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Cuando vota el Espíritu Santo

14 Feb, 2013 - - @kanciller

“Lo que ha sido hecho por dos terceras partes del Sagrado Colegio, sin duda es el Espíritu Santo, cuya fuerza es irresistible”

Papa Pio II

Benedicto XVI decidió este pasado lunes que dejaba sus responsabilidades como Padre de la Iglesia y abandonaba el solio pontificio, un gesto sin precedentes desde el siglo XV. Los medios, el público y los seguidores de Dan Brown hacen cábalas sobre los motivos de su abdicación y quién podría ser el próximo Papa. Se prepara un nuevo cónclave para elegir al sucesor de San Pedro y, de nuevo, será elegido por dos terceras partes de los cardenales electores. Benedicto XVI modificó en 2007 la Universi dominici gregis, establecida por Juan Pablo II, la cual fijaba que si ningún candidato alcanzaba los dos tercios al décimotercer día se pasaba a mayoría simple entre los dos candidatos más votados.  Este cambio no es baladí y encaja mucho más con la “tradición electoral” de la Iglesia, la cual llegó hasta la mayoría cualificada de dos tercios tras un largo proceso de prueba y error. En esta entrada hago un repaso histórico sobre cómo se han formado las reglas para escoger al Papa. Hoy os invito a hacer un poco de arqueología electoral.

1. Los problemas de la unanimidad

Si atendemos a la Biblia la elección de San Pedro como primer padre de la Iglesia no tuvo demasiado misterio ya que fue directamente designado por Jesús. Más problemas, sin embargo, tuvo la elección de sus sucesores. Según sabemos por los escritos de la época la elección de obispos y líderes de las comunidades cristianas se hacía por unanimidad. Aunque era normal que los padres de la congregación indicaran su preferencia por un candidato, la regla era el acuerdo unánime o, en sus otras modalidades, la aclamación o la aquiescencia. Como reza el principio clásico; Vox populi, vox Dei. Sin embargo, este sistema de elección generó importantes conflictos y cismas desde el primer momento. Quizá adecuada para comunidades pequeñas, la unanimidad genera tendencia a la secesión en demos diferentes cuando aumenta en tamaño o crece la heterogeneidad de las comunidades.

Resultaría contradictorio para una Iglesia que se considera universal (katholikós) el permitir tales cismas y durante el primer periodo de vida del cristianismo los conflictos se convirtieron en la norma.  Entre el año 366 y el 418 hubo dos o más papas, con diferentes facciones que luchaban entre sí y se llegó al extremo de obligar a la intervención de las tropas romanas. El emperador Honorio tomó cartas en el asunto en el 420 estableciendo que solo un Papa sería válido y, en caso de haber más, ninguno de ellos lo sería. Podría decirse que fue a partir de ese momento cuando empiezó la intervención de la política imperial en la elección papal. En todo caso, las tensiones siempre fueron en las dos direcciones porque el Imperio Germánico – sucesor formal del Imperio Romano –  también se trataba de una monarquía electiva y algunos Papados apoyaron a unos candidatos al trono en detrimento de otros.

Nicolás II fue el primer papa que estableció claramente en 1059 que los miembros laicos de la Iglesia no podían participar en la elección del sucesor de San Pedro. La influencia política quedaba, por lo tanto, acotada a ser indirecta a través de las tres órdenes de cardenales electores: cardenal-obispo, cardenal-presbítero y cardenal-diácono. La unanimidad siguió siendo el criterio electoral pero se aplicaban modalidades diferentes bien a través de la aclamación, bien dejando la decisión en manos de una comisión de cardenales o bien votando. Y en estos dos últimos casos se seguí el principio de escuchar a la sanior et maior pars, es decir, a la parte más numerosa y meritoria, lo que valía tanto para el candidato como para los que votaban.

Lo divertido del proceso es que era perfectamente posible que el voto de calidad (el de los cardenales obispos) no coincidiera con el de cantidad, con lo que se seguían incentivando los litigios. Por ejemplo, tal fue el caso de Inocencio II, escogido por la sanior pars frente a su rival Anacleto II, escogido por la maior pars. El resultado fue un cisma de ocho años con todos los reinos cristianos luchando a favor de uno u otro. Aunque la Iglesia había logrado anular la influencia directa de los príncipes en la elección restringiendo a los cardenales la elección papal, la unanimidad como regla electoral seguía siendo problemática.

2. Las dos partes; el camino lento pero seguro

El Papa Alejandro III estuvo de visita en Venecia en 1179 y a su regreso estableció la regla de los 2/3 para la elección papal. Parece ser que imitó el sistema de elección del Dogo y de diversas magistraturas de aquella ciudad. Junto con esta decisión, estableció formalmente que el voto de todos los cardenales tenía el mismo valor (se quedó con la maior y no la sanior pars). Esta medida tenía, según los textos de la época, la idea de establecer que las dos órdenes o “partes” de los cardenales tuvieran que consensuar un candidato. Se sabe que para entonces ya era una práctica recurrente optar siempre por el escrutinio de votos y que, además, lo normal era el recurso del voto secreto. Del mismo modo, Alejandro III prohibió la votación o la candidatura in absentia. La deliberación conjunta, por lo tanto, se consideró fundamental para designar al Papa.

Aunque esta regla permitía buscar candidatos menos extremos y la hizo menos vulnerable a desacuerdos y cismas, también tuvo una consecuencia indeseada: Alargó las discusiones en exceso. Pese a que la elección podía resolverse en cosa de semanas, la tendencia fue a que la decisión final se alargase meses o incluso años. Por ejemplo, en 1241 los cardenales se habían pasado más de ocho meses sin elegir sucesor y los romanos estaban un poco hartos. Esto hizo que un senador tomara cartas en el asunto y encerrase a todos los cardenales en un edificio sucio y frío bajo vigilancia de soldados para acelerar sus deliberaciones. Les llegó a amenazar con exhibir el cuerpo del difunto Papa en la plaza si no resolvían pronto, así que los cardenales se apresuraron en designar un sucesor.

Algo parecido pasó en 1268, cuando los cardenales no habían designado un Papa nuevo en los dos años posteriores a la muerte de su antecesor. Enfadados, los ciudadanos de Roma sitiaron a los cardenales reunidos en el palacio episcopal y les cortaron el acceso a alimentos y agua. Solo les pasaban a través de un agujero del tejado pan con gusanos y agua, el único sitio desde donde “El Espíritu Santo podía entrar sin interferencias” (cachondos). Por lo tanto, para el siglo XI la Iglesia había establecido unas reglas más claras para la votación, incluyendo el cambio a los dos tercios, pero el proceso de decisión se había vuelto extremadamente lento. Se imponía pues introducir algunos mecanismos adicionales para tratar de acelerarla.

3. El Conclave y el Santo

Gregorio X fue el Papa que estableció formalmente los Cónclaves (con clave, con llave) en 1274 con el objeto de acelerar el nombramiento de su sucesor y evitar maniobras políticas. La práctica era que los cardenales quedaran encerrados bajo la custodia de guardias y no pudieran tener más que dos asistentes a su servicio. Además, aplicó la draconiana norma de comenzar a restringir la comida y el agua a partir del cuarto día. No era una cuestión menor; en 1287 murieron seis cardenales en un Cónclave por estas privaciones. Por último, se fijó que cualquier maniobra política para conseguir el nombramiento, incluyendo sobornos, sería considerado simonía y motivo de excomunión.

La normativa fue tan eficaz que al sucesor de Gregorio X lo eligieron en un día. Sin embargo, Papas posteriores quitaron estar previsiones y surgieron nuevos retrasos en las designaciones. En 1292 había un empate entre los dos candidatos de las principales familias romanas (Orsini y Colonna) y el resultado fue el inesperado nombramiento de Celestino V, que era un eremita octogenario. Su Papado duró apenas unos meses antes de retirarse pero antes fijó que se volvieran a aplicar las normativas de Gregorio X para elegir a su sucesor, siendo santificado más tarde. No deja de ser curioso el paralelismo entre Celestino V y Benedicto XVI. Los dos se retiraron del Papado y los dos reestablecieron las previsiones electorales que sus antecesores habían suprimido.

Por supuesto, lo habitual era que existieran facciones de cardenales en función de las órdenes eclesiásticas y la nacionalidad en la lucha por el solio pontificio. Las conocidas como capitulaciones (castillos, riquezas y prebendas) eran fundamentales para garantizar el apoyo a una u otra familia. Además, los embajadores de España, Francia o Inglaterra se solían pasar por allí para saludar de vez en cuando. Las facciones podían oscilar entre 6 y 10, según la información disponible, y aunque sus líderes eran cardenales-obispos, las personas al frente cambiaban con frecuencia. La última previsión que se alteró del sistema de elección fue en 1622, con la supresión del voto aprobatorio. En la votación los cardenales podían incluir más de un candidato pero este sistema se terminó reemplazando por el voto único, mucho más sencillo de aplicar y contar.

Conclusión: La mayoría cualificada

Aunque los caminos del Señor sean inescrutables, las reglas para manifestar su voluntad han ido variando a lo largo de la historia de la Iglesia. Primero, fijando que sean los cardenales los electores. Luego, reemplazando la unanimidad y el maior et sanior pars por los dos tercios, igualando los votos y prohibiendo hacerlo in absentia. Más adelante, estableciendo el Cónclave para acelerar la decisión. Y por último, reempleando el voto aprobatorio por el simple. De vez en cuando es interesante indagar en el origen de las reglas electorales para intentar entender cual es la lógica que subyace en ellas. En el caso de las mayorías cualificadas, es evidente que la intención es buscar una fórmula más operativa que la unanimidad pero lo suficientemente consensual y sesgada a favor del statu quo. Más allá del resultado del próximo Cónclave, no hay duda de que la historia de la Iglesia Católica ofrece un ejemplo ilustrativo de cómo la evolución de las reglas electorales, la manera en que contamos y agregamos preferencias, es paralela a la historia de todas las instituciones humanas.

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Bibliografía:

Un resumen de la evolución de las reglas electorales en la historia humana en mi artículo con Jorge San Miguel en FIVE.

Aquí el manual básico sobre sistemas electorales de Colomer en el que hay un apartado histórico hablando de la unanimidad como regla.

Aquí un resumen sobre lo que dice la ciencia política sobre elecciones papales, del que vienen casi todos los datos que he empleado.

Memorias de un Papa del Renacimiento.

Dos referencias más (vía Toni Rodón): Este artículo de Grofman y el libro de Greg Tobin sobre las elecciones del Papa.

Finalmente, obligatorio haberse visto la película de “Las sandalias del Pescador” de Anthony Quinn.