Economía

Thatcher y la penitencia del mal menor

12 Abr, 2013 - - @egocrata

Al hablar del legado económico de Margaret Thatcher siempre es difícil dejar de lado los prejuicios ideológicos y mirar los datos. Ningún líder político europeo en años recientes ha generado una división tan fuerte entre partidarios y detractores como la Primera Ministra británica (con la posible excepción de Berlusconi, aunque nadie se explica quién narices le vota), con cualquier balance de su carrera política siempre difuminado por los viejos símbolos de esos años.

La verdad, hablar de Thatcher siempre me genera el mismo problema: es muy difícil evaluar sus políticas fuera del contexto de lo que era Reino Unido en 1978, y las alternativas que había sobre la mesa. Tenemos, por un lado, un país que está metido en una crisis institucional a largo plazo grave esos años;  la economía británica se había estancado horriblemente, el sector público empresarial era un sumidero infinito y la situación social era un polvorín insostenible. El ejemplo más claro de la decadencia era que principios de los setenta el PIB por cápita del Reino Unido cayó por debajo del francés probablemente por primera vez desde principios del siglo XVIII. El país iba directo camino a ninguna parte.

En ese contexto podemos decir que había cuatro opciones, cuatro respuestas posibles a la crisis. Opción uno, no hacer nada, manteniendo el status quo. Esto es, seguir la política económica de los laboristas hasta entonces, que había demostrado ser insostenible socialmente y no estaba arreglando nada. Opción dos, dar rienda suelta a las ideas del ala izquierda del partido laborista, que como ya he comentado, eran completamente absurdas. Opción tres, apostar por un reformismo decidido desde la socialdemocracia que liberalizara la economía y a la vez creara un estado de bienestar fuerte con un sistema educativo potente, igualdad de oportunidades y redistribución. Opción cuatro, apostar por un reformismo decidido desde el neoliberalismo que liberalizara la economía y se preocupara por encima de todo de reducir el coste de hacer negocios y controlar la inflación.

La opción uno iba camino de perder las elecciones parlamentarias en 1979. La opción dos era increíblemente impopular, y probablemente empeoraría la situación del país (preguntadle a Mitterrand si le salió bien). La opción tres era un unicornio; una minoría del partido laborista tenía esa clase de ideas, y acabó escindiéndose y perdiendo elecciones igual en 1984. La opción cuatro era Thatcher.

¿Qué era lo mejor que le podía suceder al Reino Unido a principios de los ochenta? Mi opción preferida, obviamente, sería la emergencia de un reformismo de izquierdas. La peor opción sería, casi seguro, un partido neotroskysta en Whitehall. Pero mi ideal no existe, así que me veo forzado a escoger entre dos males menores. Por un lado, no hacer nada y seguir con cosas que no funcionan, gestionando la decadencia, y por otro aprobar un montón de reformas necesarias y un buen puñado de cambios fiscales regresivos que me repugnan profundamente. Si tuviera que escoger entre estas dos opciones es posible que me acabara decantando por aprobar reformas ahora e intentar ganar elecciones luego para deshacer los peor excesos del Thatcherismo (una lástima que los laboristas decidieran implosionar en ese momento y no volvieran a ganar hasta 1996). Entre una tasa de crecimiento casi nulo sin redistribución y un crecimiento decente aunque mal repartido me quedaría con lo segundo, al menos a corto plazo.

Es por este motivo que la figura de Thatcher es tan complicada de evaluar de forma objetiva. Muchas de sus políticas públicas fueron increíblemente torpes (desde la fallida poll tax a su monetarismo un tanto cavernícola, pasando por su olímpico desprecio por la educación) y desalmadamente regresivas. Muchas de sus reformas, sin embargo (la mayoría de las privatizaciones, liberalización de muchos sectores, grandes cambios en el mercado laboral, empezando por la negociación colectiva) eran objetivamente imprescindibles, y hicieron un favor enorme al país a medio plazo.  Reino Unido en 1992 tenía una economía mucho mejor que en 1978 en muchos aspectos. También era un país manifiestamente más injusto en otros. Decir si Thatcher «valió la pena», si sus años en Downing Street fueron un bien o un mal, es mucho más complicado que decir si era un agente del capitalismo feroz o una campeona de la libertad. Un político no puede ser evaluado sin su contexto; Thatcher puede que fuera horrible, pero es posible que fuera el mal menor.

….

Tres notas finales. Si queréis un buen repaso a la política fiscal del Reino Unido en los años ochenta y noventa, este artículo es una buena introducción. Vale la pena señalar que en la era Thatcher la sanidad pública británica no sufrió recortes (el gasto aumentó, de hecho), lo que se llevó los peores hachazos fue educación y servicios sociales. Segundo, lo realmente admirable de la Primera Ministra fue su tozudez: quería aprobar reformas, y eso hizo, caiga quien caiga. Tercero, los ferrocarriles los privatizó John Major, no Thatcher. Para puntualizar.