Política

Por qué importan ahora los desahucios

13 Nov, 2012 - - @jorgesmiguel

En el campo de las políticas públicas, conocemos como «evento focalizador» (focusing event) un acontecimiento imprevisto que adquiere la relevancia suficiente para introducir en la agenda política una cuestión determinada. Puede tratarse de una catástrofe natural, un crimen, un escándalo político… y el lector a buen seguro recordará ejemplos sin necesidad de ir muy lejos. En estas última semanas, el problema de los desahucios ha cobrado un protagonismo extraordinario en España, hasta el punto de que ha motivado una reacción rápida y coordinada (y a la hora en que escribo esto, fallida) en los dos principales partidos que no es del todo frecuente. A pesar de que no se trata de un problema nuevo, su irrupción en la agenda se ha producido sólo con motivo de varios suicidios que los medios y la opinión pública han tendido a achacar a desahucios. Parece claro que nos hallamos frente a un evento focalizador, o más bien una cadena de ellos, por más que empiecen a circular versiones que apuntan el «éxito» a algún actor concreto.

Por supuesto, que un acontecimiento funcione como evento focalizador no resuelve si la interpretación más común es la correcta, ni dice nada sobre la oportunidad de, por usar una expresión tópica, «legislar en caliente». Pensemos por ejemplo en los casos de «pánico moral» que se producen cuando se informa de determinados crímenes, sobre todo si hay víctimas menores. Por lo que respecta a los desahucios, no parece haber por ahora evidencia clara de que los suicidios hayan aumentado, ni de relaciones causales que sería muy difícil determinar en cualquier caso. Lo importante desde el punto de vista del ciclo político es que el relato que vincula estos suicidios y los desahucios como problema social ha tenido éxito y ha roto la barrera. A la inversa, que un problema no entre en la agenda política no quiere decir que no exista: creo haber hablado alguna vez ya del distinto tratamiento que la violencia doméstica tiene en nuestro entorno, donde países con estadísticas más preocupantes que las españolas no lo viven como un asunto central.

Como apuntaba antes, mi opinión personal es que en este caso los movimientos sociales y plataformas han tenido en el proceso un papel más modesto de lo que algunos pretenden, sin perjuicio de que ahora puedan convertirse en interlocutores. Tenemos un catalizador: una cadena de focusing events publicitados o incluso construidos -en cuanto relato- por los medios de comunicación. Un «villano» perfecto para estos tiempos: la banca. Y, presumiblemente, un cierto grado de consenso social en que nos hallamos ante una tragedia que es preciso solucionar -donde yo no excluiría del todo factores culturales como el culto español a la propiedad y la confusión entre vivienda como necesidad básica y como inversión-; y en que la actual ley hipotecaria no ofrece el marco óptimo para hacerlo, por más que haya facilitado el acceso a la propiedad de millones de españoles en otras coyunturas, en las que la opinión pública no la consideraba tan negativamente. No es necesario por tanto apelar al activismo ni a una vaporosa «presión social» en las calles para explicar el caso. Estimo que los movimientos informales pueden tener relevancia puntual y local, en casos concretos; pero una y otra vez muestran serios problemas para colocar y mantener asuntos en la agenda política sin el concurso de los mediadores tradicionales y los medios de comunicación masivos. Y, sinceramente, no veo los motivos por los que esta vez hubiera sido distinto de no darse las condiciones citadas.