-Villaverde.

6. El contrato único no crea empleo.

Ninguna reforma laboral sirve para crear empleo en recesión. Ningún proponente serio del contrato único emplea este argumento. Pero el marco legal sí es determinante para la calidad del empleo que se cree, para repartir equitativamente la destrucción de empleo en caso de crisis y para sentar las bases de un modelo productivo menos orientado a la temporalidad y los sectores poco intensivos en capital humano.

7. El contrato único es un experimento académico sin fundamento real.

Es cierto que un contrato único como el que figura en la mayoría de las propuestas no existe como tal en ningún país de nuestro entorno. La razón es sencilla: el mercado laboral español es una anomalía en la OCDE, como hemos documentado abundantemente, un desastre sin paliativos que justifica considerar medidas valientes. Lo que sí existe en otros países son mercados muy simplificados que funcionan notablemente mejor que el español, así como elementos que podrían entrar en la constitución del nuevo modelo (la «mochila austríaca», por ejemplo). Sabemos que la dualidad, es decir, la brecha de protección entre indefinidos y temporales tiene efectos negativos, y que estos son tanto mayores cuanto más grande es la brecha. La lógica detrás de la propuesta es, sencillamente, reducir esa brecha a cero. Por otra parte, la novedad de una política, siempre que esté bien fundamentada, no es una objeción insalvable para implementarla. Desde luego, no lo ha sido para introducir en nuestro mercado todo tipo de contratos novedosos y «atípicos» en un proceso acumulativo cuyos resultados están a la vista de todos.

Al margen de estos errores, malentendidos o argumentos de trinchera, nos choca comprobar que determinados colectivos y analistas sólo parecen interesados en hablar de la dualidad laboral para arremeter contra la idea del contrato único. Las propuestas alternativas brillan por su ausencia; o, cuando se dan, suelen tener un aire improvisado, repetitivo y conformista, como admitiendo a duras penas que la situación actual sea problemática en absoluto. Para dichos colectivos, la dualización del mercado de trabajo no parece haber constituido un problema serio en tres décadas. Ni siquiera en estos últimos años de crisis, en los que la destrucción de empleo se ha cebado de manera desproporcionada con los trabajadores «precarios» mientras los contratos temporales constituían una parte mayoritaria de los de nueva creación, lo que asegura perpetuar la desigualdad. Nosotros sí creemos que es uno de nuestros problemas más graves, y que ha llegado el momento de debatir propuestas ambiciosas y bien fundamentadas.