Ciencia recreativa

Ideas sueltas sobre burocratización y élites aburridas

3 Jul, 2012 -

Los ciclos de cambio y el camino más largo

No sé si habéis escuchado ese chiste alguna vez que dice que el Comunismo es el camino más largo desde el capitalismo hasta el capitalismo. Una de las hipótesis que me parecen más interesantes para explicar lo que ocurrió con el comunismo en Europa del Este es la de la «burocratización del partido». Se trata una explicación de como se transforman las élites en un régimen con el paso del tiempo en función de los mecanismos de selección.

Pensad en como se dan los puestos a la gente al día siguiente de la revolución. Yo soy el miembro de una organización revolucionaria y acabo de tomar el poder. Lo primero que quiero hacer es elegir a quién voy a tener en mi gobierno. Lo normal será que aproveche este mecanismo para premiar lealtades y castigar a la gente que no me haya apoyado. El «mérito» no se juzgará, más que de forma secundaria, por la competencia técnica.

Por eso el gabinete estará lleno de líderes revolucionarios y gente que haya tenido un papel predominante en el proceso de cambio político que, típicamente, es el tipo de gente a la que quiero cooptar para estabilizar el régimen: militares, miembros del partido, o gente que dentro de la mitología meritocrática del nuevo régimen puntúe relativamente alto. El perfil de la gente que accede a estos puestos al día siguiente de la revolución es por tanto el de individuos ideologizados, con un perfil poco técnico, muy político y con grandes proyectos de transformación que quieren llevar a cabo y que encajan dentro de sus grandes narrativas. Suanzes o el Che Guevara son ejemplos de esto.

El tiempo suele pasar y los intentos de transformación radical suelen encarar los problemas de la gestión pública y esa desagradable tendencia de la realidad de ser problemática y compleja. Mientras que en un primer momento las grandes narrativas o los méritos de guerra son suficientes para legitimar el régimen, al cabo de un tiempo esos recursos se agotan y se necesitan resultados. Las habilidades para ser un buen revolucionario, cosas como movilizar a la gente, dar puñaladas disparar bien o hacer purgas, normalmente, no son exactamente coincidentes con las que se requiere para gestionar el departamento de un ministerio, así que las élites revolucionarias se enfrentan a un dilema: o bien reconvertirse, o bien desaparecer. Típicamente, el régimen se enfrenta a una crísis que se solventa con una sustitución de los líderes iniciales por otro que tienen un perfil político algo más bajo y un perfil más técnico. Pensad en el caso de la entrada de los Tecnócratas en España, es de libro.

El «problema» es que el mecanismo basado en la eficacia en la gestión selecciona a gente distinta que un proceso revolucionario. Yo puedo ser un joven, con ambición, interesado en llegar a algo en mi país. Si para eso tengo que afiliarme al partido y hacerme unas cuantas fotos levantando el brazo o el puño, pues muy bien. Es incluso posible que me lo crea superficialmente, que esté totalmente a favor; pero es es improbable que lo haga con el mismo fervor que los tipos que tuvieron que pasar una guerra e ir a la carcel. El perfil de la gente que ha vivido acomodada en el régimen y que accede después de cierto tiempo es distinto del de los revolucionarios «duros»: es gente más pragmática, menos ideológica, más «ideológica», mucho más «civilizada». La imagen que tiene que veniros a la cabeza ahora es Gorbatchev, un señor que era abogado, o en España, la generación de gente que no había hecho la guerra.

Este tipo de gente, con un perfil ideológico bajo y una visión más técnica de las cosas suele tener interiorizado que su posición depende de los resultados, por un lado, y por otro lado, que «da igual que el gato sea negro o blanco con tal de que cace ratones». Además, el hecho de enfrentarse a la gestión impacta en las creencias de la gente, dónde los grandes esquemas de transformación son sustituidos por la resolución de problemas corrientes; la «Política» es sustituida, en buena media, por la «gestión» (Politics vs Policies).

Total, que después de unas pocas décadas, la generación antigua suele ser sustituida por una nueva. El «partido», las «élites» del régimen se burocratizan, queda poblado por gente con un perfil poco político, mucho más técnico y pragmático. El folklore y la parafernalia ideológico se mantienen, pero progresivamente nadie cree en ellos y se entra en «espirales de silencio». Esto es el resultado de que a) El régimen necesita a gente con un perfil técnico b) La gente que quiere progresar dentro del régimen deja de pensar en la militancia como un compromiso político y más como en una forma de ganarse la vida.

Ante esta perspectiva, la posibilidad de hacer la transición hacia otro régimen -como una democracia capitalista- se vuelve real. Esto es lo que suele ocurrir entonces con esos esquemas que vemos en la «Tercera ola de democratización» de «ruptura pactada», como en España o Europa del Este: el caracter ideológico del régimen tiende a desvanecerse y ese papel movilizador de la ideología desaparece, así que lo que prima es el pragmatismo.

Burocratización rutina y cambio en Democracia

Para mí, lo más interesante en esta hipótesis es lo que cuento de como el perfil de las élites va cambiando, bien porque estas tienen que reconvertirse, bien porque por el crecimiento vegetativo van siendo sustituidas por otras de perfil distinto. Pensaba en ello en relación con lo que contaba ayer Pablo en la tertulia sobre la «institucionalización del sistema de partidos». La institucionalización -decía Pablo- es la rutina: hay dos o tres partidos, el sistema es estable, todo el mundo sabe qué esperar de ellos. Típicamente, el partido tiene unas servidumbres bien establecidas, unos valores, una mitología; cualquier candidato va a ser fuertemente constreñido por su pertenencia al partido. La política empieza a llevarse de acuerdo con unas reglas que la hacen previsible, pasan a ser una institución «burocratizada» más.

En particular, un aspecto fundamental es que la institucionalización y la alternancia en el poder producen cultura de gobierno, la «ética de las responsabilidades», hace que haya una continuidad en la gestión y que esa gestión quede más o menos aislada de las grandes narrativas ideológicas o políticas. Las élites son siempre más o menos las mismas, estén en la oposición o en el gobierno, son socializadas en una cultura del pragmatismo. El tipo de gente que es atraída a los partidos de gobierno por sus «carreer concerns» es gente formada, pragmática, no chalados con ideologías excéntricas.

La mayor parte del tiempo,  esto es algo bueno. Es razonable que tengamos a gente con una visión pragmática de las cosas, relativamente aversa al riesgo. Es algo que todos los regímenes necesitan para sobrevivir. Es algo que le da estabilidad al estado. Los países que han intentado instaurar la «revolución permanente», o se han hundido ( la China revolucionaria antes de Deng Xiao Pin) o simplemente no lo han hecho.

Pero  otras veces, esta solución de continuidad destruye la fibra viva del sistema democrático al crear un sistema excesivamente oligárquico. Las élites pierden su capacidad de innovar, se vuelven excesivamente conservadoras, sucumben a los intereses creados. En teoría, el papel de la democracia es precisamente el de permitir una renovación progresiva de las élites, pero mediante cambios no bruscos, sino suaves, gestionando así este dilema entre estabilidad y cambio, innovación y continuidad. Es lo que contaba Pablo sobre la institucionalización del sistema: canalizar el cambio dentro de la continuidad. El problema -y seguramente una de las explicaciones de por qué caen las democracias- es como se enfrenta a una necesidad de cambio más o menos radical una institución esencialmente diseñada para excluir cambios radicales.