Economía

En defensa de la ineficiencia sindical

26 Mar, 2013 - - @egocrata

Los economistas siempre andan obsesionados con las distorsiones en los mercados. Cuando un actor económico interviene creando regulaciones, fijando precios o creando mini-monopolios, lo que vemos siempre es una pérdida de eficiencia que hace que el bienestar colectivo se reduzca. Esta clase de ineficiencias pueden aparecer cuando una empresa gigante domina un mercado de forma apabullante, cuando el estado crea una regulación que protege a ciertos empresarios en perjuicio de otros, o cuando los sindicatos, esas criaturas infernales, fijan salarios por encima de lo que dictaría el mercado, y causan inflación, caídas de la inversión y toda clase de males económicos.

Al menos esta es la idea tradicional sobre los sindicatos. Hace unos días Daron Acemoglu y James Robinson (sí, los que hablan de élites extractivas en sus ratos libres) publicaban un artículo (vía) señalando que los economistas probablemente deberían preocuparse menos de las pérdidas de eficiencias a corto plazo cuando recomiendan medidas que debiliten el poder de las organizaciones obreras, y más sobre las consecuencias políticas que la pérdida de peso de los sindicatos pueden acarrear a largo plazo. Más en concreto, señalan el hecho que sin un movimiento sindical fuerte los empresarios, que ya tradicionalmente tienen una influencia desproporcionada (leed este artículo de Larry Bartels, anda), no tienen un contrapeso político efectivo, dando paso a políticas públicas horriblemente favorables a los intereses del capital:

Faced with a trade union exercising monopoly power and raising the wages of its members, most economists would advocate removing or limiting the union’s ability to exercise this monopoly power, and this is certainly the right policy in
some circumstances. But unions do not just influence the way the labor market functions; they also have important implications for the political system.

….Because the higher wages that unions generate for their members are one of the main reasons why people join unions, reducing their market power is likely to foster de-unionization. But this may, by further strengthening groups and interests that were already dominant in society, also change the political equilibrium in a direction involving greater efficiency losses. This case illustrates a more general conclusion, which is the heart of our argument: even when it is possible, removing a market failure need not improve the allocation of resources because of its impact on future political equilibria. To understand whether it is likely to do so, one must look at the political consequences of a policy: it is not sufficient to just focus on the economic costs and benefits.

Este argumento, sin embargo, es sospechoso por dos motivos. Primero, porque me da la razón, o más concretamente, porque está peligrosamente cerca de mis prejuicios. Cuando esto sucede, más vale andar con pies de plomo.

Segundo, y más importante, la definición de “poder sindical” e influencia sobre el sistema político es complicada, y es difícil decir cuándo estamos debilitando a un actor político necesario y cuándo estamos eliminando regulaciones laborales estúpidas. La explicación de Acemoglu y Robinson es muy pertinente en países anglosajones; tanto en Estados Unidos como en Reino Unido los niveles de desigualdad se dispararon en paralelo a la muerte de sus movimientos sindicales (completa en Estados Unidos, parcial en Reino Unido). En otros países, sin embargo, la explicación es algo más ambigua, y necesita una descripción más detallada sobre el apoyo social real de los sindicatos y sus niveles de afiliación, y si su influencia en depende de su militancia. En España tenemos unos sindicatos con un poder de mercado enorme (los convenios afectan tanto a afiliados como no afiliados) pero con una militancia reducida y muy concentrada en el algunos sectores. Hemos hablado varias veces de los orígenes de la espantosa dualidad de nuestro mercado laboral, y ciertamente tiene algo que ver con la peculiar estructura del movimiento obrero en nuestro país.

Dejando de lado estas objeciones, sin embargo, la tesis principal me parece relevante: cualquier decisión de política económica debe tener en cuenta sus efectos políticos a largo plazo. Los economistas deberían estar dispuestos a aceptar pequeñas ineficiencias económicas de vez en cuando si eso evita resultados políticos contraproducentes a largo, caso de la guerra de clases vivida en Estados Unidos las tres últimas décadas que han acabado por ganar los ricos (y sí, la excesiva desigualdad tiene consecuencias económicas negativas a largo plazo). Los sindicatos serán un incordio, pero cumplen una función necesaria en el ecosistema político.

Mientras tanto, los líderes de la eurozona deberían tomar nota en este aspecto, y dejar de lado su malsana obsesión con castigar a los “países irresponsables” para evitar riesgo moral. Quizás esta actitud tenga una racionalidad económica impecable, pero destruir el sistema político de cinco países europeos para dar ejemplo es probablemente una mala idea a largo plazo. Al menos no parece una gran idea, ciertamente.