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Aguirre o la ilusión política

20 Sep, 2012 - - @egocrata

Siempre me ha parecido un poco extraña la obsesión nacional con Esperanza Aguirre. La ya ex-presidenta siempre ha despertado un odio desaforado en amplios sectores de la izquierda, que la veían como una especie de genio del mal que comía tiernos bebés para desayunar, y una esperpéntica adoración en gran parte de la derecha, que la veían poco menos como el alma gemela de Margaret Thatcher en España. Mi sensación, casi desde el primer momento, es que Aguirre es una señora muy maja no demasiado brillante, pero con una capacidad sorprendente para estar en el sitio adecuado en el momento preciso.

La carrera política de Aguirre es realmente bastante sosa. Como casi todos los políticos de este país, Aguirre es funcionaria; las oposiciones son la red de seguridad detrás de mucha gente ambiciosa con una desmedida alergia al riesgo. Empieza como concejal en Madrid, y cuando el PP llega a la alcaldía maneja medio ambiente, cultura, educación y deportes, hasta ascender a Teniente de Alcalde y (como no) consejera de Caja Madrid. Son cargos de cierto peso, pero es una carrera de apparatchik con don de gentes,  no de genio del mal. Con Aznar en Moncloa, su paso por el ministerio de Educación y Cultura se distingue por constantes metidas de pata y cero reformas de peso, hasta el punto que es enviada a ese cementerio de elefantes que es el Senado para que deje de incordiar.

A finales del 2002, sin embargo, tiene un golpe de suerte: el PP en Madrid tiene un alcalde espantoso, Álvarez del Manzano, así que el partido tiene que lanzar a Gallardón, el presidente de la comunidad, en misión de rescate. Aguirre es conocida en Madrid, tiene cierto perfil nacional y hace mucho tiempo que no dice burradas, así que la lanzan como candidata. Gana, por pura potra, gracias a una implosión especialmente patética del eternamente incompetente PSM, y… realmente, no es que haga gran cosa más. El PP en Madrid no tiene nada parecido a una oposición viable; salir reelegida ante Simancas o Tomás Gómez es el equivalente político a ganar partidas al Trivial contra Belén Esteban. Su gestión en la comunidad ha sido bastante normalita, ha construido hospitales y colegios, como toca en una autonomía que está ganando población, ha tenido sus momentos caciquiles estelares (Caja Madrid, como de costumbre) y ha parido sus elefantes blancos, como alguna línea de Metro Ligero bastante estúpida.

Más allá de eso… realmente poca cosa. Aguirre fue incapaz (o no se atrevió) de derrocar a Rajoy después de la derrota electoral del 2008; sus intrigas dentro del partido siempre han sido presuntamente épicas, pero nunca le han llevado demasiado lejos. Todos sus movimientos siempre han sido interpretados como grandes gestos, estrategias o maniobras increíblemente maquiavélicas, pero lo cierto es que nunca parece haber conseguido nada aparte de la adoración u odio desatado de tertulianos con demasiada imaginación. Lo que había hecho hasta ahora, gobernar la comunidad más rica y próspera de España en tiempos de bonanza, no era nada especialmente complicado; la región tiene casi exactamente el mismo peso en el PIB de España ahora que hace nueve años cuando ella llegó al poder. La única virtud de Aguirre (que no es poca, todo sea dicho) ha sido mantener cierta disciplina fiscal, así como un talento considerable para meter deuda donde no se vea demasiado.

Si dejamos de lado la adoración de los medios, su legado político es relativamente mediocre, en el mejor sentido posible. La carrera política de Aguirre debería ser algo bastante común en España; un político que empieza en un ayuntamiento, va ocupando cargos cada vez más importantes, salta a nivel nacional, y pasa de ahí a un ejecutivo autonómico. Lo extraño, en este caso, es que esta clase de historiales sean relativamente poco comunes; políticos que sin ser brillantes son más o menos competentes, y van de una administración a otra aportando gestión pública sin grandes ideas pero tampoco grandes desastres. Que esta biografía política haga que Aguirre destaque dice más sobre España que sobre el talento político de Aguirre, la verdad.

Queda su dimisión, que ha tomado a todo el mundo por sorpresa. La verdad, creo que no hay demasiados misterios: Aguirre se va porque lleva 30 años en esto, ha tocado techo, y ya no tiene ganas de seguir. La política es un trabajo increíblemente exigente, y más en tiempos de crisis;  tras su enfermedad el año pasado, es bastante probable que el día a día de la crisis, recortes y protestas parezcan un poco menos importantes.

Sobre su futuro político, Aguirre sabe que si la economía se recupera el mérito se lo llevará Rajoy, y si el país se estrella las culpas se las comerá el PP entero.  Lo primero es poco probable; y sobre lo segundo, todo el mundo sabe que el mejor sitio donde estar durante un Apocalipsis nuclear es bien lejos de donde caen las bombas. Dicho así suena como una jugada excepcionalmente maquiavélica, pero los partidos políticos no acostumbran a apreciar demasiado a los que se bajan del barco cuando las cosas empiezan a ir mal. Si Aguirre realmente tuviera ambiciones post-Rajoy serias lo mejor que podría hacer es quedarse en Madrid, pegar una paliza al pobre diablo que le envíe el PSM, y desde ahí intentar ser la candidata invicta que sigue en pie a pesar de todo. Un político puede «morir» repetidamente, pero no puede dedicarse a dejar tirado a su partido cuando las cosas van mal. Creo que esto Aguirre lo sabe, y realmente se van sin intención de volver.

La mayoría de las veces los políticos realmente están diciendo lo que piensan y las cosas son lo que parecen. Esperanza Aguirre siempre ha sido alguien mucho más normal y directo de lo que muchos han querido ver en ella, la verdad. Es tan simple como eso.