Política

Repensar las juventudes de los partidos

17 Ene, 2013 - - @kanciller

Esta entrada la escribo precipitadamente a raíz de las declaraciones de Ana Botella, alcaldesa de Madrid, la cual ha dicho que “suprimiría las nuevas generaciones de los partidos”. A su juicio hay que seguir el consejo de Esperanza Aguirre y dedicarse “a trabajar antes de ser cargo público” y que los jóvenes “de 17 o de 18 años tiene que estar trabajando o estudiando, formándose”. Aprovechando la excusa, me gustaría reflexionar un poco sobre las juventudes de los partidos. ¿Tienen más ventajas o inconvenientes? ¿Se puede pensar en un modelo alternativo?

1. Juventudes: La correa de transmisión

Aunque no tengo a mano un estudio comparativo, tener unas juventudes es una estrategia que se sigue en casi todos los partidos clásicos de Europa, aunque probablemente haya menos en contextos donde los partidos son más inestables o son plataformas en torno a candidatos. De entrada, parece razonable que los partidos quieran tenerlas. Son una fuente de formación y/o socialización política de la militancia, así como de reclutamiento de cuadros. Sin embargo, yo siempre he sido bastante crítico con el funcionamiento de estas organizaciones. Vaya por delante que no tengo más que conocimiento anecdótico pero, al ser una posición compartida con otros politólogos que han vivido más de cerca este mundillo, puede que no estén tan desencaminadas.

Mi intuición es que las juventudes de los partidos políticos se han convertido (o se las emplea) como correas de transmisión de los partidos matriz. Ello supone que tiendan a reproducir los mismos vicios que ellos con algunos agravantes. En primer lugar, las juventudes tienden a mimetizarse en los más definitorio de los partidos senior: jerarquía. Si se me permite el atrevimiento, en ocasiones una jerarquía tremendamente ridícula basada en cargos de nombres rimbombantes pero, a efectos prácticos, vacíos de contenido. Carentes de remuneración (normalmente), al final trabajan cinco en la organización y poseerlos no sirve para nada. Esto lo que causa es, innecesariamente, mimetismo en las rigideces de las matrices pero sin la carga de trabajo real que comporta tener que administrar algo, dedicarse a pleno rendimiento a una tarea o que se represente a un colectivo específico.

Eso sí, lo que produce la existencia de cargos es la lógica de la competencia, porque aunque se sabe que en el corto plazo no existe opción de vivir de la política, si se es sagaz se puede acabar siendo captado por la organización matriz para algún carguito o ir en listas. Siendo tal así, se fomenta que las juventudes sean un teatro infantil de las luchas partidistas por ocupar cargos virtualmente inútiles. ¿Y cual es el resultado? Que al final el triunfador es el que se ha demostrado como más astuto en liquidar al adversario y en presentarse como dócil ante la organización madre (no pocas veces siendo su madre la propia jefa de la organización). Cuando hablamos de que hay un problema de selección de elites en los partidos, sin duda el problema de las organizaciones empieza a incubarse desde bien pronto. Las juventudes son las canteras de los más sumisos y arteros. Por supuesto, todo ello sazonado en un contexto en el que se socializa al joven para que piense que la política es aparato… y poco más.

Por último, las juventudes también sirven como agente desmovilizador de los jóvenes. Por un lado, porque los subordina a los intereses de la organización matriz, la cual decide los momentos en los cuales se deben movilizar o no, sobre el tipo de temas, y con qué orientación. La autonomía tiende a ser anulada. Pero por el otro lado también  sirven como una fuente de agotamiento de las energías para los jóvenes miembros. Hastiados tras discutir horas enmiendas y declaraciones que no les importan ni a ellos mismos – Nos interesa la posición de los partidos sobre los temas, que son los policy-makers, no de sus Juventudes – , al final se agotan. El resultado final es que se desapegan de los partidos. Los partidos matriz pueden seguir captando de vez en cuando a los más habilidosos (en trepar) de las juventudes mientras que dejan que las organizaciones se enreden en sus guerrillas sin interés.

Aunque puede haber variaciones según el tamaño del partido, esperando que cuanto más grande la organización más acentuadas estas dinámicas, al final tenemos un modelo de Juventudes muy concreto y pernicioso; el de las juventudes como correa de transmisión. Reproducen los vicios de sus mayores, agotan la energía de sus integrantes y representan más a su partido madre que a los jóvenes que llevan en el nombre.

2. Un modelo alternativo de Juventudes: Un lobby joven

Esta crítica, que se fundamenta en evidencia anecdótica, creo que está bastante extendida. Yo, que personalmente estoy a favor de la participación política de los jóvenes, siempre digo que lo que se debería hacer es apuntarse directamente al partido senior; se debe pugnar por los cargos y las ideas desde allí, desde donde se manda. Ahora bien, entiendo que una crítica a este planteamiento está ligada con la correlación de fuerzas de los jóvenes. Si asumimos una distribución homogénea de jóvenes en todas las agrupaciones del PP de Madrid, es posible que ellos, además de ser pocos, dispersen su voto y sean igual de irrelevantes. Por lo tanto, se me puede decir que las juventudes son útiles para agrupar los votos de los jóvenes y que tengan un peso organizativo que, por separado, no tendrían.

Creo que variará de manera importante por tamaño del partido y juventud de sus votantes/ bases, pero asumamos que es cierto. En tal caso, agrupar a los jóvenes es útil para maximizar su poder orgánico aunque la hipótesis entonces es que este poder estaría siendo desviado por aquellos miembros dirigentes que son cazadores de cargos. De ser esto así, con un reemplazo en los jefes de juventudes es difícil solventarlo: otro ocupará su lugar. Lo que haría falta es un cambio mucho más amplio en la cultura organizativa. Mi idea sería conseguir que las juventudes dejaran de servir como una correa de transmisión y una coalición de jóvenes cambiaran su orientación para servir como un lobby joven dentro de los partidos.

Cuando hablo de lobby me refiero a que sea una de organización con unos fines muy definidos que busque, directamente, influir sobre las posiciones políticas del partido matriz. Es decir, que se centre en cambiar el programa electoral de los partidos senior en función de los intereses de los jóvenes. Eso necesariamente pasa por resolver una doble tensión y conjurar un peligro. La primera es cómo adoptar una perspectiva que sea un compromiso entre la ideología del partido y las propuestas que benefician a los jóvenes ¿Son siempre coincidentes o no?  La segunda es saber hasta dónde se está dispuesto a llegar para que las demandas al partido grande se lleven a efecto ¿Se está dispuesto a hacer ruido de puertas afuera y otras deslealtades similares? Y por último, hace falta conjurar el peligro de pensar que juventud se puede despachar en un solo capítulo cuando realmente son políticas transversales a todo el programa político. Hay que definir bien los fines.

Esta idea, creo que deseable pero un punto ilusa, supone una inversión del modelo de juventudes y hacer de ellas un agente político autónomo, con intereses bien diferenciados, al margen de los dictados de la matriz. Implica, en definitiva, convertir a las juventudes de un partido en input de algo más que elites socializadas para la sumisión. Sin embargo, es posible que por la edad en la que se participa en juventudes (desde temprano) sea difícil que pueda formarse una coalición de este tipo. Los únicos que disponen de la habilidad, los recursos y el conocimiento son justamente los que están bien situados para promocionar con este sistema perverso. Sin embargo, aunque solo sea como tipo ideal, si militantes de las juventudes de un partido se lo plantean en estos términos quizá su organización tenga algún sentido. Tienen que decirlo bien alto y claro: «No queremos gente joven defendiendo la vieja política. Queremos gente joven defendiendo la nuestra.»

3. Una llamada desesperada: ¡Asaltemos la Política!

Sin embargo, Ana Botella se equivoca en la segunda parte de su consejo. Además de estudiar y trabajar, hay que estar en política. Ella se limita más que a seguir el viejo adagio del General Franco: “Haga usted como yo, no se meta en política”. Esto no es nada nuevo, llevamos hablando de desafección política en España durante los últimos 30 años. Sin embargo, ante un contexto de creciente insatisfacción con la situación presente existen dos opciones; refugiarnos en “la ciudadela interior” o arremangarse y ponerse a trabajar. Los jóvenes en España llevamos demasiado tiempo esperando a que el temporal escampe, que suba la marea y que cuando crezcamos salgamos de esta flotando, como los restos de un naufragio. Jóvenes de España, abandonad esa esperanza, no va a pasar.

Hoy no hay duda de que España se aboca a la década perdida. Somos la generación de la crisis y esto va para largo. Sin embargo, la lectura tiene que se que si los jóvenes no hacen política, entonces seguro que no tenemos futuro. Casi es un imperativo ponerse manos a la obra porque la tarea es ingente y se nos acumula. Y es cierto, puede que las juventudes o los partidos políticos no sean el único método (hay quien dice que ni siquiera el mejor) para hacerlo. Sin embargo, no será por falta de oferta. Tenemos plataformas ciudadanas, asociaciones de vecinos, ONG´s… Una multitud de canales para hacer política en un sentido amplio. Solo si nos implicamos, si hacemos un esfuerzo, podemos conjurar ser la generación perdida.

A los que ya están haciendo cosas, mi reconocimiento personal.  A los que no… ¿A qué estáis esperando?