Ciencia recreativa

Los orígenes políticos de la jubilación

3 Dic, 2012 -

Imaginad restaurante con tres mesas y un número indefinido de personas idénticas en la cola. Suponed que en cada periodo de tiempo se sirve un plato, de forma que al final de cada periodo termina de comer el postre una persona en el restaurante y entra otra que se sienta en su sitio que empieza a comer el primero en el siguiente periodo. El restaurante tiene una cantidad fija de comida que el cocinero debe repartir entre cocinar el primero, el segundo y el postre. En cada uno de los periodos, el cocinero sale a la sala y después de preguntar a las tres personas, somete a votación un «menú» (una distribución de la comida que hay en la despensa entre primero, segundo y postre) que sacará y repartirá entre los presentes. ¿Qué resultado podemos esperar?

Solo con estos supuestos, existen muchos y cuál aparezca depende de una miriada de cosas, desde el azar hasta lo que valore cada persona el consumo. Pero como hemos asumido que las personas son idénticas, estamos asumiendo que tienen gustos parecidos (querrán comer lo mismo de primero, segundo y postre). Por ello, un patrón medio probable, especialmente si suponemos que existe algún grado de altruismo, es que el menú al que se llegue en un periodo se prolongue «por defecto» a lo largo del tiempo y que éste, si está bien hecho, reflejará las preferencias (primero-segundo-postre) de nuestros individuos.

Este resultado es en algún sentido paradójico. Al fin y al cabo, dado que somos tres personas en todo momento en el restaurante, uno puede pensar que si dos de ellas son perfectamente egoistas, simplemente decidirán formar una coalición que deje sin nada a la otra y maximice su consumo. Sin embargo, lo que puede aparecer (y por lo que sé, aunque no tengo ninguna referencia a mano, se ha visto con experimentos en laboratorio que de hecho aparece) es un patrón de reciprocidad. Mantenemos un reparto «equitativo» dónde los tres comensales aceptamos que el menú que estamos votando hoy será también el que probablemente votaremos mañana. Todo el mundo coopera porque espera que los demás cooperen. Lo que es realmente peculiar es que uno no está cooperando con la misma gente todo el tiempo: en cada periodo el juego se juega con personas distintas. Sin embargo, en la mente de los comensales hay una «norma» que vincula el estatus de los comensales que hoy están en otros puestos, con el suyo cuando estén en ese puesto.

El juego de los comensales que he descrito es una simplificación de como funciona la economía política del sistema de pensiones (en general, la redistribución entre generaciones). Ilustra que la gente intenta «suavizar» su consumo (comer primero, segundo y postre) a lo largo del tiempo y también que pueden aparecer patrones de cooperación intergeneracional. El aspecto relativamente más curioso es que, mientras que el juego es de suma cero en cada periodo (lo que gana un comensal/generación lo pierde otro), a lo largo de todo el ciclo (vital o gastronómico) es de suma positiva o negativa (podemos salir todos ganando o perdiendo). La gente prefiere tomar primero, segundo y postre (consumir en  infancia, juventud y vejez), antes que prescindir de uno de ellos y un arreglo que permita hacer esto hacer que todos ganemos.

Este tipo de juego es (¡evidentemente!) una simplificación y en la vida real esto está envuelto dentro de una enorme herencia socio y bio evolutiva que nos condiciona para tener cariño por nuestros padres y a nuestros hijos. Pensad en cosas como el papel que la herencia jugaba en las sociedades del pasado (la perspectiva de heredar) o los valores que nos inculcan siendo pequeños («el respeto por los mayores», «el valor de la infancia»). Todos esos factores actúan como una zona de atracción alrededor de nuestro punto de equilibrio.

La utilidad del juego es ilustrar que existe un conflicto natural entre generaciones y que la cooperación aparece porque de forma más o menos espontánea la dinámica evolutiva ha gravitado hacia una «norma». Pero hacia qué «norma» se gravite es algo que tiene consecuencias distributivas, especialmente si uno asume que esta puede cambiar en cada periodo.

Para verlo, modificamos solo un poquito los supuestos. Supongamos que el restaurante tiene más aforo (por ejemplo, 30 personas) y en cada periodo se deja entre a 10 personas. Es fácil darse cuenta de que los resultados probablemente no cambiarán demasiado: al estar proporcionado, la distribución será la misma.

Pero lo que es más interesante de estos modelos de juguete de generaciones solapadas es que nos van a permitir explorar el impacto del cambio demográfico sobre el equilibrio simplemente metiendo «shocks» que alteren el poder de negociación (que podemos representar como cambios en el número de comensales y manteniendo la regla de la mayoría). Cuando el poder de negociación cambia, una de las partes está en condiciones de renegociar el contrato y de salir ganando.

 El más relevante puede ser por ejemplo que el encargado del restaurante deje entrar a 21 personas solo una vez, de forma que en ese periodo la población tendrá una estructuva 21-10-10. Llamemos a esto «baby boom». El efecto será que, manteniendo la cantidad de comida constante, habrá que repartir entre más y tocarán a menos. El efecto que tiene el cambio en la población sobre la cantidad de recursos a repartir es la parte «económica» del shock. Al tener que «renegociar el menú», parece totalmente natural que las 21 personas que acaban de entrar tendrán más peso de forma que la cantidad de los primeros será probablemente mayor que antes. Si en el siguiente periodo vuelven a entrar 10 personas, tendremos una estructura 10-21-10 y la generación que ahora estará comiendo el segundo posiblemente renegociará el menú para que el segundo sea más abundante y lo mismo en la vejez. Esto, el cambio en el poder de negociación entre generaciones, es la parte «política» del shock.

Este tipo de cambios, de nuevo, suelen ir envueltos dentro de dinámicas sociales mucho más ricas con las que están vinculadas y sobre las que con cierta prudencia uno puede permitirse especular. Por ejemplo, las sociedades occidentales, después del baby boom, tendieron a «destradicionalizarse»: conforme los jóvenes ganaron más peso en la población, unido -y cuando digo unido estoy precisamente evitando señalar que la causalidad vaya en un solo sentido- a muchos otros cambios, se produjo un cambio de valores que traducía una redistribución intergeneracional de poder.

La idea de base es que los equilibrios cooperativos que aparecen entre generaciones en el modelo simple se pueden romper fácilmente cuando se encajan cambios demográficos porque los cambios demográficos alteran el poder de negociación. El hecho de que una generación pueda forzar la renegociación del contrato intergeneracional produce este tipo de dinámicas. Si las cohortes son cada vez más pequeñas, votar hoy un determinado menú («estado de bienestar») no significa necesariamente que uno vaya a poder disfrutarlo mañana porque el equilibrio político y el número de gente entre los que hay que repartir la tarta habrá cambiado.