Economía

Esto hay que pagarlo III: Historias tristes de salarios y ajustes.

7 Sep, 2012 -

Uno de los problemas más importantes a los que nos enfrentamos como país, políticamente hablando, es a que todo el mundo que no esté en contacto con los datos o con análisis más o menos objetivos, tiende a interpretar la crísis económica a través de su experiencia personal y lo que observa a su alrededor. De esta forma, la historia (cierta: I y II) de que como país hemos vivido durante una década y media por encima de nuestras posibilidades endeudándonos con el exterior y que, de nuevo como país, nuestros precios y salarios han crecido más de lo que podíamos soportar para nuestra competitividad y que, ahora, hay que revertir el proceso no es aceptada por la mayor de la gente.

La razón para ello es que, aunque como país esto sea cierto, no es necesariamente cierto para una cantidad considerable de individuos que, es posible, sean los que más ruido hacen. E incluso para el caso de la gente para la que es cierto, existen un conjunto de mecanismos de racionalización que eximen individualmente a la gente de culpa y hacen percibir un proceso complejo como injusto. Por eso, porque las concepciones normativas son un aspecto clave en la forja de consensos sociales, este es un problema político muy importante.

Lo que veís a continuación es un gráfico que representa la evolución de nuestros costes laborales unitarios frente a los de nuestros vecinos. Los costes laborales unitarios representan el crecimiento de los salarios no respaldado por aumento de la productividad, esto es, el encarecimiento o depreciación del trabajo para producir la misma cantidad de bienes:

Como veis, el crecimiento durante más de una década de nuestros CLU’s fue bastante superior al de Alemania.

No obstante, uno puede preguntarse, realmente, cuanto tienen que ajustarse los precios y salarios para que el paro y la balanza de pagos vuelvan a niveles razonables. Ahora mismo no me da para tirar números, pero basándome en el gráfico anterior, os voy a dar una idea de por qué mi respuesta intuitiva a esto es «mucho». Y cuando digo mucho, quiero decir que probablemente bastante más que para volver a los niveles de competitividad anteriores del año 98.

Por razones que no vienen a cuento, he caído en esta entrada de Luis Garicano antigua que estudia el caso de un pueblo que llegó a fabricar el 72% de las puertas de España. Os recomiendo que la leais, porque merece realmente la pena.

Simplificando un poquito, la decisión de un empresario de contratar a un trabajador está guiada por la diferencia entre lo que el el coste unitario de trabajador puede producir (el coste laboral, que es la diferencia entre el salario y la productividad) y el valor de mercado de ese algo. La segunda pata de esta historia es fundamental y depende de la demanda, es decir, del ciclo: mientras que no salgamos de la crisis y la gente empiece a comprar y el crédito a fluir, no volveremos a ver caer el paro.

Sin embargo, la primera parte es muy importante también y nos dice cuanto tienen que caer los salarios para volver a niveles compatibles con un nivel de empleo aceptable. Y aquí es dónde entra la historia de la burbuja inmobiliaria y la movilidad intersectorial de trabajadores.

Los años de la burbuja fueron una época particularmente interesante , en comparación con nuestro entorno, en la historia reciente de España para ser trabajador poco cualificado. Si yo vivo en un pueblo como el de post de Luis Garicano y tengo 16 años, tengo malas notas en el colegio, puedo largarme del sistema educativo, meterme de aprendiz en una planta y en unos pocos años ganar un sueldo decente, pedir un préstamo e irme a vivir con mi novia. Al empresario de la construcción le salía a cuenta contratarme porque las casas estaban por las nubes. La gente que no entraba a trabajar en este tipo de sectores lo hacía, en muchos casos, por razones de estatus social o de que el trabajo era especialmente «penible»,  y no por motivaciones económicas propiamente dichas.

¿Qué ocurre con la crisis? El sector de la construcción desaparece del día a la noche y libera a una cantidad sustancial de mano de obra que ha decidido no formarse y cuyas habilidades están hechas al sector de la construcción -es decir, es más productiva en ese sector que en otros sectores. Para que esto no resulte en una cantidad desaforada de desempleo, el resto de sectores deberían estar en condiciones de absorber ese excedente de mano de obra.

A corto plazo, mientras no cambie sustancialmente la inversión en esos sectores, un aumento de la oferta de trabajo solo puede absorberse con una caída de los salarios asumiendo que todos los trabajadores sean igual de productivos: los que están y los que entran. Esto es así porque con un nivel de capital fijo, el rendimiento de cada trabajador adicional cae. Pero aquí la historia es mucho más terrible porque los trabajadores que vienen de la construcción probablemente tengan un perfil mucho menos cualificado, esto es, serán mucho menos productivos que los que estaban. De este modo tanto el resto de sectores tendrán que absorberlos a salarios MUCHO más bajos. El efecto del estallido de una burbuja es en este sentido parecido al de un shock de productividad negativo: de un día para otro, lo que se produce con una determinada configuración de precios y cantidades deja de ser rentable.

El problema es especialmente agudo porque es probable que el contingente de mano de obra que había sido absorbido por la construcción se haya hecho especialmente importante. Pensad en alguien que empezara a trabajar en el año 2000, en medio del boom expansivo, en el sector de la construcción con 18 años y en 2008 se fuera al paro. Se encuentra sin carrera universitaria y con 26 años en paro, posiblemente con unos hábitos de consumo y compromisos financieros que ya no es capaz de absorber ni mantener. Hay un problema enorme de irreversibilidad.

Aquí es dónde entra mi sempiterna querella con nuestro sistema de negociación colectiva. Los salarios están fijados y pactados a niveles determinados en cada sector y eso hace muy dificil que los salarios de todos los sectores, y especialmente de la construcción, se ajusten rápidamente hasta el punto en que el mercado se vacíe. Por otro lado, la organización de la negociación colectiva en España ha funcionado históricamente de forma tal que los salarios relativos, entre sectores, son muy rígidos. Los sindicatos negocian un aumento global de los salarios y dentro de los sindicatos se reparten ese aumento entre sectores y, por un mecanismo muy simple de reproducción del poder de negociación a lo largo del tiempo, la parte de cada sección sindical permanece constante.

Esto señala un aspecto fundamental: que es que, al margen de tener un problema de demanda, debido al exceso de endeudamiento y la necesidad de comenzar una consolidación fiscal, tenemos un problema de oferta, estructural, cuya magnitud probablemente sea comparable al de la reconversión industrial de los ochenta. Este es el famoso problema del «modelo productivo», con la salvedad de que en opinión de cualquier persona sensata el modelo productivo está intrínsecamente ligado a las instituciones (también laborales) del país.

Esta historia, por tanto, me hace ser pesimista sobre la idea de que el acuerdo que alcanzaron este años la patronal y los sindicatos vaya a ser suficiente. Y también me hace ser pesimista sobre la posibilidad de que el desempleo vuelva a estar a niveles aceptables en un plazo razonable de tiempo ¿dónde va a trabajar el chaval de 30 años que se fue al paro con 26 que mencionaba más arriba? Lo que es obvio es que no va a poder hacerlo en ningún sitio dónde su productividad sea especialmente alta ni a los salarios que se pagaban, ni en su sector ni en el sector en el que aspira a entrar, antes de la crisis.