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El peculiar régimen político de Venezuela

19 Mar, 2013 - - @egocrata

Uno de los debates más deprimentes estos días ha sido la furibunda polémica sobre si Venezuela es o no una democracia. Sebastián Lavezzolo realmente no es empezó el debate (la derecha española lleva una buena temporada con el tema), pero su artículo en El Diario es, probablemente, el que ha generado las reacciones más absurdas, con un artículo especialmente desagradable (un ad hominem detrás de otro) de Pablo Iglesias incluído. Creo que a estas alturas llamar a alguien franquista en España debería ser equivalente a la reductio ad hitlerumuna prueba que no se tiene nada que decir, ciertamente, pero ese es otro tema. La pregunta sigue siendo, ¿qué demonios es Venezuela?

La verdad: no creo que sea una dictadura, pero tampoco es una democracia. Como señalaba Lavezzolo en su artículo (e Iglesias ignoraba alegremente en el suyo) la definición de “democracia” es mucho más complicada de lo que parece a primera vista, y dista mucho de ser un concepto puramente binario. Un país puede tener elementos democráticos pero ser en el fondo autoritario o ser una dictadura pero estar sorprendentemente abierto a la participación y protesta. Un potencial tirano no es uniformemente opresivo, y un presidente democrático puede actuar de forma autoritaria cambiando las reglas del juego para que le favorezcan.

Guillermo O´Donnell y Philippe Schmitter popularizaron en varios artículos la idea que entre democracia y dictadura podemos hablar de regímenes híbridos. En un extremo tenemos Suecia, una democracia pura e incontestable; en el otro tenemos Corea del Norte, un infierno totalitario sin atisbo de libertad. Entre ambos podemos encontrar democradurasdictablandas, sistemas políticos a medio camino entre los dos.

Una dictablanda es un régimen autoritario que permite ciertas libertades políticas a la población. El término tiene su origen, si mal no recuerdo, en la dictadura de Primo de Rivera en los años veinte, un régimen que más o menos toleraba algunos partidos políticos  (al PSOE, por ejemplo) y no reprimía con demasiado ahínco a nadie que no fuera comunista o anarquista. Obviamente no había elecciones, pero en general se fusilaba poco para lo que es habitual en estos casos. Fuera de España, tenemos regímenes autoritarios que celebran algo parecido a elecciones o tienen legislativos modestamente representativos, permiten cierto nivel de protesta y sindicalismo moderado y en general les basta con que sus ciudadanos no molesten demasiado.

Una democradura, o democracia aliberal, es un sistema político donde hay partidos, competencia política, libertad de prensa y demás, pero las reglas del juego están trucadas para limitar el acceso al sistema. La constitución puede prohibir la participación a partidos no islamistas. Hay libertad de prensa, pero la regulación estatal hace imposible que existan periódicos independientes, o la legislación sobre blasfemia y afrentas a la patria es extraordinariamente restrictiva. Hay elecciones libres, pero la agencia electoral es completamente dependiente del gobierno o hay clientelismo abierto, el voto no es secreto o amenazas si votas a la  gente equivocada.

Si vemos el espacio entre democracia y dictadura como una gradación podemos entender mejor cómo funcionan muchos sistemas políticos a nivel comparado. Para empezar, podemos explicar por qué hay relativamente pocas dictaduras explícitas con tiranos extravagantes ahí fuera, y muchos presidentes semivitalicios rodeados de instituciones semi-representativas. Irán es un régimen autoritario, pero tiene elecciones presidenciales y un legislativo. Las autoridades no dudan en reprimir con entusiasmo cuando la población vota al candidato equivocado, ciertamente, pero no tenemos un sátrapa aullando desde palacio. Marruecos es una monarquía absoluta pero con un Rey que pretende tener límites constitucionales a su autoridad y cierto margen de libertad para la sociedad civil cuando están de humor. Méjico en los años del PRI nunca fue realmente una democracia, pero tampoco era una régimen dictatorial; el régimen reprimía muy de vez en cuando, y lo hacía discretamente, pero nunca se metía en extravagancias represoras estilo Trujillo. Del mismo modo Vladimir Putin no tiene nada que ver con el Primer Ministro del Reino Unido en legitimidad democrática, pero tampoco es un maníaco omnipotente estilo Iosif Stalin. En Rusia siempre ganan las elecciones quien tiene que ganarlas, pero dando la ilusión que al menos puedes protestar de vez en cuando.

Irán y Marruecos serían, en este caso, dictablandas, mientras que Méjico y Rusia ejercerían de democraduras. En momentos puntuales, cuando la población protesta un poco más de la cuenta Irán se ha comportado como una tiranía clásica, y en Rusia Putin declararía seguro un estado de emergencia para moverse hacia una dictablanda si fuera necesario, así que las categorías no son estáticas. Estamos hablando de sistemas semicerrados o semiabiertos, pero no una definición exacta con límites claros.

¿Qué sería Venezuela? En los últimos años, probablemente estamos hablando de una democradura. Venezuela tiene una ley electoral a medida del presidente, restricciones a la propiedad de medios de comunicación, hostilidad abierta contra algunos periódicos, uso intensivo de patronazgo en procesos electorales y culto a la personalidad del líder. El pariente más cercano del chavismo es, probablemente, la Argentina de Perón o el Méjico del PRI. Venezuela es menos autoritaria que la Rusia de Putin, pero la aspiración a crear una mayoría bolivariana permanente es bastante similar. Como toda democradura, el sistema político da oportunidades a la oposición e incluso alguna victoria puntual, pero las cartas están marcadas; el aparato del estado está para repartir prebendas cuando toca (y siendo productor de petróleo, no hace falta ni recaudar impuestos para ello) y los medios tienen un radio de acción limitado.  En las elecciones realmente importantes (las presidenciales) ganar es casi imposible. Es una democracia, sí, pero llena de imperfeccciones intencionales.

Una derrota de Maduro, por cierto, no invalidaría esta argumentación. Nadie diría que la España de 1976 no era una dictablanda, por mucho que el régimen preguntara sobre su disolución a los ciudadanos un año más tarde. Chile en los años ochenta era un régimen obviamente autoritario, a pesar que el referéndum de 1988 diera paso a algo nuevo. Las democraduras / dictablandas a veces dan la oportunidad a los votantes de acabar con ellas, sea por buena voluntad de los implicados, transición negociada o fallo de cálculo de sus dirigentes, pero eso no quiere decir que mientras gobernaban se estuvieran comportando como democracias liberales clásicas.

La Venezuela de Chávez no era una tiranía; uno podía estar en contra del hombre del chándal y vivir en relativa tranquilidad en el país siempre que evitara secuestros y homicidios. Esto no quiere decir, sin embargo, que todos los participantes en el sistema político estuvieran en igualdad de condiciones, o que Chávez y los suyos no hicieran todo lo posible para tener reglas que les favorecieran limitando la voz de los que se oponían al Presidente. Una democradura es, en el mejor de los casos, una democracia muy imperfecta, y la Venezuela de Chávez no deja de ser precisamente eso.

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Por cierto, una nota final: no sé si la Juan March crea “politólogos del régimen“, pero mirando a la lista de mis compañeros en CEACS (sí, yo también pasé por ahí) algo estarán haciendo mal. La cantidad de veteranos del centro que están fuera del país  es considerable;  seremos los hombres del régimen, pero en España no mandamos una mierda.

Y desde luego lo de “venderse ideológicamente” es un ad hominem estúpido. En Ciencias Sociales uno no tiene unos principios y trata de defenderlos; lo que uno tiene es evidencia empírica y trata de explicar qué estamos viendo. Yo puedo compartir los objetivos de Chávez de reducir desigualdades sociales, pero eso no quiere decir que tenga que aplaudir todo lo que hace. Criticar a quien dice defender a los pobres no me hace un enemigo del proletariado o amante del neoliberalismo. Estamos hablando de medios, no de fines.