Economía

La inflación no es un fenómeno reciente

18 May, 2012 -

Mientras termino de leer ‘This Time is Different’, de Ken Rogoff y Carmen Reinhart (os hablé de este título hace tiempo, en vísperas de su publicación), no puedo resistirme a compartir con vosotros algunas de sus conclusiones. En particular, el resultado que se desprende de sus estudios sobre la inflación. Los autores trabajan con una base de datos descomunal, que cubre todas las regiones del mundo (estamos hablando de que poseen datos representativos para el 93% del PIB mundial) y con series de datos que en su mayoría pueden trazarse con bastante fidelidad hasta principios del siglo XVIII, cuando no antes para algunas variables concretas. Este es el caso de la inflación, sobre la que tenemos estimaciones para Europa occidental que llegan hasta el siglo XV.

Quizá lo primero que salte a la vista es que la inflación no es ni mucho menos un fenómeno reciente. De hecho, su presencia ha sido recurrente en la historia económica de las naciones. Sus causas siempre han sido similares, si bien los procesos que la han generado han evolucionado con el paso de tiempo. Por otra parte, sus autores (o por lo menos aquellos interesados) también han sido siempre los mismos: me refiero a los deudores. Y entre todos ellos, los gobernantes destacan como los más importantes. Desde que al rey de los lidios Ardis II tuviera la ocurrencia de plasmar su efigie en piezas de oro blanco allá por el siglo VII a.C., los gobernantes de todas las épocas han contemplado los efectos de la inflación con una mezcla de esperanza, temor y no poca desesperación. ¿Por qué?

Su motivación es comprensible. Cuando alguien nos presta dinero, en ese momento está renunciando a un consumo presente garantizado a cambio de un consumo mayor en el futuro, que podrá permitirse gracias al interés que le pagaremos por el préstamo. Al menos,  eso es lo que él espera. De no ser así, seguramente no nos concedería el préstamo. Ahora bien, supongamos que en tanto se va acercando la fecha en la que tendríamos que devolver el préstamo, la inflación aparece en escena: los precios no dejan de subir. En poco tiempo, nos percatamos que necesitamos más dinero para comprar los mismos bienes que antes. Por fin, llega el momento de saldar nuestra deuda, pero cuando vamos a proceder a ello, podemos ver a nuestro acreedor claramente disgustado. Resulta que la cantidad a devolver estipulada en la deuda no le alcanza para nada. De hecho, nos recuerda que cuando él nos prestó aquella suma de dinero se podían comprar un montón de cosas con ella, pero que esa cantidad ahora no es más que minucia. Apesadumbrado, coge su dinero y se marcha. A nosotros no es que nos afecte demasiado, total, tiene razón. Aunque cuando pedimos el dinero prestado se trataba de una suma de dinero considerable, ahora no vale prácticamente nada.

Esta historieta resume el gran atractivo que la inflación siempre ha tenido para los deudores: en que permite reducir el montante real de su deuda. De ahí que suela decirse que la inflación técnicamente es equivalente a un impuesto que grava a los acreedores y financia a los deudores. Los gobiernos de todas las épocas (en particular las democracias, incluso las ‘populares’) siempre han tenido la necesidad de emitir deuda para mantener su funcionamiento. No son los únicos, prácticamente cualquier corporación o particular también lo necesita. Ahora bien, la deuda emitida por los gobiernos siempre ha destacado por su volumen. A fin de cuentas, son pocos los actores individuales que emitan tanta deuda por los gobiernos. Por otra parte, este hecho se pone todavía más de manifiesto en aquellas épocas donde las corporaciones, como tal, ni siquiera existían. Los préstamos se concedían entre particulares. Y claro, entre todos los particulares, cómo no, destacaba el monarca, quien se endeudaba en nombre de la Hacienda Pública.

Sería por tanto natural pensar que entre todos los interesados en que la inflación haga su aparición, los gobernantes se situarían en primera línea. No nos equivocaríamos. De ahí que desde siempre hayan sido pocos los que se hayan contentado simplemente con mirar: si la inflación no aparece, habrá que hacerla aparecer. Y para conseguirlo, el procedimiento preferido por nuestros ancestros fue ‘envilecer’ la moneda, esto es, reducir su contenido en metal precioso, bien fuese mezclándolo con otros metales menos nobles, bien fuese directamente reduciendo su tamaño al tiempo que se mantenía su valor nominal. No sabemos quién fue el primero que empleo este tipo de métodos, pero cuentan que ya por el siglo IV a.C. Dionisio I, tirano de Siracusa, agobiado por las deudas ordenó que le fueran remitidas todas las monedas en circulación so pena de muerte para quien no cumpliese con el mandato. Una vez las tuvo todas en su poder, hizo estampar en cada moneda de un dracma el símbolo de dos dracmas. Después, decidió saldar sus deudas. Si la historia de Dionisio es verídica o no es difícil de saber. De ser cierta, estaríamos hablando de que la devaluación causada por el tirano siracusano debería haber generado una inflación en torno al 100% (!).

En cualquier caso, Dionisio no fue ni mucho menos el único. Otros tantos siguieron sus pasos con el paso del tiempo. De hecho, los procesos inflacionarios causados por el envilecimiento se sucedieron regularmente de forma secular. El siguiente gráfico de Reinhart y Rogoff en el que se recoge el contenido medio de plata en una canasta de 10 monedas representativas de los países de Europa occidental desde 1400 hasta 1850 permite hacerse una idea de esta recurrencia. No sin razón, los autores titularon a este gráfico ‘el camino hacia el dinero fiduciario’.

Puede observarse cómo, en principio, la historia parece presentar un clara tendencia a la inflación. En esta serie hay episodios destacados. Uno de ellos se corresponde con el reinado de Enrique VIII de Inglaterra. No tenemos claro cómo se gestionaban las finanzas públicas por aquel entonces, pero es evidente que en la corte de los Tudor las cosas no se hacían demasiado bien. A pesar de sucesivas subidas de impuestos, y a pesar de la expropiación de los bienes de la Iglesia Católica con motivo de la Reforma inglesa en 1534, las arcas del monarca siempre estaban vacías. Por esa razón, Enrique VIII decidió llevar a cabo una devaluación a través del envilecimiento de la moneda en 1542 que se prolongó más allá del fin de su reinado en 1547. En total, el contenido en plata de la libra descendió un 83% en el proceso. Por otro lado, podría señalarse las caídas en la serie son más pronunciadas a medida que nos acercamos al final. Es la época de la Revolución francesa, las guerras revolucionarias, la impresión masiva de los assignats y las guerras napoleónicas. Por aquel entonces, Austria y Rusia envilecieron sus respectivas monedas entre un 55% y un 60%. La entrada de Europa en el siglo XIX fue todo menos tranquila.

Por último, otro resultado, quizás el más importante, es que la inflación no sólo es un fenómeno que ha estado siempre con nosotros, sino que además, por término medio, sus impacto ha sido en término medio constante a lo largo de la historia. Es la conclusión que se desprende del gráfico que se muestra a continuación. Así, y aunque evidentemente ha habido ciclos inflacionarios más o menos pronunciados que alternan periodos de inflación con otros de deflación, (podría pensarse que en buena medida acordes a los grandes ciclos económicos) su evolución ha oscilado siempre en torno a rangos similares, en concreto, entre un -2% y un 6%. A partir del siglo XX, no obstante, se aprecia una subida de la media, que parece posarse ahora en torno al 5%, con oscilaciones que en general van del 2% al 12% (descontando las turbulencias de las dos guerras mundiales). Los ciclos parecen volverse algo más duraderos, pero también mucho más amplios.

Este gráfico pone de relieve una cuestión importante en torno a la inflación. En más de una ocasión se ha sostenido que la inflación, al menos tal y como la conocemos hoy día, es un fenómeno reciente, causado principalmente por la introducción del papel-moneda o dinero fiduciario en nuestros sistemas económicos. De lo dicho anteriormente puede concluirse que eso no es del todo cierto. Primero, porque la inflación siempre ha estado ahí; ha sido un fenómeno recurrente a lo largo de la historia, causado en no poca medida por la acción de los gobernantes en sus intentos de devaluar la moneda ejerciendo señoreaje, pero también por otros factores asociados al ciclo (épocas de buenas y malas cosechas, cambios demográficos, guerras, etc.). La historia, en general, tiene un sesgo inflacionario. Segundo, porque cuando se toma una perspectiva temporal lo suficientemente amplia se comprueba el alcance de sus efectos ha sido prácticamente el mismo a lo largo de la historia. En ese sentido, el cambio tecnológico que supuso la introducción del dinero fiduciario para la inflación ha sido más bien parecido al impacto que han tenido las nuevas tecnologías en la guerra moderna. Por un lado, es evidente que las han hecho mucho menos frecuentes de lo que eran antes; por otro, han incrementado enormemente su poder destructivo, a veces hasta cotas imposibles de soportar. Los efectos que antes se manifestaban muchas veces con el paso de los años ahora pueden conseguirse en cuestión de pocos meses (cuando no días, pensemos en Zimbabwe). Se trata, por tanto, de un cambio cuantitativo, que no proporcional, pero en ningún caso cualitativo.

De hecho, diría que esa es la tónica general en la evolución de los asuntos humanos. Y es que, en ellos, son pocos los cambios que se han producido de forma estrictamente progresiva. Será que, al menos en lo que respecta a las cuestiones económicas, nos gusta avanzar dando tumbos.

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REINHART, CARMEN, y ROGOFF, KENNETH S. (2008) «This time is different: a panoramic view of eight centuries of financial crisis». NBER Working Paper No. 13882.