Economía

¿Qué sucede cuando quiebra un banco?

4 Abr, 2013 - - @egocrata

La gran queja de esta crisis, si atendemos a los comentarios de mi artículo anterior, es que no hemos dejado caer a los bancos. Los banqueros, esa gente loca e irresponsable que nos regaron la economía con créditos que nunca íbamos a poder pagar (y que pedimos, supongo, porque nos obligaban. Ya se sabe.) ganó montones de dinero durante la burbuja sólo para ser rescatados sin que nadie les tocara el pelo durante la recesión. Todo hubiera ido mucho mejor y España sería un país mucho más justo si hubiéramos dejado que quebraran y nos hubiéramos librado de esos cretinos.

La verdad, la idea es atractiva. Algunos bancos y cajas de ahorros se hincharon a dar créditos absurdos la pasada década, hinchando la burbuja inmobiliaria hasta cotas insostenibles. Hacer que paguen penitencia entregando las armas y pidiendo perdón a las víctimas no deja de tener sentido;  se lo han ganado a pulso.

El problema (porque siempre hay un problema) es que los bancos y cajas de ahorros no son empresas normales. Un banco no es una fábrica que tiene maquinaria, o un almacén lleno de dinero vigilado por guardias. La descripción más sencilla, si tenemos que dar una, es un sistema de fontanería que mueve liquidez de un sitio a otro en una economía.

En una economía siempre hay gente que tiene dinero pero no sabe dónde gastarlo, y gente que quiere gastar pero no tiene dinero a mano para hacerlo. Imaginemos, por ejemplo, que me quiero comprar una casa (sí, me gusta el riesgo), pero no tengo suficiente dinero ahorrado para pagar al contado. En un mundo sin bancos siempre puedo ir casa por casa a todos mis vecinos y pedirles un préstamo pequeñito a todos los que tengan ahorros. Cuando tengo suficientes prestamistas, me voy a la inmobiliaria. No hace falta decirlo, esto es una pérdida de tiempo considerable, y costará horrores convencer a los vecinos que todo irá bien en mi trabajo durante los próximos treinta años para que me dejen el dinero.

Los bancos es cómo en economías avanzadas ponemos en contacto a aquellos con exceso de ahorro con los que buscan capital. En el ejemplo anterior es el banco el que pide dinero prestado a los ahorradores del barrio (recordatorio: una cuenta bancaria es un préstamo a un banco), ahorrándome el trabajo de buscar capital en solitario. Cuando me conceden un préstamo, obviamente, me van a cobrar un interés ligeramente superior que si hubiera acumulado el dinero yo solito por las molestias, y es de ahí donde sacan los beneficios.

Los bancos, además, saben que los ahorradores nunca piden todo el dinero de golpe, así que pueden hacer un truco muy especial: prestar más dinero de lo que ellos han pedido prestado, esto es, apalancarse. En una economía normal, esto no es un problema, ya que es relativamente fácil predecir el flujo de dinero o pedir créditos a corto plazo para cubrir imprevistos.

Ahora compliquemos un poco más el asunto, con bancos un poco más complicados y millones de inversores comprando casas y pidiendo préstamos. En los días de gloria de la España burbujil, todo el mundo andaba como un loco pidiendo créditos. El BCE, en su infinita sabiduría, nos dejó la economía con tipos de interés negativos durante casi una década (¡dinero gratis!) así que tonto el último en eso de endeudarse hasta las trancas. Aquí participamos (casi) todos: gente comprando casas, empresas construyendo viviendas, autonomías montando ciudades de la cultura y la Fórmula 1 y el gobierno central llenándome el país de trenes. Los bancos españoles, al principio, hacían lo que siempre habían hecho, pedir dinero a sus clientes de toda la vida y dar crédito. Con la orgía consumista que llevábamos todos dentro, sin embargo, hubo un momento en que ese dinero no bastaba, así que tuvieron que recurrir al exterior. En Alemania había muchos ahorradores sin ganas de gastar dinero, y bancos alemanes buscando a gente que quisiera gastarlo. Los bancos y cajas (especialmente las cajas) españolas tenían mucha gente pidiendo dinero y poca gente ahorrando, así que no tardaron en encontrarse. El resultado es que nos endeudamos no sólo con nosotros mismos, sino también con el exterior.

La burbuja estalla, tenemos millones de gente que pierden su trabajo y todos esos créditos que tan alegremente habíamos repartido dejan de funcionar. Esto quiere decir que el banco, que había pedido dinero prestado para poder conceder créditos, ahora resulta que no tiene dinero para devolver lo que debe. Cuando la abuelita va a sacar dinero del cajero para hacer la compra, ese dinero no está ahí porque el sobrino molón que vive en Murcia ha dejado de pagar las letras de su BMW. El banco siempre puede pedir un crédito a alguien para que los depositantes reciban su dinero cuando lo piden, ciertamente, sea de otros bancos o del banco central. El problema es que el resto de entidades no son del todo estúpidas, y llegará un momento en que cerrarán el grifo. El hipotético banco que no puede recuperar lo prestado tampoco puede pagar sus deudas, y la abuelita pierde todo su dinero.

La cosa, sin embargo, no queda aquí. Para empezar, tenemos un fondo de garantía de depósitos, un seguro público que evita que los pequeños ahorradores pierdan hasta la camisa cuando su banco se la pega sin que ellos hayan hecho nada. Esto protegerá a la abuelita (bieeeen) pero dependiendo del tamaño del banco, puede salirnos caro. Cuando la entidad implosionante es especialmente enorme, de hecho, puede llegar a costar una cantidad descomunal de dinero, hasta el punto que puede salir más barato para un gobierno rescatar a un banco evitando que vaya a la bancarrota que cubriendo los destrozos tras su hundimiento.

El otro problema, aún más grave, es que un banco en problemas acostumbra a deber cantidades asombrosas de dinero a otros bancos. Las entidades financieras se pasan la vida prestándose dinero unas a otras constantemente, sea en el mercado interbancario a corto plazo, sea con cosas más sofisticadas cuando se dedican a invertir en otros activos (desde acciones a CDOs, CDS y deuda pública griega). Si de repente una entidad se desvanece en el aire de forma imprevista, el sistema financiero puede encontrarse con un vacío preocupante y nadie que sepa quien va a pagarlo. Un proceso de bancarrota, en teoría, sirve para decidir quién cobra qué y cuánto, pero en el caso de un mega-banco con montones de operaciones a corto y apuestas financieras complicadas esto no acostumbra a bastar, especialmente si estaba muy apalancado. Una bancarrota de una entidad sistémica (esto es, enorme y con dinero repartido en todas partes- too big too fail) puede empujar otros bancos a situaciones contables más que precarias. Si la primera quiebra es lo suficiente chapucera para generar dudas sobre el resto, el resultado puede ser que un montón de bancos que antes estaban sanos ahora tengan problemas para tener acceso a financiación a corto y no puedan afrontar pagos. Añade dos pizcas de pánico y confusión, y tenemos el desbarajuste que vimos con Lehman Brothers el 2008.

Traduzcamos esto al caso español, y supongamos una bancarrota incontrolada de CatalunyaCaixa o Bankia. Primero, el estado español se va a comer una buena galleta; las cajas, con sus miles de pequeñas oficinas de barrio, tienen el dinero de muchísimos ahorradores. Segundo, cualquier banco que haya pasado remotamente cerca de estas dos entidades va a ser sospechoso; por muchos créditos que pidieran al exterior, no hace falta ser un genio para saber que otras entidades españolas tendrán un agujero en sus balances. Sabiendo lo mal que va el país, ni Dios va a prestar dinero a bancos españoles a esas alturas, estén sanos o no; con el endeudamiento exterior que tenemos, veríamos bancos solventes quedándose sin liquidez y muriendo tontamente. Por supuesto, el impacto no se limitaría a nuestro sistema financiero; esos alegres prestamistas bávaros estarán en un buen lío. Si alguno se ha pasado de frenada, tendremos otras quiebras allá arriba, aún menos acceso a crédito en España, y un agujero todavía mayor.

Esta historia debería llevarnos a dos conclusiones. Primero, nunca debemos dejar caer un banco sistémico. Nunca. Si una entidad grande y muy apalancada se la pega, el pollo que va armar en su caída va a ir mucho más allá de cargarse sus propios accionistas. Las quiebras bancarias generan enormes daños colaterales, y deben evitarse a toda costa. Es por eso que cuando Bankia se fue al garete la nacionalizamos, simplemente. No hacerlo hubiera sido mucho peor.

Segundo, debemos evitar que un banco sistémico pueda quebrar. Esto se hace o bien prohibiendo la existencia de estas entidades (limitando el tamaño de los bancos con leyes draconianas), o bien regulando a los que existan con un celo y fanatismo salvaje para que nunca, nunca, nunca hagan nada remotamente arriesgado que pueda costar un duro al contribuyente. Si estás planteándote si tienes que rescatar o no un banco, ya has fracasado. Nunca deberías haber llegado a ese punto. El estado regula el sistema financiero con fuerza precisamente por su enorme capacidad de destrucción cuando las cosas van mal. 

Queda discutir tres cosas. Primero, cuando hay rescate, cómo lo hacemos para que sea lo más eficaz y lo menos injusto posible. Ramón tiene un buen artículo sobre el tema, pero ya aviso que no es un tema fácil. Segundo, cómo regular a los bancos. De nuevo, Ramón tiene mucho sobre el tema; leedlo. Tercero, qué hicimos mal en España para que esto sucediese. Eso lo dejo para otro día, pero la historia de nuestro fracaso no está en los bancos. Nuestra tragedia son las cajas de ahorros (públicas, insisto), por un lado, y nuestro desastroso mercado laboral. Supongo que os sonará.