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Populismo, credibilidad y el caso de Francia.

15 Mar, 2012 -

Uno de los hechos que más me llamaron la atención durante mi época en Francia era su clima político. Francia es un sitio dónde las declaraciones grandilocuentes, las grandes ideas contrastan con una total inactividad en la toma de decisiones y la ausencia completa de soluciones concretas. Durante las campañas electorales los políticos de izquierdas parecen mucho más de izquierdas de lo que luego resultan ser en el gobierno y los políticos de derechas parecen mucho más conservadores que las políticas que llevan a cabo.

¿Qué hay detrás de esto? Como todos los hechos sociales, es un fenómeno complejo que responde a la historia, a la estructura social y muchos rasgos de la sociedad francesa. Pero mi percepción es que una causa fundamental es el sistema electoral a doble vuelta. El rasgo básico de un sistema de elección de este tipo es que el electorado objetivo al que se dirige un político es distinto en cada una de las vueltas: en la primera vuelta, el político necesita encontrar una masa crítica de votos para lograr el paso a la segunda; en la segunda vuelta, necesita girar al centro todo lo posible para agrupar a un máximo de todos ya que, por regla, solo hay dos partidos. En Francia se suele decir que los electores votan en la primera vuelta con el corazón (de forma ideológica) y en la segunda vuelta con la cabeza.

La consecuencia previsible y constatada de este sistema es que los políticos tienen incentivos, muy fuertes para mentir. Y si los electores les sancionan por mentir, para no decir nada concreto. La estrategia para ganar en la primera vuelta es distinta de la de la segunda, por tanto un candidato, típicamente, articulará un discurso vago, con muchas propuestas, que sea difícil de verificar por sus electores. En la primera vuelta pondrá el acento sobre los aspectos ideológicos del programa, que movilicen a una cantidad de electores suficiente. En la segunda vuelta, vivimos en el mundo de Downs dónde el votante decisivo es el votante mediano, de modo que el candidato girará al centro todo lo posible, dejando de lado sus aspectos más ideológicos.

¿Qué tipo de clima político generará esto? Por un mecanismo de selección simple, lo que tendremos serán políticos poco ideológicos, trepas, que busquen ser reelegidos a cualquier precio. Chirac, Mitterrand, DSK o el propio Sarkozy son ejemplos de esto. En particular, tendremos políticos con un serio problema de credibilidad.

He sugerido ya que el extremismo político está enraizado en el hecho de que en la primera vuelta las estrategias óptimas de los candidatos no son estrategias centristas. Pero, después de leer (en diagonal) este paper  de Acemoglu y sus coautores y cruzarme con este post del blog de Alberto Garzón  he pensado que hay un motivo añadido.

Acemoglu viene a sugerir que cuando los políticos tienen problemas de credibilidad, enviar mensajes especialmente “fuertes” tiene un valor de señal creíble. Concretamente, si el electorado de un político tiene razones para pensar que el político se va a escorar hacia el centro después de que le hayan votado, que ese político aparezca como especialmente “extremista” sirve como una garantía para su electorado de que no se va a desviar.

Os pongo un ejemplo (real). Uno de mis mejores amigos franceses es una persona muy conservadora. Recuerdo que en una ocasión hablaba con él del miedo que me producía la idea de que Le Pen llegara a gobernar y él me dijo que la idea no le parecía tan horrible. La frase venía a decir algo así como “Lo cierto es que si algún día llega a gobernar no le van a dejar hacer lo que quiera, y lo que es capaz de hacer con las manos atadas es algo que yo tengo curiosidad por ver”. Mi amigo estaba, grosso modo, descontando que, si Le Pen era elegido, una parte sustancial de su programa iría a la basura y sería absorbido por la “ética de las responsabilidades”. Posiblemente sería más duro con la inmigración, veríamos un giro en la política Europea, una temporada de torpezas económicas que serían rectificadas después, pero esto era precisamente lo que mi amigo buscaba: una garantía de un giro conservador creíble. Es decir, exactamente lo que describe Acemoglu.

Dinámicamente, la actitud de los políticos es inconsistente. Si para ser creíble en una elección hay que ser especialmente “extremista”, pero luego se reniegan esos compromisos, en las siguientes elecciones habrá que serlo un poco más para que la señal sea creíble, y así sucesivamente. Este tipo de dinámicas en el discurso político, además, inducen sesgos de selección. Si un partido quiere que sus planteamientos sean creíbles, una forma de hacerlo “realidad” es presentando a un político suficientemente extremista (y suficientemente creíble); no solo con un discurso extremista, sino con convicciones genuinamente extremistas. Fijaos en que un aspecto fundamental de esto es que los votantes moderados son llevados a votar por candidatos más extremistas que los que son ideales para sus preferencias porque son más creíbles.

Un aspecto interesante de esta investigación es conseguir entender la observación básica de que el desprestigio de la clase política causado por la falta de credibilidad hace que nazcan opciones populistas. Pensad en que las ascensiones al poder de líderes populistas por la vía de la democracia suelen ir precedidas por la incapacidad de los políticos centristas para resolver los problemas y la falta de credibilidad que ello conlleva.