Hispania.

¿Y ahora qué? El PP ante su crisis

1 Feb, 2013 - - @egocrata

Los hechos parecen estar bastante claros: durante dieciocho años toda la cúpula del principal partido de la derecha española estaba cobrando dinero en negro procedente de donaciones privadas ilegales. Entre los que recibieron dinero durante años se encuentra el actual Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy.

Uno puede hablar sobre presunción de inocencia, juicios en la prensa, llegar a conclusiones precipitadas y demás desastres, pero los documentos están ahí, a plena luz del día, y un número no precisamente trivial de implicados han reconocido públicamente que esa es la historia. Llevo todo el día intentando inventarme una historia creíble que pudiera explicar todos estos pagos, pero no se me ha ocurrido ninguna, y parece que al PP tampoco. No, «negar la veracidad» no es una explicación lógica.

Aunque las cantidades no son descomunales (de hecho, es relativamente poco dinero), es un escándalo gigantesco. En ningún país remotamente normal un Presidente del Gobierno debería ver su nombre remotamente cerca de un libro de contabilidad B. Por supuesto, no hay lugar de la tierra que se llame a si mismo «democracia avanzada» en el que un Presidente en esta situación no dé explicaciones de inmediato, si no compareciendo al menos anunciando la publicación de tanta documentación para desmentir las noticias como sea humanamente posible. Mariano Rajoy se enfrenta a una acusación creíble que estuvo cobrando 25.000 euros anuales durante once años antes de llegar a Moncloa. Lo mínimo que debería hacer, si esas acusaciones no son ciertas, es tratar a sus votantes con un poco de respeto y decir algo. No estoy hablando de demostrar su inocencia; estoy hablando de no sólo ser bueno, sino además parecerlo dando una imagen de transparencia. 

Eso suponiendo, claro está, que las acusaciones no sean ciertas. Si los documentos de Bárcenas son reales y medio partido estaba en el saco cobrando en negro, medio PP sabe perfectamente que tienen un problema grave de veras, y deberían empezar a buscar las salidas de emergencia.  Todo aquel que estaba en la lista, por supuesto, tiene todos los incentivos del mundo de cavar trincheras y gritar no pasarán, por la cuenta que les trae. El resto del partido, sin embargo, tiene un curioso dilema estratégico.

Un diputado raso / notable del partido que no veía un duro tiene tres opciones ante sí. Por un lado, puede apostar por ser leal al partido y a la causa, decir que prietas las filas y apoyar a sus jefes. El ser un buen soldado le dará puntos ante sus ahora muy debilitados jefes, uno, y ayudará a que el partido salga menos debilitado de esta odisea. No hay nada que señale a los votantes de forma más clara que un partido está en problemas que cuando sus miembros empiezan a darse de guantazos entre sí; mantener la disciplina interna hace cualquier historia que se invente Cospedal mucho más creíble, ya que los fieles no reciben información contradictoria.

La segunda opción es bastante simple: largarse. El político, en vista del desastre, hace maletas y se va del chiringuito, a grito que en este local se juega. Puede hacerlo discretamente, sin alzar la voz, o pegando un soberano portazo, estilo Roy Jenkins con los laboristas o Rosa Díez con el PSOE, e irse a fundar otro partido. En otros países con leyes electorales más abiertas (o sistemas de partidos más anárquicos, estilo Francia) esa es una opción a menudo bastante viable. En España, con una ley electoral cruel con los partidos pequeños, no lo es tanto, así que probablemente no entre en los cálculos rebeldes.
La última opción es dar un paso al frente y decir algo. Este algo puede ser una crítica más o menos camuflada de sus compañeros del partido (algo lo suficiente sutil como para ganarte las palmaditas de la prensa pero la indiferencia del votante despistado), o decir directamente una salvajada, algo que realmente muestre desacuerdo con la dirección del partido. Decir que la dirección nos ha fallado y que esto es un escándalo. Exigir que las cuentas sean públicas de veras. Pedir que el Presidente del Gobierno presente una moción de confianza. Reclamar dimisiones. Dicho en otras palabras, armarla de veras, provocando un incendio y contemplando con un poco de suerte como el partido se abrasa en las llamas.

Alzar la voz (y sí, estoy siguiendo este modelo), en el caso de un partido político en problemas, tiene un par de dinámicas curiosas. Para empezar, nadie tiene incentivos para ser el primero en hacerlo; la pesadilla de cualquier político es levantarse para abuchear al jefe y ver como tus compañeros te dejan completamente solo (buena suerte en el sector privado, amigo). Una vez que alguien da el primer paso, sin embargo, la protesta tiene mayor probabilidad de éxito como más gente añada su voz. Nadie quiere ser el potencial kamikaze, pero cuando la bola de nieve empieza a rodar pendiente abajo, el incentivo para unirse va aumentando según esta va creciendo. El potencial político rebelde, por lo tanto, tiene que calcular primero el apoyo real del líder del partido en un contexto en que todo el mundo tiene fuertes incentivos para ocultar sus preferencias hasta el último momento, y segundo calcular la probabilidad de éxito real de cualquier intentona. Además, siguiendo una larga tradición en los partidos políticos europeos, todo el mundo sabe que el primero en alzar la voz nunca será perdonado, incluso cuando el golpe llegue a triunfar; Roma no paga a los traidores.

¿Qué clase de dinámica veremos en el PP? El primer instinto ha sido la disciplina. La derecha española tiene un miedo atroz a las algaradas internas desde tiempos de la UCD; el acto reflejo del partido era previsible. Una vez pasado el primer susto, sin embargo, y según la realidad de las cuentas de Bárcenas empiece a calar en el partido, creo que el cálculo de algunos notables empezará a cambiar. Es cierto que el PP tiene la experiencia reciente de sobrevivir a escándalos y ganar elecciones por mayoría absoluta a base de apretar los dientes, disciplina y mantener la formación, pero este escándalo es distinto.

Primero, afecta directamente al mismo jefe de filas. Segundo, el partido está metido en una marcada tendencia a la baja en las encuestas, la reputación del gobierno está por los suelos y el Presidente parece no estar. Tercero, y de forma muy, muy inusual en España, hay periódicos tanto de izquierdas como de derechas cargando contra el partido con este tema. Esto quiere decir que en el caso que algún insensato decida alzar la voz contra el partido en serio el riesgo de quedarse solo es mucho menor; alguien de los suyos (aunque sea un director megalomaníaco) le va a aplaudir las gracias. Si yo fuera un notable del PP más o menos conocido y que nunca hubiera visto un duro estaría empezándome a plantear seriamente si vale la pena armarla, ciertamente. Cuando la probabilidad de éxito de una hipotética rebelión empieza a aumentar, es cada vez más fácil encontrar voluntarios.

¿Quiere decir esto que veremos un grupo de diputados del PP pidiendo una moción de censura el lunes por la mañana? No necesariamente. Para empezar, el censo de políticos que pueden armarla con alguna probabilidad de éxito es muy limitado: tiene que ser alguien conocido por el gran público, con algo de experiencia pero a la vez lo suficiente alejado del centro como para no estar implicado en el escándalo directamente. A bote pronto se me ocurren tres nombres en el PP actual que podrían hacerlo (Aguirre, Gallardón y Feijóo), y la verdad no sé si están por la labor. Es perfectamente posible también que la podredumbre esté lo suficiente extendida para que incluso estos candidatos tengan interés en cerrar filas, no lo contrario. Y por supuesto, está la posibilidad nada descabellada que los líderes del partido hayan hecho un trabajo excelente llenando los cuadros intermedios de las formación de cagamandurrias con encefalograma plano, y nadie se atreva a mover un dedo o cometer un acto de liderazgo político no sancionado por su adorado jefe al que todo le deben.

Aún así… a riesgo de equivocarme (otra vez) haciendo predicciones, apostaría que Mariano Rajoy no sale de esta. Cómo cae no lo tengo tan claro (convocando elecciones y no presentándose, moción de confianza, ganarla y dimitir, o perderla y dimitir, problemas de salud repentinos, un full Monti a la italiana), pero creo que el problema es lo suficiente grave como para que alguien del PP decida que el partido es más importante que Rajoy. Supongo que alguien se acuerda en esa casa de la Democracia Cristiana en Italia, o la UCD en España, y es consciente que ningún partido, ni siquiera el PP, es eterno.