Economía & Sociología

La caída del Imperio romano y las «elites extractivas»

10 Mar, 2013 - - @jorgesmiguel

El libro del momento en cuanto a historia económica y desarrollo es sin duda Why Nations Fail. El volumen de Daron Acemoglu y James Robinson ha conseguido además salir de las fronteras de la especialidad con una inteligente campaña de popularización que incluye un blog,  y es referencia frecuente en debates de todo tipo. Incluso en España, donde la conversación pública no suele estar tan atenta a referencias académicas foráneas, WNF ha dado origen a lo que ya casi podemos llamar un subgénero: la aplicación de la fórmula de las «elites extractivas» como clave de interpretación de las más diversas realidades patrias. Pero el libro ha suscitado también su buena dosis de críticas más o menos amables, de Jared Diamond a Deirdre McCloskey pasando por algún ejemplo reciente y curioso -y no desatinado- como el de Bill Gates.

Al margen de las virtudes del libro, que se basa en una sólida investigación previa, un reproche frecuente es el modo algo formulaico con que aplican su tesis a cualquier pormenor de la historia universal. La necesidad de ilustrar las tesis en un libro al fin y al cabo semi-popular como WNF se entiende, pero es cierto que a menudo el modelo de instituciones extractivas frente a inclusivas parece encajado con calzador. Por ejemplo, hace unas semanas me sorprendió la brocha gorda que se aplicaba en el último párrafo de este post, cuyo argumento central ya es bastante discutible de por sí.

Por un lado, referirse a las «grandes innovaciones del Imperio romano» es confuso. Es probable que el Mediterráneo helenístico produjese no sólo más conocimiento científico sino más innovación técnica. Posiblemente también en la Edad Media hubo en conjunto, pese a los tópicos, más innovación técnica que en el Imperio. Dilucidar el grado de «inclusividad» en que se hicieron todas estas innovaciones es imposible, pero los regímenes van desde la monarquía despótica hasta el régimen feudal pasando por la tiranía populista y lo que la tradición historiográfica de inspiración marxista llama el «modo campesino» de producción, un régimen en que los campesinos gozan de cierta autonomía. Más problemática resulta aún la afirmación de Acemoglu y Robinson de que las instituciones romanas «turned extractive». Ni siquiera está claro a qué se refieren a tenor del post -el libro sólo lo he hojeado fragmentariamente, e ignoro si aparece alguna referencia a esto. Pero las instituciones romanas nunca fueron particularmente inclusivas, y se podría argumentar que de hecho lo fueron menos durante la República que en el Imperio. La República era un régimen oligárquico-democrático en el que las magistraturas estaban copadas por una elite. Si es cierto que la plebs participaba políticamente en los comicios, el sistema de votaciones, la capacidad de las elites de imponer la agenda y los mismos vínculos de patronazgo y familia patriarcal mediante los que se ordenaba la sociedad romana permiten poner en tela de juicio la inclusividad. Por otra parte, el estatus legal de los individuos variaba ampliamente a lo largo de todo el territorio controlado por Roma; y, si hablamos de las provincias, debe de haber pocos grupos en la historia que se ajusten mejor a la definición de «elite extractiva» que los oligarcas republicanos, que se repartían los cargos provinciales literalmente como un botín. En este sentido, las provincias, las elites provinciales al menos, estuvieron más efectivamente integradas en la maquinaria del Imperio, como también los equites y otros grupos sociales, que podían ascender mediante la milicia si no de otra manera. Símbolo de todo ello fue la Constitutio Antoniniana que concedía la ciudadanía a todos los habitantes libres del Imperio y que, si tuvo efectos reales limitados, constató al menos el carácter ecuménico del estado romano. Por todo ello, sugerir una República inclusiva frente a un Imperio o un Bajo Imperio extractivos, si verdaderamente a eso se refieren Acemoglu y Robinson, constituye una simplificación grosera.

Al margen de estas puntualizaciones, no sería difícil encontrar críticas similares referidas a otros períodos históricos. Por ejemplo, la caracterización de la conquista española del Perú que abre el libro también me pareció simplista y esquemática en exceso. Pero me interesa tomar esta cuestión como excusa para plantear una reflexión distinta. Leyendo los últimos capítulos de Framing the Early Middle Ages de Chris Wickham, un autor de formación marxista, me han llamado la atención los pasajes en los que desarrolla sus ideas sobre complejidad económica, redes de distribución y prosperidad general. La versión catastrofista de la «decadencia y caída» de Roma alude, en sus versiones más recientes y sofisticadas, a la simplificación económica como un signo evidente de declive político y social. Por ejemplo, un buen libro y síntesis de esta versión, The Fall of Rome and the End of Civilization de Bryan Ward-Perkins, dedica bastante tiempo a documentar la simplificación de la cultura material y la interrupción de los flujos comerciales, y los datos parecen sólidos. No obstante, la lectura de Wickham es distinta, y cuesta no estar de acuerdo con él siquiera parcialmente. En una economía como la tardorromana, el grueso del movimiento de bienes a larga distancia venía determinado por el consumo de las elites, y se trataba principalmente de bienes de lujo o semilujo con el valor añadido suficiente para resultar rentables: cerámicas africanas de calidad sobre todo, así como otras más difíciles de detectar en el registro arqueológico. Incluso estos bienes estaban muy probablemente asociados a las rutas comerciales seguidas por los cargamentos de grano -y en menor medida aceite y vino- con que el Estado romano abastecía a la ciudad de Roma y al ejército (la annona y annona militaris). Es posible, de hecho, que viajasen sobre todo como mercancía adicional en los transportes fletados por el Estado romano para la annona. El motor que suponía el consumo de las elites, y las economías de escala generadas, permitieron durante el Imperio que las clases populares y campesinas accedieran en alguna medida a estos bienes, que alcanzaron cierta difusión. Pero, en cualquier caso, este consumo «popular» no justificaba su comercio al margen de las elites, especialmente cuando, perdida África, las rutas de la annona se interrumpieron.

¿Adónde nos lleva Wickham con todo esto? Bien, la desaparición de los bienes de lujo no implica sólo la interrupción de las vías comerciales o el desmantelamiento de los canales de transporte del Estado -hacia el fin del Imperio de Occidente, y en los reinos sucesores, los ejércitos pasan a estar basados en la tierra, lo que significa que no reciben paga en metálico ni, en general, suministros. Significa también la ausencia o el debilitamiento de unas elites que funcionen como motor del consumo de dichos bienes. De hecho, la aristocracia italiana sufrió enormemente con la pérdida de África y la desintegración del Imperio, pues su inmensa riqueza venía de la acumulación de propiedades tanto en la Península como en Sicilia y las provincias. Dado que hablamos de una elites extractivas en el más pleno sentido del término, que extraían la renta de los campesinos, ya fueran esclavos, libres dependientes o arrendatarios, e imponían además una dirección a la producción agrícola acorde a sus intereses pero en algunos casos perjudicial para los campesinos; dado, pues, que un menor control del territorio y la renta por las elites redundaba a buen seguro en mayor control de los campesinos, el debilitamiento o incluso la desaparición local de estas elites no suponen necesariamente una caída del nivel de vida general. De hecho, es posible que señalicen exactamente lo contrario. En este sentido, la Alta Edad Media significaría un momento histórico de auge (siempre relativo y local) para el peasant mode entre el modelo romano de gran propiedad agrícola (villae) y el nuevo repliegue que sufrirá con la extensión del feudalismo. Puede conjeturarse que dicho modo de producción fue dominante o al menos relevante no sólo fuera del antiguo limes romano, en el norte de Europa, sino en «bolsas» dentro del antiguo territorio de la romanidad -el norte de la Península Ibérica, por ejemplo-, donde la variación regional fue enorme.

Otro aspecto de la desaparición de las elites, que ha tenido un peso decisivo en los relatos tradicionales de la decadencia, es la desaparición de la gran cultura clásica asociada al otium de la aristocracia romana. Ward-Perkins documenta también la caída de la alfabetización y de la expresión escrita. Nuevamente es preciso entender que dicha cultura era prácticamente exclusiva de las elites, y funcionaba como un mecanismo de señalización dentro de ellas. Por tanto, la militarización o el debilitamiento de las elites y su abandono de este marcador cultural tampoco nos dice necesariamente nada importante sobre el bienestar de las masas.

Hay otros datos quizás más importantes, pero su interpretación es compleja. Por ejemplo, los demográficos. Siguiendo otra vez a Ward-Perkins, hay una caída de la población bastante bien documentada hacia el final del mundo antiguo, visible por ejemplo en la reducción del número de asentamientos, y que parece adquirir tintes dramáticos en algunos lugares. Hacia el S. VI se registran con cierta probabilidad mínimos milenarios en Europa. Ward-Perkins especula con la posibilidad de que la simplificación económica haya ido acompañada de una caída en la producción, y que ésta no haya podido sustentar a la población existente en tiempos del Imperio. No obstante, en un contexto malthusiano, la caída de población pudo significar más recursos y más renta para la población reducida, e incluso quizás otros fenómenos conocidos históricamente como aumento de los salarios o rebaja de los arrendamientos. De nuevo sólo podemos vislumbrar la medida de nuestra ignorancia y la complejidad del asunto.

En suma, compartamos en mayor o menor medida las tesis de Wickham, la reflexión que plantea no debe soslayarse. La historia recibida proviene en su mayor parte de marcos interpretativos construidos por elites. En el caso de Roma, esas elites nos transmitieron los grandes relatos que, para afirmarlos o para deconstruirlos, han marcado la agenda de la investigación historiográfica, desde la figura del emperador como un tirano lunático (Calígula, Nerón, Domiciano, Cómodo, Caracalla) a la concepción del Imperio como una isla de civilización asediada por bárbaros. Para una civilización de la información como la nuestra, la desaparición de una cultura tiene un significado y un peso completamente desmedidos. Pero es necesario intentar entender los fenómenos históricos en su propio contexto, e incluso otros indicadores menos subjetivos pueden estar contando una historia distinta, o incluso opuesta, a nuestra interpretación común. Valga al menos el planteamiento de este problema para indicar que queda mucho por investigar y escribir sobre el fin del mundo antiguo, superando en lo posible una disyuntiva esquemática entre catastrofismo y continuismo; y que la atención al problema de las elites es, al margen de oportunismos, una perspectiva fecunda en el estudio de las sociedades.