Política

Objetivo: acampar en Sol

13 May, 2012 - - @jorgegalindo

Ya dije hace meses que me parece que el 15M no existe. Lo que sí existe es, por un lado, una buena cantidad de españoles muy cabreados con la situación económica actual, así como con las medidas que se toman y dejan de tomar para solucionar nuestros problemas; y, por otro, una marca que entre los medios y algunos activistas se han sacado de la manga y que es empleada por cada uno como mejor convenga. La afirmación era y es una provocación, claro: existe un movimiento de protesta, eso sin duda. Lo que está por ver es si existe un 15M, y para quién y para qué existe.

Desde luego, cualquier analista puede ver que la gente tiene razones para estar enfadada, salir a la calle y protestar bien alto. Nuestros niveles de paro son absurdos, y creciendo. La gestión que los distintos Gobiernos (nacionales, autonómicos) han hecho y están haciendo de la situación deja mucho que desear. Así que las manifestaciones están más que justificadas. A estas manifestaciones y protestas continuadas no se les puede pedir un programa político concreto con medidas específicas y delimitadas como si de un partido o sindicato se tratase. Basta con que salgan y digan «esto no nos gusta, hacedlo mejor». Y, como mucho «hacedlo mejor y más hacia la izquierda» o «hacedlo mejor y más hacia la derecha» (sería bonito que hubiese gente protestando por una política bisexual, pero me parece soñar despierto).

Bien. Hechas todas las aclaraciones preliminares pertinentes, he de decir que lo que está pasando este fin de semana me parece una derrota de las protestas y un triunfo del Gobierno. Y todo gira en torno a la idea del 15M.

Me explico. Cualquier protesta suele tener una doble dimensión: por un lado, los objetivos relacionados con aquello que se quiere conseguir, en este caso un cambio de política (económica, quiero pensar). Por otro, la posible existencia y definición de un movimiento consolidado (un 15M), con objetivos de supervivencia y consolidación, identificación mutua, etcétera. Esta segunda dimensión está muy relacionada con la existencia de enemigos y situaciones adversas que pueden cohesionar a un hipotético movimiento hasta llegar a un cierto nivel organizacional. Sin embargo, la cohesión puede tener costes: el primero es perder en ‘afiliación’ y ganar en riesgo de radicalización. El segundo es primar los objetivos de autoafirmación y supervivencia del movimiento por encima de las protestas de política en la agenda del movimiento. El riesgo de incurrir en estos costes es mayor cuando no existe una cierta organización o conjunto de organizaciones que tengan en cuenta los objetivos primarios.

El Gobierno intuye esto, por descontado. Por tanto, colocar un toque de queda relativamente absurdo (las diez de un sábado noche es hora punta en la capital de España) que sabes que no se va a cumplir, ofrecer así una victoria aparente a quienes allí están, y esperar a la madrugada para hacer lo que sabes que solo podías hacer de madrugada: desalojar. Sabiendo que la reacción inmediata va a ser querer volver, convirtiendo todo en un pulso. Y hacerlo las veces que haga falta. El objetivo de las protestas se convierte en mantener la presencia en el símbolo que es Sol. El debate sobre política económica, que estaba ganando fuerza en las últimas semanas (austeridad sí o no; solo austeridad o austeridad y algo más; lo que nos viene desde Francia y Hollande, etc), queda desdibujado en relación con… el 15M.

El asunto es que tal y como se están configurando estas (no todas) protestas en España (explosiones relativamente espontáneas sin organización real en torno a unos cuantos símbolos y muy enfocadas hacia la clase política), parece imposible evitar que esta sea la dinámica. Así, nada saldrá de estas protestas en términos de condicionar la agenda de ninguno de los principales partidos y sindicatos. Igual que apenas nada salió (más allá de unos pocos gestos que poco a poco se fueron esfumando), ahora que podemos mirarlo en perspectiva, de mayo de 2011.