Leyendo los dos artículos de Cives sobre inconsistencia temporal no he podido evitar en la crisis de la eurozona. El Economist hablaba no hace demasiado sobre bancos centrales y señoreaje , el viejo privilegio de los estados de pagar sus deudas creando moneda de la nada, y como el Banco Central Europeo estaba renunciando tozudamente a utilizar esta herramienta. El problema implícito es también uno de inconsistencia dinámica, en este caso referido a cómo los estados pagan sus deudas.

Hace quince años, un prestamista que le diera dinero a Grecia, España o Italia se enfrentaba a dos riesgos. Por un lado, el estado podía simplemente decidir que no le iba a pagar lo que debía, dejándole sin un duro. Los estados pueden hacer esto en cualquier momento en cualquier lado; algunos gobiernos no lo hacen nunca (el Reino Unido no ha suspendido pagos desde 1672) otros lo hacen constantemente (España, trece veces desde 1800; Grecia ha estado sin pagar deudas la mitad de años desde 1822). Los prestamistas no son idiotas, y leen libros de historia;  si un país tiene fama de mal pagador, pedirán intereses más elevados.

El otro riesgo de un prestamista a un estado es que el gobierno en cuestión decida arreglar el problema dándole a la imprenta, creando dinero de la nada. En contra de lo que se dice habitualmente, esto no es un invento moderno: los romanos se pasaron todo siglo III añadiendo metales sin valor a sus preciosas monedas de plata, al fin y al cabo. Los banqueros reciben el dinero de vuelta, ciertamente, pero aunque los billetes y monedas dicen que es la misma cantidad, en realidad su valor es mucho menor. Pasada la Guerra Civil, España decidió que declarar bancarrotas ocasionales era una mala idea, así que lo nuestro fue siempre devaluar con entusiasmo. Los prestamistas no lo apreciaron demasiado, pero al menos veían algo de pasta, así que nos fue razonablemente bien.

Cuando entramos en el euro, los prestamistas en principio vieron su riesgo reducido. En teoría España podía declarse en quiebra, así que este riesgo sigue presente. Con la política monetaria en manos del Bundesbank BCE, sin embargo,  los ajustes por devaluación son ahora completamente imposibles. Como consecuencia, los bonistas españoles o griegos saben que su deuda nunca será devaluada por capricho de un gobierno nacional… pero ese riesgo, obviamente, tiene que ir a algún sitio. Si los estados no pueden recurrir al señoreaje para reducir sus deudas, la única herramienta que  les queda es el impago. La falta de autonomía monetaria, lejos de disminuir el riesgo de impago, lo aumenta.

Es por este motivo que todos los planes de rescate de la eurozona hasta ahora, sin excepción, han fracasado. Los prestamistas saben que el gobierno griego (o italiano, o portugués) ha prometido devolver un montón de dinero, y saben que no pueden sacarse papelitos de la manga para simular que les pagan. La única opción es un impago, y por mucho que el resto de gobiernos europeos monten barrocos castillos de naipes financieros  para poner las cosas fáciles, nadie se lo va a tragar. Alguien va a perder dinero en alguna parte; sean los prestamistas, sean los contribuyentes de algún país de la eurozona, pero alguien se comerá las pérdidas directamente. Si el país en problemas es Italia, con una cantidad de deuda tan descomunal que no hay Dios que pueda cubrir (al menos de forma políticamente sostenible), la posiblidad de pérdidas basta para crear un pánico.

A pesar que el señoreaje es una forma más o menos disimulada de incumplir una promesa, su mera existencia es una garantía implícita que no tendrás pérdidas catastróficas. Cuando el BCE renuncia a esta opción, lo único que creamos es la certeza que cualquier estado que no puede pagar deudas va a reventar clavándole pérdidas descomunales a alguien. De aquí la caída que no cesa, el pánico constante, y el inacabable sucesión de acuerdos fallidos que incluso pueden llevarse por delante estados que pueden pagar lo que deben.