Política

El triunfo del activismo low cost

28 Ene, 2012 - - @jorgesmiguel

Hace unos días comentaba con unos amigos que el ambiente se está volviendo irrespirable en las redes sociales debido a la proliferación de todo tipo de campañas, memes y un cierto género de «activismo instantáneo», generalmente de signo populista e irreflexivo, a los que se apuntan incluso personas que hasta ahora no se distinguían por su compromiso ni su atención a la política. Hoy tocaba una campaña contra la supuesta censura de Twitter que ha suscitado la incredulidad hasta de destacados gurús de la cosa 2.0 como Enrique Dans o Ricardo Galli. Pero podríamos hablar de peticiones en Actuable por los motivos más estrafalarios, carteles demagógicos que pretenden zanjar con una imagen o frase lapidaria cualquier debate de actualidad, fotocopias del BOE con medidas aprobadas años atrás y hasta noticias escandalosas que caducaron la década pasada, y un sinnúmero de ejemplos parecidos que, creo, no es necesario detallar. Supongo que casi todos los lectores tendrán algún contacto, o
muchos, que durante unas semanas parecía vivir sólo pendiente de Tahrir o Wikileaks y desde entonces no se ha vuelto a acordar del asunto. Como tengo un respeto infinito por mis conciudadanos y me cuesta creer que todo el mundo se haya vuelto bobo de repente, prefiero buscar explicaciones menos culturalistas, y creo que aquí operan al menos dos factores.

El primero, que las nuevas tecnologías, y muy particularmente las redes sociales, han reducido drásticamente los costes del «activismo». Tradicionalmente, éste requería acciones infinitamente más costosas para obtener visibilidad. Incluso escribir una breve carta al director, no digamos asistir a una manifestación o viajar a una zona afectada por un conflicto o hambruna, es una tarea hercúlea al lado de retuitear, hacer click en un «Me gusta» o compartir un meme de Facebook. Por supuesto, el coste de una causa no determina que esta sea más o menos justa o acertada, pero sí constituye un filtro: cuando apenas hay costes o consecuencias para el «activista» es más fácil que éste se aventure en terrenos que no conoce y debates sobre los que no está lo bastante informado. O, dicho de otra forma, una causa cuyo coste tiende a cero es más susceptible de ser banalizada. Cuando el terrorista de Oslo, Anders Breivik, fue detenido en agosto pasado, su número de seguidores en Twitter se multiplicó en unas pocas horas.
Recuerdo comentar el fenómeno con varios amigos que aventuraron diversas explicaciones sociológicas o psicológicas. Mi apuesta era que no había que concederle tanta importancia al hecho: se trataba de una acción low cost / low benefit que apenas implicaba costes para el nuevo follower.

En segundo lugar, y esta hipótesis quizás resulte más obvia, el hecho de que el activismo low cost tenga lugar en las redes sociales y adopte principalmente la forma de memes compartidos permite al activista saberse acompañado y diluir en un colectivo más o menos amplio la escasa responsabilidad que pueda sentir por esas acciones que, como vemos, tienen escaso valor y apenas llevan aparejados costes.