Hispania. & Política

Leyes electorales, teoría y práctica

30 Nov, 2011 - - @egocrata

Esperanza Aguirre tiene un talento especial para monopolizar el debate. Ayer lo hizo de nuevo con una propuesta inusual en España, una nueva ley electoral. Jorge Galindo tiene una buena explicación del sistema, una variante del sistema electoral alemán pero con sólo un tercio escogidos en distritos uninominales, no la mitad.

La propuesta ha generado una horda de reacciones desconfiadas desde la izquierda, con muchas voces diciendo que es probable que la ley sea una propuesta trampa. La verdad, creo las sospechas son bastante infundadas; la reforma no cambiaría las ya de por sí muy proporcional asignación de escaños en Madrid. Si un partido estuviera sobrerrepresentado en el «tramo» de escaños en distritos uninominales, el exceso de diputados le sería restado en el lado proporcional, y viceversa. Al igual que su pariente alemán, es un sistema que daría asignaciones de diputados prácticamente idénticas al de un sistema proporcional, pero que da cierto control a los votantes sobre quién les representa.

El único cambio real, a efectos prácticos, es que los madrileños tendrían un diputado que hablaría por su distrito, permitiendo tener un legislador «asignado» al que berrear cuando quieren cantarles las cuarenta a alguien. Como residente en un país con distritos uninominales, creedme, es algo que se agradece. Es estupendo poder llamar a tu representante (aunque no sea de tu partido) y poder pedirle explicaciones, aunque sea para desahogarte (desde aquí, mis disculpas a la gente que trabaja en la oficina de Joe Lieberman). El sistema político es más accesible, los partidos tienen puntos de contacto definidos con el ciudadano y las elecciones ganan un componente local.

En contra de lo que comenta Jorge o Raúl, sin embargo, creo que la idea que una reforma electoral vaya a cambiar el comportamiento de los votantes es un poco exagerada.  Primero porque de  hecho es una reforma neutral en cuanto a asignación de escaños; lo único que varía es qué diputados ocupan cada cargo, no su número. Segundo, hay poca evidencia de voto estratégico en la literatura, y más en sistemas esencialmente proporcionales; en el mejor de los casos, sólo un número limitado de electores escoge candidado teniendo en cuenta algo  más allá de sus preferencias. Basta con ver la evolución del sistema de partidos alemán, que ha pasado de tener dos formaciones y media con cierto peso (SPD, CDU y FDP) a tener cinco (añadiendo los verdes y Die Linke) para ver que en condiciones normales la ley no parece crear una «psicología» bipartidista.

Lo que se ha comentado menos, sin embargo, es cómo los partidos se adaptarían a la ley electoral, no los votantes. A diferencia del electorado, las élites políticas sí son viciosamente estratégicas y tienen una obsesión un tanto malsana en intentar aprovechar cualquier ventaja que puedan extraer de la ley. Por mucho que estemos copiando mi ley electoral preferida, eso no quiere decir que en España pueda aplicarse con criterio.

¿Por qué digo esto? Josu Mezo me recordaba ayer por Twitter un ejemplo estelar sobre cómo una ley perfectamente aceptable puede ser convertida en una chapuza épica: la reforma electoral italiana previa a las elecciones del 2001.  Los chicos de Berlusconi (cómo no) dividieron su partido en dos listas: una para los distritos uninominales, otra lista separada para la lista proporcional. Estas liste civetta pretendían explotar la infrarrepresentación del «partido-trampa» consiguiendo escaños adicionales vía pluses para proteger la proporcionalidad. La izquierda del Olivo, por descontado, copió el sistema casi de inmediato, básicamente rompiendo el arreglo electoral a base de clonarse a ambos lados del sistema.

Dicho en otras palabras: si un país tiene una clase política llena de sociópatas desconsiderados que disfrutan trolleando el sistema tanto como pueden, no importa qué ley utilices, que la van a romper igual. Grecia tiene la misma ley electoral que la mayoría de países nórdicos, al fin y al cabo (listas abiertas), pero se las han arreglado para estrellarse igualmente.

Las leyes electorales suenan como un tema muy serio, crucial e importante, pero a efectos prácticos son bastante menos centrales de lo que todo el mundo espera. La calidad de los gobiernos, y cómo se relacionan con sus ciudadanos, depende mucho más de cosas como selección de élites, las coaliciones dentro de los partidos y otras cosas más abstrusas, menos visibles y (me temo) bastante más incomprensibles, por no decir difíciles de cambiar.