Aviso de entrada, este no es un artículo analítico. No es una repaso sobre qué ha ido mal en la campaña de Javier Arenas, no es un elogio del talento político de Griñan, no es una disquisición sobre el futuro de España y cómo el mundo se va a tomar los presupuestos de Rajoy con estos titulares, y desde luego no tiene una miserable gota de datos estadísticos. Los resultados de las elecciones andaluzas me han pillado realmente por sorpresa; no estoy del todo seguro que pueda decir mucho más que eso.

La cifra que no se me va de la cabeza es 31%. Esa es la tasa de paro de Andalucía, ahora mismo. Esta es la clase de cifra que no ha visto nadie en Europa o Estados Unidos desde la Gran Depresión. Incluso en aquellos días, realmente no recuerdo ningún país que viviera con esos números demasiado tiempo, y desde luego no sé de ningún lugar ahí fuera con unas cifras económicas semejantes que dieran a su presidente la posibilidad de continuar en el cargo. Las elecciones, por supuesto, no son un “mensaje”; los votantes no dicen nada, sólo escogen entre varias alternativas. En estas elecciones, para mi completa y total sorpresa, han decidido no echar a patadas a un partido que, mirando cualquier cifra económica, parece estar haciendo un trabajando absolutamente espantoso. No es que lo parezca, es que está haciendo un trabajo horrible. Como la mayoría de gobiernos autonómicos en España, sin ir más lejos.

Llega el día de las elecciones, sin embargo, y los andaluces (como otros muchos antes que ellos; no es la primera región en hacer estas cosas) permiten que los que mandan sigan ahí. Puede ser que la alternativa fuera horrible, y cielos santo Javier Arenas es una candidato patético, pero joder, hay un 31% de paro. Aunque Izquierda Unida y UPyD estuvieran llenos de psicópatas con hacha uno se puede llegar a plantear, en un momento dado, que a lo mejor es en momentos como este en que es hora de enviar a los políticos que llevan años en el cargo a la santísima mierda y votar alguna absurdidad, a ver si alguien decide cambiar algo. Lo que sea. Lo que vemos es cambio es una caída relativamente modesta de seis puntos de los dos partidos mayoritarios, una subida decente (pero no especialmente estelar) de Izquierda Unida, y 600.000 votantes que se quedan en casa.

La pregunta es entonces: ¿qué cojones tiene que pasar en Andalucía para que los votantes actúen como si aquí tenemos un problema serio? ¿Qué narices tenemos que ver? Cives me recordaba hoy este artículo mío de hace un montón de tiempo (casi siete años) hablando de clientelismo en “Palermo”, y supongo que algo de eso habrá, pero ni yo me acabo de creer que esta explicación baste. Hay un 31% de paro. Por mucho menos en España antes quemábamos conventos. Ahora volvemos a repetir gobierno autonómico.

Antes que alguien diga que la estoy tomando con los votantes andaluces, el problema no es que la gente haya votado “mal”. No es eso. Lo que lleva una temporada poniéndome de mal humor es que realmente en España parece que nadie esté tomándose el desastre en que andamos metidos en serio. El país lleva cuatro años metido en una recesión catastrófica, todo indica que la economía está empeorando a marchas forzadas y en vez de tener medio país aullando a grito pelado a todo político que tenga a tiro pidiéndole que Dios mío haga algo, lo que sea, por lo que más quiera, pero que por favor intente salvar a España de un desastre como el que no hemos visto en ochenta años, lo único que vemos es abstención electoral, un gobierno que aprueba reformas entre siesta y siesta y una especie de fatalismo colectivo realmente espeluznante. Y no, no me vengáis con la huelga general y todas esas payasadas; la reforma laboral es santa cagada que no cambia apenas nada, y si el gobierno merece manifestaciones es porque lleva tres meses en el cargo y parece que aún están intentado descubrir dónde está el lavabo más cercano en el ministerio. España va camino del sumidero a un ritmo que hace que Argentina en un ataque de nervios sea un país cuerdo, y no hago más que escuchar gente diciendo que todo es complicado, todo es políticamente inviable y que todo es culpa de Wall Street y Angela Merkel.

Mira, puede que no fuera nuestro timonel el que empotrara el barco contra un iceberg. Pero los españoles ahora mismo, con su flamante Presidente de Gobierno escogido hace cinco meses con una mayoría apabullante al frente, están dando un espectáculo realmente dantesco quejándose que la cena está fría y que la cola para subirse a los botes salvavidas es demasiado larga mientras el transatlántico se va camino del fondo. Puede que suene que la estoy tomando con los andaluces hoy, pero no es un problema de estas elecciones o este resultado concreto. Zapatero al menos parecía preocupado y los españoles le dimos una buena ración de odio. Estos días, ni el gobierno parece estar de humor para hacer nada, la izquierda parece haber decidido que vivimos en el mejor de los mundos posibles y toda reforma estructural es malvada, y los votantes, que deberían estar subiéndose por las paredes ante tanta imbecilidad, parecen resignados a su suerte. Rajoy realmente parece creer que poner cara de seriedad y recortar gasto va a solucionar los problemas de España, y el país entero parece resignado a estamparse sin decir ni pío.

No sé. A estas alturas ya no sé qué narices uno tiene que decir para que alguien, en algún sitio, se tome los problemas en serio. A estas alturas casi me importa un comino qué hagan mientras parezcan entender vagamente la magnitud del problema.  Al paso que vamos acabaré por pensar que Castelao tenía razón cuando decía eso que “los gallegos no protestan, emigran“. Lo hacían por un buen motivo.