historia

¿Por qué no hay un partido liberal en España?

8 Abr, 2013 - - @jorgesmiguel

El reciente estudio internacional de la Fundación BBVA sobre valores políticos y económicos ha vuelto a mostrar algunas tendencias que suelen repetirse en este tipo de encuestas en nuestro país. Los ciudadanos tienden a confiar desmedidamente en el papel del Estado no sólo como regulador sino como planificador y provisor, al tiempo que muestran una igualmente intensa desconfianza hacia la clase política. En España, las clases medias han sido tradicionalmente muy dependientes del Estado, y la política sigue copada en buena medida por funcionarios, lo que quizás contribuya a explicar en parte estas opiniones tan arraigadas. En relación con esto, una pregunta frecuente cuando consideramos nuestro sistema de partidos es el por qué de la inexistencia histórica de un partido liberal fuerte y representativo a lo largo del S. XX.

El viejo Partido Liberal de la Restauración era una criatura y una condición necesaria del “turno”, y fue desinflándose tras la muerte del líder y el posterior asesinato de Canalejas a la misma velocidad o más que el régimen del que emanaba. Más importante que esto, en España no se produjo a lo largo del XIX el triunfo de un “orden liberal” en el mismo sentido que en el Reino Unido o Francia, y las interpretaciones tradicionales suelen aludir al atraso secular, la debilidad de la burguesía y otros tópicos. Aquí es donde quiero enlazar con un estudio de Gregory M. Luebbert para presentar brevemente su tesis sobre este fenómeno, que recoge en parte esos lugares comunes pero los engarza en un relato algo más sofisticado y dentro de un modelo continental.

En Liberalism, Fascism, or Social Democracy (1991), Luebbert ensayó una clasificación de los regímenes políticos europeos a partir de las alianzas de clase. Allí donde las clases medias se mantuvieron unidas alrededor de grandes consensos de centro-derecha, y donde la movilización obrera se canalizó a través de un sindicalismo que cooperaba con el orden liberal y no ponía en cuestión sus cimientos (Lib-labism), el liberalismo tuvo un papel hegemónico. Tal fue el caso, según Luebbert, del Reino Unido, Francia y Suiza, con Bélgica y Holanda como casos particulares. En otros países, las clases medias se fracturaron por diversas cuestiones o clivajes -religiosos, centro-periferia, etc-, y las alianzas alternativas a que dieron lugar esas fracturas determinaron regímenes no liberales durante el período de entreguerras: socialdemocracias donde los pequeños y medios propietarios rurales se aliaron con las clases trabajadoras; fascismos donde lo hicieron con las clases medias urbanas.

En las primeras (Noruega, Suecia, Dinamarca, Checoslovaquia) se mantuvo la competición electoral democrática, pero los mecanismos económicos se apartaron de la ortodoxia liberal -por ejemplo, en la concertación salarial- y concedieron en general un poder negociador fuerte a los sindicatos. Los fascismos (Alemania, Italia, España) también abandonaron la ortodoxia liberal en favor del corporativismo y las políticas de estímulo, pero por el camino se dejaron las instituciones democráticas y avanzaron de manera decidida hacia el autoritarismo -lo que motivó que los regímenes fascistas acabasen por “independizarse” un tanto de las alianzas de clase que los habían permitido.

¿Dónde encaja España en este modelo? Según Luebbert, el punto fundamental del fracaso del orden liberal en nuestro país fue, por un lado, el atraso general del país, que lo asimilaba en cierto sentido a los del Este de Europa; y muy particularmente las fracturas en torno a las cuestiones religiosa y territorial, unidas a la disociación entre poder político y económico: las regiones más industrializadas y pujantes no disfrutaban de equivalente influencia respecto a las más atrasadas, las elites agrarias y los sectores sociales menos incorporados a la modernidad. La reactivación desde el 98 de la fractura religiosa entre conservadores y liberales, arrastrada desde el XIX y sólo maquillada por el “turno”, deterioró el régimen de la Restauración y dificultó o impidió consensos entre las elites centrales. Por otra parte, las clases medias se partieron también por el eje centro-periferia, haciendo imposibles  grandes alianzas nacionales. Por ejemplo, el floreciente nacionalismo catalán se nutrió tanto de las clases medias urbanas liberales como de la alta burguesía conservadora y clerical, y hasta de los resabios del carlismo rural. Por su parte, conservadores y liberales del centro tendieron a apoyarse cada vez más sobre las fuerzas armadas, prolongando la tradición de los pronunciamientos del S. XIX y anunciando el papel decisivo que el ejército tendría en la vida política del país en las seis décadas siguientes. Todo ello en un contexto de debilidad de instituciones y partidos. Para cuando se empiece a ensayar una verdadera movilización de masas, podemos anotar al margen, la posibilidad de consolidar no ya un orden, sino un gran partido liberal nacional, será un débil recuerdo frente a la fuerza del obrerismo y la división de las clases medias.

En este resumen de un cuadro ya de por sí (necesariamente) esquemático se pierden sin duda muchos detalles y matices. Las relaciones políticas y económicas entre centro y periferia en España eran ya por entonces tortuosas, y Luebbert quizás enfrente el atraso del “centro” a la modernidad de las regiones industrializadas de manera en exceso automática. No obstante, y a pesar de que los modelos basados en clases y alianzas de clase quizás no estén muy de moda, el de Luebbert puede servirnos de punto de partida para reflexionar sobre algunas particularidades de nuestro sistema de partidos y de nuestra política en general. Tiene además la evidente ventaja de proponernos contemplar el caso español en un contexto europeo más amplio, lejos de las protestas de excepcionalidad (para bien y sobre todo para mal) y los argumentos culturalistas a los que tan aficionados somos.

PS – Mientras terminaba el post, he recordado el PRD, la “Operación Roca” de 1986. Aunque por entonces yo era muy pequeño, mi percepción del asunto es que el potencial del partido, si alguna vez tuvo alguno, se disolvió por las reticencias a que su líder y máximo valor fuese el catalán y catalanista Roca. ¿Hasta que punto pensáis que podríamos encajarlo en los esquemas descritos arriba?