Elites & Política

Las primarias: ¿Entre el bonapartismo y la conjura palaciega?

30 Ene, 2012 - - @kanciller

El pasado domingo tuvimos en Politikon una interesante charla a propósito de las primarias tanto en EEUU como en el PSOE. De entrada las primarias suelen tener muy buena prensa. Se supone que son los procesos más transparentes y democráticos para elegir candidatos; hacen que la militancia se sienta importante, pueden cortocircuitar las oligarquías internas de los partidos y ayudan a que éstos últimos conecten con una sociedad cada vez más alejada de ellos.

Todo este buen feeling que generan las primarias como método de selección de elites es algo que está instalado en el imaginario de las sociedades de Europa Occidental, lugar donde este tipo de procesos ha empezado a generalizarse. Los Norte-americanos, que ya tienen esta tradición desde hace tiempo, ni siquiera se plantean las ventajas del modelo. Simplemente no conciben otro.

Sin embargo en la Vieja Europa nosotros tenemos la pequeña particularidad de tener partidos de verdad. Aunque nominalmente existe un Partido Demócrata y un Republicano al otro lado del Atlántico, el hecho es que allí se tratan de plataformas de votantes, caparazones vacíos que sirven como “marcas” desde la que los candidatos construyen sus redes de apoyo, de simpatizantes y de financiación.

Por el contrario, nuestros partidos son organizaciones oligárquicas fuertes y centralizadas, cosa en cierta medida normal porque casi siempre hablamos de democracias parlamentarias y hace falta la denostada disciplina de partido para apoyar al Gobierno. El legislativo y ejecutivo no son independientes entre sí dado nuestro diseño constitucional, como sí lo son en los modelos presidencialistas.

¿Y qué importancia puede tener el que tengamos una tradición de partidos fuertes y sistemas parlamentarios en los modelos de primarias? Creo que mucha. Y la razón es que estos componentes institucionales introducen al menos dos restricciones a valorar. La primera, el número de cargos potencialmente elegibles por ese sistema Y la segunda, el tipo de primarias que genuinamente pueden implementar los partidos.

Bonapartismo

En el primer caso es evidente que, atendiendo a una consideración democrática, las primarias están limitadas a la cabeza visible del partido: al secretario general y/o candidato. Sin embargo, no se elige a todo el equipo de gente que acompaña a ese candidato, incluyendo a los cruciales secretarios de organización. Y esos señores hacen listas.

Si hablásemos de EEUU, este hecho es bastante irrelevante porque los partidos importan poco y las organizaciones están totalmente descentralizadas. Al fin y al cabo la Presidencia no es más que de uno más de los posibles cargos para optar y siempre puedo competir en primarias a Senador o Congresista. Con el apoyo de mi distrito puedo seguir jugando a mi aire.

Sin embargo, esto no parece tan factible en el modelo europeo ¿Imagináis que se eligiera en primarias a cada cargo de una Ejecutiva? ¿O para cada primero de lista por provincias? Aparte de que en una democracia parlamentaria la situación puede ser ingobernable, las continuas luchas intestinas del partido asustarían a los votantes en grado sumo.

De aquí que nos encontremos con que las primarias en contextos europeos pueden acelerar una tendencia al presidencialismo dentro de los partidos, una especie de bonapartismo organizativo. Ganador un determinado candidato a las primarias, dispone de margen para laminar a sus rivales a todos los niveles. De elegir a su equipo con total autonomía y puentear el control de la organización.  Roger lo explicaba aquí de fábula.

Conjura palaciega

Pero creo que hay un segundo condicionante referente al tipo de primarias en los países con tradición partidista. Como sabemos, en EEUU hay un sistema de primarias abiertas. Esto implica que los candidatos captan sus propios recursos, como si de empresarios se tratara, y compiten por ser el candidato del partido a la elección.

Por el contrario, en Europa Occidental es imposible que el aparato no juegue algún tipo de rol, que generalmente funciona como moderador y garante de una distribución equitativa de recursos entre candidatos. Y esto lleva necesariamente a que los componentes internos también jueguen un papel en la elección entendiendo que los competidores ni tienen incentivos para diferenciarse programáticamente entre sí ni disponen de recursos autónomos para hacerlo.

Ante esta situación es cuando asumen un rol destacado componentes como redes semi-clientelares dentro de los partidos, los intereses de las secciones territoriales del partido o incluso una posible fractura generacional de sus cuadros. De este modo las primarias pasan a ser un mecanismo de re-distribución interna de poder.

Esta situación puede generar dos peligros. El primero, la posibilidad de que se escoja a un candidato que es óptimo para las “familias” internas pero no lo es para ganar. Aunque esto pueda ser matizable, no hablo de la diferencia mediana entre votante en primarias y en elecciones, cosa que potencialmente puede ocurrir siempre. Me refiero a los responsables de determinadas ramas regionales les puede interesar más mantenerse en el cargo territorial que elegir un candidato competitivo. Una “función de utilidad” diferente.

Y un segundo problema es que la regeneración interna se puede reducir porque el líder completamente hipotecado por estos equilibrios internos. Volviendo sobre la idea de los vagones de cola, está claro el que hay muchos cargos codiciados en segunda fila a repartir entre las facciones. Si cambia la cabeza del cartel pero los cuadros siguen siendo los mismos, el cambio resulta poco creíble tanto dentro como fuera de la organización.

El dilema

Por lo tanto, como se verá, son dos polos opuestos en una tensión. ¿Cuál de las dos prevalece? Yo creo que el factor clave que media es el electorado que vota en las primarias, algo que puede variar notablemente según el partido y país. Y a ese respecto tenemos opciones que pueden oscilar desde caucus en el parlamento o colegios electorales en un extremo hasta primarias directas con todos los militantes, militantes y simpatizantes, o incluso todo el electorado en el otro.

Cuando el modelo es tendente a ser más abierto a las bases la balanza oscila hacia un líder “presidencialista” en el partido. Es garantía de renovación, pero también de menos control por parte de las estructuras partidistas. Cuanto más descentralizado sea el proceso, menos riesgo, pero también más potenciales problemas de gobernabilidad.

Ahora, cuanto más cerrado sea y más rol jueguen las organizaciones tradicionales en la designación del candidato, más potencial peligro de que la renovación sea muy parcial e insuficiente, que los líderes estén hipotecados y que se llegue a un equilibrio sub-óptimo a la hora de ganar elecciones. Pero también más control interno por parte de su organización.

Para terminar, subrayar lo de siempre: No existen modelos perfectos y siempre hay costes implícitos en cada una de las decisiones, también en la elección de procesos de designación de elites. Lo que hace falta es más reflexión sobre como maximizar sus ventajas y conjurar sus peligros. Eso sí, sin olvidar que es crucial que el partido genere, de una manera u otra, elites que tengan posibilidades reales de ganar.