Política

Cambio político y equilibrios inestables

14 Nov, 2012 - - @egocrata

Al hablar de sistemas políticos e instituciones, a los politólogos nos gusta hablar sobre equilibrios. La idea básica es bastante sencilla: detrás de una institución, ley o sistema político no hay solamente una serie de textos legales que todo el mundo obedece. En realidad, la institución, ley o sistema político es una expresión formalizada de las preferencias de los actores en ese contexto, que aceptan el arreglo porque el resultado les conviene. Dicho en otras palabras, una democracia parlamentaria no sobrevive gracias al imperio de la ley o la fuerza del estado de derecho. Si lo hace es porque todos los actores que participan en el sistema político y podrían potencialmente desestabilizarlo lo aceptan como válido, y todos aquellos que se oponen o no tienen fuerza suficiente para cambiarlo o los costes de hacerlo serían descomunales.

La idea de la democracia como equilibrio (la versión que yo aprendí es esta de Przeworski) ayuda a entender en gran medida el funcionamiento de las instituciones, y más concretamente, su inherente resistencia al cambio. La idea central, en este caso, sería que  la inexplicable inoperancia de los dos últimos gobiernos españoles para aprobar reformas de calado no viene (sólo) por la cortedad de miras de sus líderes, sino también por la misma distribución de fuerzas del sistema político. Es complicado intentar debilitar el poder de las élites extractivas en España si estas mismas élites tienen un peso descomunal en los partidos políticos, patronal y sindicatos, al fin y al cabo. Reformar la ley electoral es prácticamente imposible cuando los partidos con mayoría suficiente para cambiarla ganan elecciones gracias a ella. En España no vemos legislación laboral que rompa la absurda dualidad de nuestro sistema precisamente porque los insiders beneficiados por el sistema dominan el proceso político y negociación colectiva en España. Cuando una institución tiene una coalición estable detrás, cambiarla es casi imposible.

¿Cuándo vemos cambios institucionales de calado entonces? Esencialmente, cuando estos equilibrios detrás de las instituciones se rompen, sea por cambios demográficos, sea por pura casualidad. Estados Unidos fue incapaz de aprobar una ley de sanidad universal hasta el 2010; fue entonces cuando los cambios demográficos del país, el aumento de las desigualdades y el aumento de los costes en el sistema hizo posible romper el bloqueo, no antes. España pasó de dictadura a democracia porque los militantes entendieron que no podrían reprimir la nueva clase media indefinidamente. Los sistemas políticos acostumbran a cambiar lentamente; la mayoría de equilibrios, al fin y al cabo, son estables… hasta que dejan de serlo.

Hay un concepto en biología evolutiva llamado «equilibrios puntuados«. La idea central es que la evolución no es un proceso lento, seguro y constante, sino una serie de largos periodos de calma interrumpidos por breves explosiones de cambio frenético. La idea es (estoy seguro) bastante más complicada, pero eso no fue obstáculo para Frank Baumgartner y Brian Jones y su «adopción» del modelo para la Ciencia Política. Como prácticamente todos los estudios de teoría de las organizaciones, el modelo es un poco chapucero, pero no damos para más. La idea es bastante sencilla: los sistemas políticos no cambian lentamente, sino a golpes; intensos periodos de reformas rodeados de largos años de mediocridad.  El modelo es aplicable tanto a países como a temas específicos en la agenda (sanidad, educación, autonomías), con procesos parecidos al hablar de cambio. Baumgartner y Jones, tristemente, no son demasiado partidarios de tomarse este proceso como algo racional, y no hablan de equilibrios institucionales directamente (lo suyo es más de emociones y pasiones, tristemente), pero sus observaciones sobre el ritmo y frecuencia de las reformas creo que es relevante para España.

Nuestras instituciones han sido sorprendentemente estables en los últimos 25 años. A finales de los ochenta, con el estado de bienestar casi acabado y el sistema autonómico más o menos establecido (mal diseñado, pero el modelo básico sigue siendo el mismo), España procedió a tomarse unos merecidos años de descanso. El ligero problema, 25 años después, es que mucho de los arreglos institucionales entonces (desde el mercado laboral al sistema de selección de élites de los partidos) quizás hayan demostrado ser estables, pero desde luego no han producido nada remotamente parecido a un país próspero.

La crisis actual es, o debería ser, un cambio de equilibrio. Los problemas económicos, el paro, la recesión, el cabreo general, todo esto debería llevar el país a uno de esos picos reformistas con cambios frenéticos, nuevas leyes, nuevas coaliciones de gobierno. El problema hasta ahora es, sin embargo, que no hemos visto nada o casi nada en este sentido. La huelga general de hoy es, en muchos sentidos, una defensa del status quo («los derechos laborales adquiridos», o el sistema franquista de indemnización por despido), no un clamor por el cambio.  Aunque la política económica del gobierno es francamente estúpida, sigo sin ver nada parecido a una agenda reformista remotamente coherente en ningún sitio. Los sindicatos defienden un sistema que nunca funcionó bien pero protege a sus afiliados. Al PSOE, ni está ni se le espera. El 15-M y allegados se han perdido en un mar de banalidades rodeando el Congreso. Y el PP… en fin, más vale dejarlo.

Necesitamos grandes reformas, y las necesitamos pronto. Es hora que la izquierda se despierte de una vez y deje de actuar como si los viejos equilibrios y coaliciones siguen funcionando, y empiece a apostar por el cambio.