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El 18 de Brumario de la Verdadera Izquierda (TM)

19 Mar, 2012 -

Cuenta Jon Elster en su sensacional “Making sense of Marx” que la teoría marxista del Estado no es una, sino varias, y si uno conoce un poco lo que vino después es fácil ver como los distintos autores marxistas -Gramsci, Lenin, etc- se han ido apoyando en una u otra. El principal problema alrededor del que gira la polémica es el de la “autonomía del Estado”.

El capítulo siete del libro explica como en los primeros escritos, el joven Marx tiene una o dos teorías dónde la autonomía del Estado es sustancialmente restringida. La primera es la teoría “instrumental”, dónde el Estado no es más que una marioneta en manos de la burguesía sirviendo a sus intereses. La segunda teoría es la “teoría de la abdicación”. La idea básica es que el Estado es una entidad con cierto grado de independencia, distinta de la burguesía, en la que esta última delega para mantener el orden capitalista y, especialmente, resolver los problemas de acción colectiva a los que se enfrentan (mantener los derechos de propiedad, reprimir las huelgas, etc). La última teoría marxista es la que llama el “class balance theory of the state” donde el Estado es visto como una entidad que presencia el escenario de la lucha de clases como árbitro y jugador y se ve sujeto a la influencia de cada una de las clases que luchan por capturarlo. Pero de esta competencia entre las clases, nace cierto grado de autonomía que le permite “dividir y vencer”-es la idea que Marx usa para explicar la monarquía absoluta.

En general, la idea de que el Estado es una herramienta de la clase burguesa es algo bastante presente en el pensamiento marxista. Una buena ilustración se encuentra en este párrafo (negritas mías) de Herbert Gintis:

Now, when I was learning all of this theory from Richard Musgrave, my objections were very simple: why would you believe that the state would actually do these things? Why should the state act in the public interest? I remember once, as a young instructor at Harvard, attending a lecture by the great Keynesian James Tobin, delivered to an audience of thirty or so economics faculty and graduate students. Tobin was telling us that countercyclical fiscal policy could easily hand the current economic downturn. I raised my hand and asked a question. “I understand that the government can do this,” I stated, “by why do you think it will do this?” Well, I could have defecated on the buffet table and drawn fewer horrified looks (from both Tobin and the Senior Professors) than I did by asking this simple question. At that time, neoclassical economics simply assumed a Beneficent State. Being a good Marxist, I believed that the state was controlled by the Capitalist Class, who used business cycles to discipline labor and make sure wages did not spiral out of control.

Como podréis observar si habéis leído mis dos últimos posts, últimamente estoy volviendo a leer a mi amigo Alberto Garzón, así que he caído sobre este post suyo que de forma tan elocuente expresa la concepción marxista del Estado:

el propósito de los neoliberales no es el de reducir el peso del Estado en la economía (aunque pueda suceder, medido vía gasto público como porcentaje del PIB) sino que es reorientar el marco económico y crear mejores condiciones para el desarrollo y beneficio de las clases dominantes que se encuentran detrás (y que hoy son las grandes empresas y las grandes fortunas). Por eso cuando llega una crisis económica que daña a las grandes fortunas y las grandes empresas no se duda en usar el poder del Estado para cubrir pérdidas (nacionalizaciones de empresas, rescates bancarios, etc.).

Dejadme reconstruir el argumento. Lo que Alberto y su perspectiva poskeynesiana está sugiriendo, de forma bastante explícita, es que cuando llega una crisis económica, lo que hace el Estado no es proteger el interés general, sino el de la clase dirigente. Esta es  una visión por la que, al igual que todo economista informado de los desarrollos de la economía política moderna, tengo cierta simpatía. Dejadme únicamente hacer un addendum: estas políticas son el resultado de un procedimiento de decisión “democrático” o, al menos, todo lo democrático que hemos conocido. Esta es, digámoslo de paso, una de las principales razones por las que soy hostil a las empresas públicas y, en especial, a las cajas de ahorro: es capitalismo de amiguetes y busca de rentas bajo cubierto de retórica izquierdista es “Estado de Bienestar para ricos”. Mis diferencias en este punto con Alberto son de grado; creo que los Estados democráticos funcionan decentemente bien y las soluciones que observamos no benefician exclusivamente a la oligarguía; soy algo más optimista que él sobre el funcionamiento de la democracia.

Ah, pero temo que nuestros puntos de encuentro se terminen aquí. Pues apenas una líneas más abajo, en el último párrafo, Alberto sugiere que lo que necesitamos es “intervenir en la economía”, con distintas finalidades. Es una línea similar a la que se puede perfilar en su defensa constante de la Banca Pública. Obviamente, esto plantea la muy razonable pregunta de Gintis “”I understand that the government can do this, but why do you think it will do this?”.

La única solución en la que puedo pensar es que, cuando dice “necesitamos”, esa primera persona es ligeramente más restrictiva de lo que suele ser la que emplean el resto de los políticos para hablar del pueblo o del electorado. Es decir, no sugiere que vayamos a llegar a este tipo de decisiones o intervenciones por procedimientos democráticos tales y como los conocemos hoy día, sino, aventuro, por otro tipo de mecanismos dónde él, y otros, tengan (¿tengamos tal vez?) un papel predominante.

Más en serio y  dejando a un lado las ironías -conozco a Alberto y sé que no es partidario de un sistema no democrático- en mi opinión esto subraya la contradicción básica de la Verdadera Izquierda (TM). En el nacimiento de la izquierda socialdemócrata se encuentra la “cuestión organizativa”, lo que en lenguaje marxista se llama la “relación entre la teoría y la práctica”: ¿debemos participar en un sistema no democrático? ¿como debemos llegar al poder? ¿qué debemos hacer cuando estemos en él?. Así, en la genealogía del pensamiento socialdemócrata que va desde las contribuciones de Bernstein al programa de Erfurt o el discurso de Léon Blum en el congreso de Tours sobre la vieille maison hasta en nuestro país los Congresos de Suresnes y de Septiembre del 79  del PSOE, se responde a esta cuestión con gradualismo y pragmatismo, aceptando las imperfecciones del mundo en el que vivimos y planteando la necesidad de moverse poco a poco hacia mundos mejores, dejando a un lado proyectos maximalistas basados en el “todo o nada” o el “cuanto peor, mejor”, y aceptando la radical incertidumbre que subyace en cualquier proyecto ingeniería social radical a corto plazo como una amenaza suficiente para la civilización y la libertad y la dignidad de los individuos como para deber ser descartado. La enfermedad infantil, en cuya superación está su paso a la madurez, de la socialdemocracia es la negación de esta realidad.

El marco en el que la Verdadera Izquierda (TM) parece moverse es aquél en el que este dilema no está resuelto: se parte de la idea de que existe un sistema ideal, dónde las restricciones no existen y en el que “nosotros” podríamos operar con  grados de libertad que tienden a infinito. Frente a esa cruda muestra de realismo que va hasta lo conspiranoico a la hora de criticar a los “enemigos”, contrasta una actitud benevolentemente naive a la hora de juzgar las posibilidades de hacer políticas públicas en un marco alternativo, ideal, distante, mal definido, en el que las reglas y los resultados esperables serían sustancialmente distintos de en el nuestro. En definitiva, es difícil distinguir dentro del marco conceptual de la Verdadera Izquierda (TM), cuál es su “teoría de la acción democrática”, cuál es la relación entre “la teoría y la práctica” que manejan, si una en la que el Estado democrático-capitalista es un instrumento para el cambio sobre el que se debe actuar dentro de las reglas del juego, o si debe ser derribado y sustituido por un arreglo alternativo mediante la “revolución”.