Ajustes fiscales & Economía

Fatalismo, melancolía y nuestra década perdida.

9 Sep, 2012 -

En el post anterior intentaba transmitir que durante los años de la burbuja inmobiliaria nuestra economía ha adquirido una forma que ha dejado de ser viable tras el estallido de la burbuja. Reconstruir nuestra economía requerirá tiempo y eso me hace ser pesimista sobre que España pueda volver a tener niveles de empleo aceptables (desempleo por debajo del 15%) en un periodo más o menos corto de tiempo (menos de cinco años).

Una parte de las cosas que tienen que cambiar es lo que producimos. El famoso «modelo productivo». España -no el Estado- necesita que las empresas que en el pasado trabajaban en el sector de la construcción desaparezcan y los recursos que empleaban se recoloquen en otros sectores. Esta preocupación es la que hay detrás de la obsesión constante de los autores de este blog con las barreras de entrada en los mercados: necesitamos empresas nuevas, en nuevos sectores.

Pero en lo que ponía el acento en el post anterior es en el problema de los salarios: la estructura salarial española, dados los niveles de productividad y la organización sectorial actual, es incompatible con el pleno empleo. En los años de la burbuja, una cantidad considerable de mano de obra ha sufrido dos procesos. Por un lado, ha ganado experiencia y adquirido habilidades específicas a un sector -la construcción- en el que a partir de ahora no van a poder encontrar empleo. La especificidad es importante porque, como cualquiera sabe, el hecho de trabajar en un sector hace que las habilidades que uno pueda tener para trabajar en otros sectores se deprecien o desaparezcan. Pensad, por ejemplo, en gente que vuelve a estudiar (por ejemplo preparando oposiciones) después de estar varios años trabajando: ha perdido el hábito, se ha acostumbrado a otro estilo de vida, es mucho peor estudiante que antes. Lo mismo ocurre cuando uno deja de ser peón de obra para intentar trabajar en una oficina. En otras palabras, se trata de trabajadores que se han vuelto mucho menos productivos para cualquier otro sector. Las transiciones entre sectores son siempre violentas porque destruyen capital humano.

Por otro lado, se trata de gente que ha formado unas expectativas profesionales que ya no son realistas. Estas expectativas pueden deberse bien a que psicológicamente uno ha adquirido la convicción de que su trabajo vale «más» de lo que el mercado le ofrece ahora (pero sí le ofrecía antes), bien a que ha adquirido unos hábitos de consumo que no pueden ser satisfechos con el salario que podría cobrar ahora, bien a que ha podido adquirir compromisos financieros que no le permitan aceptar un salario bajo. Las expectativas son muy importantes a la hora de buscar trabajo, porque afectan a las decisiones de búsqueda y aceptación de ofertas: probablemente la gente es reticente a pensar que le va a tocar buscar en otro sector o aceptar ofertas con salarios muy inferiores. Pensad en un arquitecto que podía ganar muy bien su vida durante la burbuja immobiliaria. Probablemente en España tenemos un excedente brutal de arquitectos. Para absorber esa mano de obra, o bien todos esos arquitectos comienzan a cobrar una cantidad muy por debajo de lo que cobraban antes, o bien piensan en empezar a trabajar en otro sector- en el que su título de arquitecto valdrá bastante menos. Todo esto tiene costes psíquicos y económicos desproporcionados que harán el proceso lento y doloroso. Aquí es dónde entraba el problema de la negociación colectiva al que me refería: si ya de por sí las expectativas son inconsistentes, el hecho de tener salarios regulados por convenios por encima del punto en el que el mercado de vacía solo agudiza el problema.

El factor agravante es el tiempo que ha durado el proceso. Se trata de una década. En el post anterior hablaba del caso de un joven que hubiera dejado el sistema educativo a los 16 y tuviera ahora 28 años después de diez años trabajando y dos en paro. Pero cualquier historia similar es equivalentemente dramática. Alguien que, después de haber tonteado por el sistema educativo más de la cuenta -hecho alguna carrera en más tiempo del razonable y haberse cambiado de itinerario- hubiera empezado a trabajar en la construcción con 26 años y durante diez años de su vida se hubiera hecho a eso, tendría ahora 38 años. ¿Qué va a ser de esta gente? ¿Realmente hay quien piensa que es realista que empiecen de cero, en otro sector, a un salario similar al que cobraba antes?

Lo anterior sirve para plantear el punto fundamental en términos un poco más abstractos: tanto la distribución sectorial de los factores de producción, como los precios de los mismos es, a día de hoy, totalmente incompatible con un desempleo que no sea obscenamente alto y no hay ningún viso de que esto vaya a cambiar demasiado rápido. Los salarios relativos (relativos a los que se pagan en otros sectores) en la construcción son exageradamente altos y los salarios en el resto de sectores son demasiado altos para poder absorber a esos trabajadores muy poco cualificados (para ese sector) que tienen que migrar.

En este punto alguien debería esperar soluciones. Siento decepcionar al lector si digo que lo único que tengo que aportar es pesimismo. Para que el capital vaya hacia nuevos sectores, sí, es urgente que haya una reforma financiera que haga que el crédito vuelva a fluir; es necesario que se eliminen las barreras para que el proceso de ajuste tenga lugar -liberalizar mercados, quitar red tape, etc etc- y la productividad pueda crecer. Uno podría pensar incluso en soluciones de política industrial para guiar este proceso. Pero no creo que todo esto vaya a ser suficiente. Seguiremos teniendo a un grupo muy amplio de gente mayor de 27 años que ha perdido su empleo y se ha desclasado de forma violenta.

¿Como podemos reinsertar a esta gente? En un mundo ideal dónde las políticas funcionan igual que en los modelos, debería ser posible invertir masivamente en políticas activas de empleo, mantener la renta de los trabajadores con subsidios fiscalmente viables, y de alguna forma hacer que una mano de obra con habilidades reformadas pueda canalizarse hacia nuevos sectores y así suavizar la depreciación salarial. Al mismo tiempo, una reforma agresiva del sistema educativo debería reorientar a los jóvenes hacia nuevos sectores.

Soy sin embargo pesimista sobre la capacidad de las políticas activas de empleo para obrar milagros en el corto plazo, no digamos ya de reformar la universidad en un mundo dónde el uso de armas nucleares parece que tiene mala prensa. Tampoco creo que una política industrial agresiva pueda usarse con alguna esperanza de éxito para recolocar factores en un mundo con ministros de industria y hacienda como los nuestros (me gustaría aclarar que tampoco creo que Rosa Díez ni Cayo Lara estén en condiciones de ser inversores sofisticados, por si quedara alguna duda). Una razón fundamental para esto es que estamos en un entorno dónde todavía no se ha perfilado qué sectores van a sustituir al de la construcción y no hay  ninguna expectativa de que esto cambie en el corto plazo. No creo que el cisco financiero empiece a arreglarse del todo antes de uno o dos años, mi expectativa sobre la ambición reformista del gobierno del PP no es nada optimista, tengo el firme convencimiento de que los sindicatos o no son conscientes de este diagnóstico o son incapaces de transmitirlo a sus representados y tengo para mí que es probable que a partir de las próximas elecciones generales tengamos al menos dos ciclos electorales con gobiernos en minoría, incapaces de aplicar políticas impopulares que no serán más pro-activos que el actual gobierno del PP.