Política

Sobre partidos e interés general

20 Mar, 2013 - - @kanciller

“Como se demuestra, las causas latentes de la división en facciones tienen su origen en la naturaleza del hombre (…) El celo por diferentes opiniones respecto al gobierno, la religión y sus formas teóricas y prácticas; el apego a diferentes caudillos y luchas por el poder o a personas de diferente condición han dividido a los hombres en bandos, los ha inflamado de animosidad y han hecho que estén más dispuestos a molestarse y oprimirse unos a otros que a cooperar por el bien común.”

Con estas palabras se dirigía James Madison a sus compatriotas en “El Correo de Nueva York” el 23 de noviembre de 1787. Argumentando sobre el tamaño óptimo de la nueva República, el prohombre americano hablaba de la inevitabilidad de la existencia de facciones en el joven país. Dado que Madison entendía por facción a “un grupo de ciudadanos que están unidos y actúan por algún impulso común, de pasión o de interés” parece evidente que se refería a la inevitabilidad de los partidos políticos o, al menos, de algo que se les parece mucho. De partidos y de interés general va esta entrada, en gran medida basada en algunas reflexiones y lecturas que hice durante mi carrera.

El pasado domingo dio la casualidad que, saltando de cadena en cadena del televisor, pase un instante frente a un programa de entretenimiento relativamente popular. En un momento dado el entrevistador hizo una pregunta a un lobbista sobre su función y, aunque no recuerdo exactamente en qué momento, éste le preguntó “Visto lo que usted hace ¿Dónde queda entonces el interés general?”. Creo que sin saberlo el entrevistador estaba planteando uno de los dilemas clásicos de la sociedad democrática, el tema del autogobierno. Según las teorías que fundaron nuestros gobiernos representativos, nuestra libertad tan solo puede ser completa cuando tenemos leyes que han sido escogidas por nosotros, y eso sólo es posible si se persigue “la voluntad general” del Pueblo. Para entender la noción de interés general lo que hay que hacer es que nuestras leyes reflejen las preferencias de los miembros de la sociedad. Dada que esta decisión nace de la voluntad del Pueblo, ni es cuestionada por nadie ni ha de imponerse coactivamente.

Ahora bien, el problema es que la teoría democrática nació de un tronco noble pero torcido; el planteamiento de que la sociedad es armónica. La idea de que existe una sola voluntad general, una pretendida homogeneidad dentro de eso que llamamos Pueblo. Sin embargo los propios fundadores no tardaron en comprobar como esa idea era empíricamente irrealizable. Había, incluso en las primeras repúblicas censitarias, división de intereses y partidarios de unos u otros. Por descontado, esto no supuso la redención de los partidos. Muy al contrario, los pensadores de la época dijeron que el Pueblo estaba unido naturalmente y solo era dividido de manera artificial, fruto de las ambiciones de políticos en pugna por el poder. La división de la sociedad en  intereses no era previa a la política, sino causada por ella. Esta acusación contra los partidos sigue teniendo eco hoy en día cuando intérpretes del sentir popular dicen que los partidos solo buscan “dividir y enfrentar” a la sociedad en determinados temas.

La hostilidad contra los partidos políticos, en todo caso, ha sido una constante casi desde la existencia misma de la democracia. Sin embargo Madison apuntaba, en la línea de lo que había dicho Hume o diría años después Stuart Mill, que la existencia de partidos era un mal inevitable. Mucho más peligroso sería intentar erradicarlos. Como él mismo dijo, de perseguirse su supresión:

“Habría que optar entre destruir la libertad que permite que existan o bien dar a cada ciudadano las mismas opiniones, pasiones e intereses”

Y si con lo primero llega la tiranía, lo segundo resulta ser inevitable porque va contra nuestra naturaleza. Por lo tanto, según concluyó Kelsen a raíz de esto, no hay otro mecanismo democrático de representación en las instituciones que los partidos políticos. En democracia los individuos aislados no pueden afectar los asuntos públicos ya que es necesario agrupar a los hombres de la misma opinión para asegurarles una capacidad real de influencia, y más si la que prevalece es la regla de la mayoría. Para agruparlos, por lo tanto, el partido es la organización privilegiada en democracias representativas.

El giro más importante llegó cuando se reconoció de manera explícita que ningún órgano, que nadie, puede representar la voluntad del Pueblo. Desde Przeworski hasta Schumpeter, desde Bobbio hasta Dahl, todos explicitan que los partidos políticos representan intereses claros y distintos. Por lo tanto, la asunción de un “bien común” o un “interés general” es simplemente una falacia. No existe un pueblo, sino multiplicidad de intereses en conflicto. Pensar en un “interés general”, que es lo que se plantea muchas veces desde determinados foros, esa ilusión metafísica en la que se refugia el legislador, es simplemente un manto de ficción (quizá necesaria, pero ficción al fin y al cabo). Schumpeter, de manera descarnada y cínica dijo:

“La democracia no es sino un método para imponer una voluntad numérica de unos sobre otros (…) pues la voluntad de la mayoría es la voluntad de la mayoría, no la del Pueblo”.

Kelsen, sin embargo, sí buscó una solución de compromiso diciendo que la democracia en esencia es “transacción”. Es decir, ante la existencia de intereses contrapuestos representados por partidos políticos, existe una organización política que puede articularlos y hacer que la voluntad general pueda moverse a un punto intermedio. Esos son los partidos políticos. El punto clave estriba en que estas transacciones de intereses en conflicto entre unos partidos que representan a las parte se ven ratificados periódicamente mediante elecciones. Son mecanismos imperfectos, mecanismos que hay que complementar, pero al menos permiten ajustar las cuentas y ver la fuerza relativa que tienen diferentes coaliciones de intereses. Los partidos son los mecanismos moderadores que, por supuesto, operan hoy en un entorno muchísimo más complejo, tanto de intereses (no estamos en la postguerra) como de formas en las que se vehiculan (movimientos sociales, sindicatos…).

Pero igual que las mareas, hoy volvemos a tener fuertes críticas contra los partidos políticos, algunas más justas que otras. Está de moda hablar de democracia líquida y firmar su acta de defunción. No deja de resultar paradójico cuando hasta los más contrarios al establishment, como el Movimiento 5 Estrellas o las CUP, son una suerte de compromiso partidista – no tan diferente a cuando los partidos obreros tenían un pie en el Parlamento, otro en el sindicato y otro en la calle –. Lo que sí me gustaría es prevenir sobre la ficción de que existe alguna forma de superar el conflicto como algo inherente a la política. Porque si se van los partidos ¿A través de qué mecanismos lograremos articular nuestros intereses? ¿Quién buscará y catalizará el compromiso entre las partes en irresoluble conflicto?

Me apetece terminar con una frase de Nicolás Maquiavelo (aunque hace 500 años de El Príncipe esta la saco de su mejor obra, los Discorsi) que dice:

“Sostengo que quienes censuran los conflictos entre la nobleza y el pueblo, condenan lo que fue primera causa de la liberad de Roma, teniendo en cuenta más los tumultos y desórdenes ocurridos que los buenos ejemplos que produjeron… pues todas las leyes que se hacer a favor de la libertad nacen del desacuerdo entre estos dos partidos”.

Porque la política es endógena al conflicto, quienes la quieran superar en nombre del Pueblo o guiados por las fuerzas de la Historia siempre  acaban viendo frustradas sus expectativas. Por eso confío en que,  en lugar de recrearnos en viejas retoricas, busquemos más y mejores formas de articular el conflicto. Y creo que los partidos siguen siendo un mecanismo fundamental para articularlo y, lo que es más importante, buscar una solución de compromiso.