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Primary Colors (XLVI): debates y la jeta de Mitt Romney

23 Feb, 2012 - - @egocrata

Otro debate ayer, probablemente el último. Los candidatos republicanos han discutido en público 22 ó 23 veces, y parece que ya tienen bastante; el de esta noche ha sido un debate a ratos hosco, a ratos aburrido, con dos candidatos que han dado señales claras de detestarse profundamente, y otro que realmente parece odiar a todo el mundo. Ron Paul está ahí sólo para vender su libro.

Pero vamos si Mitt Romney y Rick Santorum se tienen manía. En estas presidenciales, de hecho, Romney no parece caerle bien a nadie excepto a Ron Paul (lo dicho, es un tipo raro), y en este último debate creo que ha quedado bastante claro por qué. Santorum quizás sea un loco religioso que cree sinceramente que Satán y las fuerzas del mal están subvirtiendo Estados Unidos (no, no es broma) y que la mejor forma de evitar que nazcan hijos fuera del matrimonio es limitar el acceso a anticonceptivos (!?) y Gingrich es un cretino egocéntrico megalomaníaco (y estas son sus virtudes), pero Romney es uno de los políticos más espantosamente cínicos que he visto en tiempo, y mira que soy de los que sienten una extraña devoción por su especie.

Romney, un tipo que ha sido gobernador de un estado de cierta entidad, se ha especializado en utilizar una linea de ataque especialmente insidiosa: pretender que la política es fácil y sencilla. Más concretamente, se ha dedicado toda la campaña a buscar votos, opiniones o posturas perfectamente normales y razonables para cualquier que haya trabajado en un sistema político moderno, las saca de contexto y las caricaturiza de forma inmisericorde. Cuando alguien tiene la osadía de recordarle que él ha hecho, dicho o defendido exactamente lo mismo alguna vez en el pasado, la respuesta automática es negar que lo suyo tuviera el más remoto parecido, e insistir que su oponente no está contestando.

El debate de ayer tuvo dos o tres momentos clásicos en este sentido; dos golpes bajos especialmente rastreros y uno especialmente cínico. Romney atizó a Santorum por dar su apoyo a Warren Specter, el ex-senador republicano de Pennsylvania, en su campaña de reelección el 2004.  Specter es, a día de hoy, uno de los hombres malditos del GOP moderno; un senador moderado que cambió de partido cuando los tarugos del tea party le amenazaron con unas primarias, y que se largó (tras perder las primarias demócratas, dicho sea de paso) votando a favor de la reforma de la sanidad de Obama. La cuestión es que en el 2004 todo el partido republicano (o casi) apoyó a Specter contra su oponente en las primarias, un chiflado del Club for Growth llamado Pat Toomey que acabaría ganando el 2010. Santorum no estaba sólo en ese aspecto ni de lejos; Specter podría haber sido moderado, pero incluso San Ronald Reagan le apoyó en su época.

Acusar a alguien de no ver una traición futura a cuatro años vista es francamente feo, ciertamente, pero tiene una virtud: pone a tus oponentes de los nervios. En el caso de Santorum, este se lanzó a una larga, imposible perorata sobre Specter y por qué fue útil para el movimiento conservador, metiéndose en detalles relevantes, válidos y ciertos, pero también la clase de cosas que hacen que suenes como un político convencional. Romney hizo lo mismo al atacar a Santorum por sus earmarks (un oscuro procedimiento presupuestario) o votar a favor de financiar abortos (en una ley enorme que incluía un montón de otros temas). Santorum, visiblemente cabreado, se metió a contestar con una disertación esencialmente correcta pero vagamente incomprensible para los no-politólogos sobre procedimiento legislativo y funcionamiento interno de las comisiones del Congreso, de nuevo diciendo verdades pero sonando como un zombie de Washington que no quiere hablar claro.

De todas las puñaladas retóricas traperas, sin embargo, mi favorita fue la del techo de la deuda. En sus tiempos en el Senado Santorum votó a favor de aumentarlo cinco veces, algo que hasta el verano pasado, cuando los republicanos perdieron el juicio y decidieron jugar a la ruleta rusa con la economía mundial, era perfectamente normal. Romney, que no es imbécil (sólo pretende serlo), dijo hace un año que era necesario subir el techo de la deuda si no querían volar el sistema financiero por los aires. En el debate, sin embargo, Mitt tuvo la jeta de preguntarle a Santorum por qué no había sacrificado sus principios cinco veces en vez de amenazar con destruir el planeta, y sin el más mínimo remordimiento. No es que Romney cambie de opinión; el tipo es capaz de asesinar a su madre y después echarte en cara que no haces nada contra la violencia de género si eso te hará quedar mal.

¿Mi impresión? El debate fue una victoria parcial para Romney, básicamente porque consiguió que Santorum pareciera un político normal. Romney no ataca a sus oponentes a base de parecer un genio a su lado; su estrategia es siempre forzarles a responder chorradas que les hacen sonar mal. Funcionó con Perry con las vacunas, funcionó con Gingrich con su historial en el Congreso, y es probable que vuelva a funcionar ahora, gracias a las toneladas de dinero que está lanzando en publicidad para reforzar esta idea. Santorum y Romney están, ahora mismo, prácticamente empatados en Michigan. Unas cuantas salvas de artillería más y puede que consiga distanciarse.

El problema para Romney, claro está, es que acabará las primarias pareciendo un cretino petulante y antipático. Pero de aquí a noviembre se supone que tiene tiempo de cambiar esa tendencia.