Internacional

Lecciones de democracia en Italia

26 Feb, 2013 - - @egocrata

Las elecciones italianas deberían ser una lección para politólogos y reformistas del mundo entero sobre al menos una cosa: ninguna ley electoral sobrevive al contacto con los votantes italianos.

Lo más ridículo de todo esto es que los italianos han reformado su sistema electoral unas cuantas veces. La ley de post-guerra era un sistema de listas abiertas muy proporcional e increíblemente caótico que generó toneladas de inestabilidad (esperanza de vida media de un gobierno: 11 meses) y cantidades inauditas de corrupción. En 1993 cambiaron el sistema por un extraño híbrido mayoritario / proporcional que nos trajo los gozosos años de Berlusconi demostrando que no importa lo buena que sea tu ley, siempre hay político lo suficientemente cafre para romperla. El mismo Berlusconi acabó por aborrecerla y la acabó substituyendo por el peculiar invento actual que tantos buenos ratos nos va a dar a partir de ahora.

Los resultados de ayer nos muestran que no importe el entusiasmo con el que uno diseñe instituciones y sistemas de votación a prueba de cretinos, que siempre habrá alguien que será capaz de romperlas. La ley electoral nace con la idea de crear mayorías parlamentarias estables, dando una enorme prima de diputados al partido ganador en la cámara baja (un 55% de escaños) y una prima parecida al ganador de cada región en el Senado. Cuando en unas elecciones los votantes te reparten el voto 29-29-25,  sin embargo, realmente hay poco que hacer; incluso con una ley electoral no diseñada por un demente te va a quedar un cirio espantoso. Conseguir un bloqueo institucional bajo este régimen electoral tiene un mérito tremendo; los italianos pueden estar orgullosos.

Más allá del desbarajuste constitucional / legislativo que se nos avecina, los resultados son realmente bastante increíbles. Que en una democracia avanzada un 29% del electorado siga votando a Silvio Berlusconi es poco menos que delirante. No tanto por los votantes (la gente sigue la política de aquella manera, al fin y al cabo) sino por el resto de partidos, que han sido incapaces de articular una alternativa creíble o dejar claro que Berlusconi es un cretino corrupto e inútil.

Para la UE, los resultados tienen algo de venganza kármica:  el BCE y el Consejo Europeo poco menos que forzaron la salida del Primer Ministro hace un año y medio, tras años y años de aplazar reformas y ajustes presupuestarios más que imprescindibles. Cuando su sucesor finalmente ha hecho lo que debía, los votantes han dicho alto y claro que preferían el viejo inmovilismo, gracias, y han sacado a Monti de escena a gorrazos. Como comentábamos en la tertulia el domingo, es muy difícil mejorar la calidad de las políticas públicas en un país cuando por un lado los votantes se oponen, y por otro alguien decide que es mejor aprobarlas igualmente por su bien. Crear una oferta de buenas políticas públicas y gestores competentes (Monti, creo, estaba haciendo un buen trabajo – mucho mejor que Berlusconi, sin duda) no basta para que aparezca la demanda, especialmente cuando las reformas tienen costes considerables a corto plazo.

La versión política de la ley de la gravedad es muy sencilla: si uno no tiene una coalición de votantes sólida detrás de sus medidas económicas no importa lo buenas que sean, no van a ir a ninguna parte. El gran problema de aprobar reformas estructurales en Italia y España no es que no sepamos qué hacer o no tengamos un gobierno lo suficiente fuerte para implementarlas, el problema es que gran parte de la legislación no tiene coaliciones políticas movilizadas viables para respaldarlas. En España hay más insiders que outsiders; por mucho que la horrenda segmentación del mercado laboral esté haciendo daño a ambos grupos (estamos crujiendo a las clases medias a impuestos por algo), nadie ha sabido aglutinar a los perdedores del sistema de forma efectiva. En Italia el reformismo fue lanzado con paracaídas desde Bruselas, sin que nadie hubiera creado una base social. De forma bastante previsible, cuando fue el momento de ir a las urnas nadie les hizo caso.

Beppe Grillo, el gran triunfador de las elecciones italianas, es en cierto modo la encarnación de los perdedores del sistema. Sin conocer del todo las bases electorales del movimiento Cinco Estrellas más allá de lo leído en prensa, parece o bien un movimiento populista que pide reformas o un movimiento reformista disfrazo de populismo. Dios sabe qué harán con sus votos, pero no soy demasiado optimista; me temo que veremos más antipolítica ingenua que reformismo constructivo. Veremos.

La principal lección de las elecciones italianas, creo, debería sea una cura de humildad para los que creen (creemos…) en el poder de las buenas ideas y las reformas mágicas. Uno no puede tratar a los votantes como niños de nueve años y decir que la medicina que les damos es por su bien y punto. Tampoco podemos dar por sentado que los problemas que queremos arreglar (dualidad, por ejemplo) es lo que preocupa a los votantes. No hay reformas económicas sin bases políticas sólidas; nadie puede cambiar un país sin tener el país detrás.  No basta con hacer lo correcto. Los votantes tienen que creerlo también.

Y sí, estoy hablando de movimientos sociales. Más sobre eso mañana.