(Atención: post veraniego para leer junto al agua y con una bebida helada, preferiblemente alcohólica, a mano)

Una buena amiga, llamémosla Ariadna, vive en una urbanización de la zona Este de Madrid. Se trata de un barrio residencial de clase media con amplias «zonas verdes» y donde la mayoría de los bloques de viviendas cuentan con piscina, pistas de deportes, parques infantiles y otras comodidades pequeñoburguesas. Se construyeron hace algo más de veinte años, de modo que hay abundante población juvenil que ha crecido en el barrio, mientras que los propietarios de las viviendas, sus padres, suelen frisar ya la sesentena, cuando no superan la edad de jubilación.

En el bloque de Ariadna, como en la mayoría de las casas de los amables lectores, hay un presidente de la comunidad de vecinos que ejerce por turno durante un período determinado de tiempo. Y como todos los amables lectores saben, el cargo de presidente de la comunidad suele aceptarse con resignación, casi con fatalismo, como un Job cubierto de llagas e inundado de cartas de la gestoría y derramas que se sienta a la puerta de casa a esperar que Yahvé le revoque el castigo al final de su mandato. No obstante, en el caso que nos ocupa nos encontramos con un ejemplar raro y temible: el presidente vocacional. Se trata de un taxista jubilado que no tiene mejor ocupación durante la jornada que atender sus en apariencia interminables deberes como primer ciudadano de la urbanización. A cualquier hora del día podemos encontrarlo en la caseta del conserje, vigilando con mirada severa quién entra y sale del recinto residencial, asegurándose del cumplimiento de las normas de la piscina o patrullando las zonas comunes y amonestando a los jóvenes que juegan al balón en los soportales de los bloques de pisos.

Pero, no contento con atender las obligaciones naturales y estrictas del cargo, y dado su carácter vocacional y el abundante tiempo libre del que dispone, el Presidente -hora es ya de concederle la mayúscula- ha comenzado a exceder los estrechos límites de su mandato. Así, modifica arbitrariamente el horario de la piscina para darle la tarde libre al socorrista si no hay vecinos bañándose a una cierta hora. O impone castigos a los adolescentes que violan las normas de baño, aunque se trate de normas nuevas establecidas por él mismo. Se ha rodeado de una camarilla de incondicionales de su misma edad -y, como él, ociosos-, a los que favorece, además de atraerse a los trabajadores de la finca con una mezcla de prebendas y veladas amenazas. Por fin, en un último golpe de mano, se ha hecho aclamar para otro período presidencial una vez concluido su mandato, aprovechando la desorganización de sus enemigos y la inexistencia de otros candidatos voluntarios al puesto de presidente. Su reinado del terror se prolonga y es posible que, a estas alturas, sólo el asesinato político se interponga entre él y la dictadura vitalicia.

Bien, lo que los lectores tienen ante sí no es (sólo) un relato costumbrista digno de un serial televisivo de Antena 3, sino una ilustración contemporánea y castiza de lo que Robert Michels llamó la «Ley de Hierro de la Oligarquía«. Toda organización, a partir de un tamaño determinado y un cierto grado de complejidad, y debido a la burocratización y la necesidad de delegar, tiende a ser dominada por unas elites que son las que disponen del tiempo, el know-how, la motivación y el capital social precisos para su gestión y perpetuación. Esta es también la razón por la que los métodos asamblearios resultan inadecuados para gestionar organizaciones o sociedades políticas medianamente complejas, donde las minorías hiperparticipativas o las oligarquías acaban por secuestrar los movimientos y acabar con su «espontaneidad» -o bien éstos se mantienen en un estadio informal de organización y caen en la irrelevancia. Por supuesto, no todas las organizaciones desembocan en la tiranía de una figura como nuestro Presidente, en un régimen tan odioso y arbitrario como el suyo. Sirva no obstante su ejemplo como recordatorio de la vigilancia perpetua que es nuestro deber como ciudadanos libres.

(Sí, el título viene de aquí).