La ciencia social ha dedicado muchos, muchísimos esfuerzos a estudiar por qué la gente se pone de acuerdo para conseguir una serie de objetivos comunes. ¿De dónde surgen los movimientos sociales? ¿Por qué tienen lugar las revoluciones? Al fin y al cabo, si una masa de gente está trabajando para conseguir algo que me va a beneficiar igualmente, ¿por qué voy a movilizarme yo también, si voy a salir ganando igual? Esto es, muy resumido, el famoso dilema del «gorrón», «polizón» o «free rider» (Wikipedia). Como decía, hay muchos esfuerzos puestos en dar respuesta a esto. Haciendo una mezcla rápida, estas respuestas pasan por no considerar a los individuos como seres de cálculo totalmente racional, sino también poseedores de otros intereses e influencias relacionados con la moral, la ética, la estética y la necesidad de pertenecer a un grupo con el que identificarse y en torno al cual construir una identidad. Disponer
de un némesis, de un enemigo al que enfrentarse, es muy importante para conseguir definir esta identidad, así como una serie de objetivos a conseguir.

Porque al mismo tiempo, la mayoría de literatura sobre movimientos sociales apunta a la necesidad de establecer objetivos (no tienen por qué ser específicos, pero sí han de ser claros y pocos, aunque sean claims generales como «más empleo» o «una política más justa») y disponer de recursos (monetarios, humanos y de conocimiento del sistema en el que se pretende influir), así como una estructura que sea capaz de movilizar dichos recursos para conseguir los objetivos. Normalmente, la historia nos dice que las estructuras más bien jerárquicas son más efectivas para esto. Aquellas con forma de red tienen sus ventajas, por supuesto, como que al no tener una cabeza visible son más difíciles de destruir. Sin embargo, hasta ahora los costes de coordinación que supone una estructura de red han sido muy superiores a sus beneficios, y se solapan con el propio dilema del «polizón» expuesto. Por último, el flujo de información es fundamental: los individuos potencialmente interesados en las reclamaciones de los
movilizados han de saber que éstos existen y están en ello, claro está.

Cualquier análisis con pretensiones de seriedad sobre el 15M como algo que existe de verdad ha de partir de estas premisas. Algo que ya pensaba en junio pero que cada vez veo más claro es que el 15M no existe. O, si lo prefieren, fue un instante, no una constante. En un momento dado, la sociedad española estaba muy cabreada. Este cabreo se identificó con una serie de objetivos difusos relacionados con «cambiar el sistema», y tuvieron su expresión en una manifestación que tuvo lugar el 15 de mayo y a la que fue no demasiada gente, pero tampoco poca. Durante la siguiente semana, se materializó el enemigo (la Junta Electoral Central y por extensión todo el sistema de partidos) y el flujo de información (la extraordinaria atención de los medios de comunicación). En base a esto se construyó la «comunión identitaria», ese momento en el cual todos los ciudadanos estaban de acuerdo hasta el punto de movilizarse también, y coger su periódico del sábado, su carrito de bebé e ir a «pasear» por la plaza. Se había
conseguido superar el problema del «polizón».

Pero duró poco. Todo comenzó a terminar con la definición de objetivos, por un lado, y la negación de la necesidad de una estructura, por otra. ¿Recuerdan la que se lió con el «consenso de mínimos»? Que si queríamos cambiar el capitalismo por un nuevo socialismo, que si nos bastaba con reformar un poquito el sistema electoral… Y todo ese debate se intentaba articular a través de un sistema asambleario pretendidamente horizontal. Esto, paradójicamente, impedía mantener los objetivos en pocos, claros y vagos (que puedan ser «de consenso»), y los complejizaba haciendo entrar en detalles. Sin una estructura estable, a medio plazo se vio que conseguir recursos de cualquier tipo y poder gestionarlos se hacía difícil. Como resultado, «15M» pasó a ser una etiqueta que los medios utilizaban para referirse a cualquier tipo de movilización que tuviese un cierto aroma de izquierda o alternativa al sistema, igual que «indignado» se convirtió en un sinónimo de «manifestante». Mientras, las personas aún movilizadas
utilizaban «15M» como forma de reafirmar su identidad, pero se puede apreciar cómo la marca ha ido perdiendo presencia y se ha erosionado, solo resurgiendo cuando el enemigo, normalmente personificado por acciones policiales, entraba en escena.

Esto nos deja con la tesis que defiendo en el título: el 15M no existe, si es que alguna vez existió. No es un movimiento organizado (ni siquiera en forma de red) con unos pocos objetivos y unos recursos de los que pueda disponer de una forma eficiente. Lo que sí existe es el cabreo en la sociedad española, otra miríada de estructuras y grupos más o menos organizados (Democracia Real Ya!, Izquierda Unida, C los sindicatos, whatever) y un, llamémoslo así, «residuo de red social» de las movilizaciones desde mayo, que no tardarán en activarse cuando los recortes del PP lleguen, y sabemos que llegarán. En resumen: que el 15M (ya) no exista no quiere decir que no vaya a existir en el futuro cercano.