La noche del día 7 de noviembre pudimos ser testigos del único debate electoral cara a cara que mantendrán los candidatos de los dos principales partidos, Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba. Se trató de un debate en el que lo imprevisible brilló por su ausencia; no obstante, personalmente me resultó más serio y al mismo tiempo más entretenido que el debate de 2008.  Como era de esperar, los análisis no se han tardado en aparecer. En general, los distintos medios otorgan la victoria del debate a Mariano Rajoy, aunque por escaso margen. Así lo hacen, entre otros, El País, El Mundo y ABC. El País se atreve hasta
con análisis estructurales del debate. En Politikon, tanto Jorge Galindo como Roger Senserrich han hecho sus valoraciones al respecto. Así pues, como no me gustaría ser menos, desde esta entrada quisiera dar mi humilde y particular visión sobre el asunto. Qué menos para el único debate de esta envergadura que presenciaremos en toda la campaña electoral.

¿Quién ha ganado el debate?

A diferencia de los medios citados y al margen de valoraciones técnicas, considero que, aunque no discuto que en términos absolutos el ganador haya sido Mariano Rajoy, si puede hablarse de un ganador en términos relativos, es decir, en relación a los objetivos propios que podría haberse fijado, éste ha sido Alfredo Pérez Rubalcaba. ¿Por qué? Porque  a diferencia de Rajoy, Rubalcaba no tenía nada que perder. De hecho, Rajoy podría no haber aceptado participar en este debate. El PP apenas está haciendo campaña en estas elecciones (o mejor dicho, Zapatero ya se la ha hecho previamente, e indirectamente, durante estos últimos tres años); pero es más, no lo necesita. A tenor de los acontecimientos, lo más sensato precisamente es seguir la estrategia que mantienen desde el principio: acompasar los acontecimientos, generar las menores suspicacias posibles y evitar en la medida de lo posible el choque dialectal. En estas elecciones el PP no busca mostrar un perfil ideológico definido,
ni tampoco defender propuestas concretas a capa y espada; al contrario, Rajoy ha tratado desde el primer minuto en venderse como un estadista de consenso, moderado, comprehensivo y con aspiraciones de tecnócrata. Cuanto más tratase de definir su discurso, más se expondría a generar tanto adhesiones como rechazos por unos y otros sectores. Me atrevería a decir que estas elecciones realmente no las gana el PP sino que las pierde el PSOE; no obstante, creo que los primeros también comparten mi opinión.

Por eso mismo Rajoy no tenía nada que ganar con este debate. ¿Qué buscaba asistiendo a él? ¿Qué objetivos pretendía conseguir? ¿Qué más gente le votase? Lo dudo. ¿Querría transmitir alguna imagen definida? Rajoy se encuentra lejos de ser un líder carismático, pero es que además no tiene nada que demostrar ni aclarar al público respecto a su imagen, que es de sobra conocida. ¿Cuál podrían ser los motivos que tendría el líder del PP para asistir al debate? A primera vista se me ocurren dos. Primero, evitar las posibles suspicacias que hubiese generado su negativa de asistir al debate y que el PSOE habría sabido explotar. Segundo, y creo que este sería el motivo principal, tratar en la medida de lo posible de neutralizar a Rubalcaba como candidato. En esta campaña, marcada por la sensación general de que poco puede hacerse porque el PP llegue a La Moncloa, Rajoy sin embargo no termina de levantar expectación en sí mismo candidato. Nunca lo ha hecho. Por su parte, el PSOE sabe de
sobra que no va a ganar las elecciones, el objetivo electoral de Rubalcaba no es por tanto llegar a La Moncloa, sino intentar que su partido salve los trastos por el camino. Así pues, como mucho, lo único que el PP podría pretender respecto a este debate es tratar de que, en la confrontación entre los dos candidatos, Rubalcaba perdiese ese carácter especial frente a sus electores que parece dotarle de mejores dotes de candidato que Rajoy a pesar de que nunca ganará las elecciones. Ese objetivo era el único al que el PP podía apostar con este debate; no obstante, dado el riesgo que entrañaba para el propio Rajoy no estoy nada seguro de que las ganancias posibles ganancias esperadas mereciesen probar suerte.

Por otra parte, el objetivo del PSOE en este debate se aprecia de forma mucho más clara. Como decía, ante una más que previsible derrota electoral, el PSOE únicamente puede tratar de recortar distancias, o mejor dicho, de amortigüar la caída en la medida de lo posible. Por eso mismo, Rubalcaba tenía al menos dos tareas que cumplir. Primero, tratar de consolidar o incluso reforzar su imagen de candidato de cara a sus electores. No es que pueda hablarse de «efecto Rubalcaba» propiamente dicho a estas alturas, pero parece que el candidato socialista juega con una imagen algo más favorable ante el público. Bien podría decirse que, en términos muy generales, no es que a los votantes del PP les entusiasme Rajoy, pero es su candidato, no es demasiado polémico y, qué decir, va a ganar las elecciones; sin embargo, dada la situación de deriva hacia la que navega el PSOE, Rubalcaba ha tratado de presentarse
desde el primer momento como el mejor candidato con las mejores propuestas para un partido que lo que menos consigue ahora es, precisamente, despertar ilusiones entre el electorado. Segundo, y como es obvio, Rubalcaba tenía la misión de tratar de colocar el mensaje socialista de manera visible, lograr que sus propuestas sonasen y que, de alguna manera, permaneciese tras el debate. Dada la necesidad de atraer todo el público indeciso que sea posible, y dado el trasvase de votos hacia otros partidos minoritarios, el PSOE tiene que tratar de rascar el voto de donde sea necesario. Precisamente creo que es en este último aspecto sobre el que Rubalcaba basó toda su estrategia y también en el que consiguió sobradamente sus objetivos, y es por eso por lo que, nominalmente, puedo hablar de otorgarle a él la victoria relativa en el debate.

Dos candidatos, dos estrategias

Los objetivos dispares de ambos candidatos se manifestaron claramente en las estrategias que cada uno de ellos adoptó en el debate. Rajoy trató de dar una imagen de estadista, como si de hecho ya ejerciese el mando en funciones. Por eso mismo intentó mantener un discurso monótono pero vehemente, con el que pretendía transmitir seguridad en sí mismo y en su discurso. Rajoy se sabe ganador, y por eso mismo no buscaba ni la exposición de ideas programáticas o proyectos concretos, ni tampoco el debate o la confrontación dialéctica. El objetivo del candidato popular es transmitir confianza, que es algo que mantiene desde el inicio de la crisis económica, a veces de forma desmesurada. Ahora bien, para no generar suspicacias (que es algo a lo que Rajoy parece tener verdadero pavor) esta confianza sólo puede generarla desde la ambigüedad; de hecho, Rajoy trató de
transmitir que el electorado debe confiar en que él gestionará mejor la economía «porque es una persona más seria, porque su partido ya lo hizo bien en el pasado y porque, comparado con lo que le ha tocado al reciente gobierno del PSOE (en el que también estaba Rubalcaba) cualquiera podría haberlo hecho mejor». Esos fueron en buena medida los ejes de su discurso, en los que no se entró en concreciones ni tampoco a valorar en detalle propuestas concretas. Aunque no creo que la elección fuese desacertada, hubo un hecho en la ejecución que en mi opinión no hizo ningún favor al candidato popular: leía demasiado, de hecho lo hacía constantemente. Entiendo que Rajoy se centrase en mantener un tono firme y un ritmo regular, y que tener un montón de papeles a mano seguramente pueda darle más seguridad, pero sinceramente creo que fue excesivo. No es que se le pidiese a Rajoy que se supiese la lección de memoria, pero habría esperado ver algo más de frescura en su discurso,  más espontaneidad, y también más soltura a
la hora de explicar propuestas concretas o interpelaciones que se saliesen del guión.

En cualquier caso, sobra decirlo, en la coyuntura económica y política actual, la estrategia que mantuvo el PP no sólo es adecuada; de hecho, es probablemente la mejor que puede adoptar en estos momentos para ganar las elecciones. Puede que con este debate Rajoy no consiguiese atraer más votantes o convencer a los indecisos, pero fue correcto y, en todo caso, ratificó en su decisión a quienes ya tenían intención de votarle. Nada que ganar, pero tampoco prácticamente nada que perder, en definitiva.

Rubalcaba, por otra parte, se apoyó en una estrategia más dinámica en todo el debate. El candidato socialista reconoce claramente cuál es su posición y a qué puede aspirar su partido, y por esa misma razón se centró casi estrictamente en cumplir los objetivos que he citado más arriba. Su discurso era mucho más improvisado (apenas leía, lo que no hubiese sido demasiado relevante si no fuese por la profusión con la que lo hacía Rajoy), sus intervenciones eran mucho más concisas y directas, y las cuestiones que planteaba a su rival lograban permanecer en el debate tiempo después de ser lanzadas. De hecho, no dudo de que muchas habrán sobrevivido al debate con un vigor renovado, lo cual habrá sido probablemente el mayor logro de Rubalcaba; cuál sea su eficacia de cara a los resultados socialistas en términos globales, naturalmente, es discutible.

Como muestra, si bien tuvo tiempo de exponer las principales propuestas de su campaña, lo que más destacaría fueron las dudas que logró dejar en el ambiente sobre las propuestas de Rajoy, dudas que en algunos casos eran totalmente infundadas. Del hecho de que Rubalcaba haya sido capaz de afianzarlas al tiempo que Rajoy no fuese del todo capaz de contrarrestarlas es en donde descansa mi apreciación de que Rubalcaba logró sacar más jugo al debate. Por ejemplo, Rubalcaba preguntó a Rajoy si iba a reducir las prestaciones por desempleo basándose en que en su programa los populares «valoran la idea de tomar en consideración la posibilidad de debatir» (en una de esas muestras de abuso del lenguaje político) la instauración de un sistema de capitalización frente al actual sistema de reparto. La verdad es que la proposición es lo suficientemente vaga como para suponer nada en concreto, mucho menos que las prestaciones sobre desempleo bajarían automáticamente (?) y mucho menos
cuando eso implica suponer que eso sería en todo caso una vez se hubiese cambiado el sistema, previa elaboración de propuesta en concreto, presentación, debate, negociación por todos los grupos, etc. etc. En otras palabras, pretender sacar sustancia de ese hecho no deja de ser un despropósito (y de hecho, no creo que tengan demasiado impacto en el votante medianamente informado). Sin embargo, que Rubalcaba logre transmitir la sensación de que ese sistema se va a instaurar si Rajoy gana las elecciones sí o sí  y que si se instaura las prestaciones por desempleo van a bajar sí o sí es el gran mérito que en el debate tiene Rubalcaba como candidato, y donde se nota su superioridad frente a un Rajoy que parecía que poco podía hacer aparte de repetir «insidias» ante ese tipo de ataques, que por cierto, no faltaron en toda la noche; hasta tal punto que, en varios de ellos, Rubalcaba puso a Rajoy en el punto de parecer que no conocía el contenido o no había leído su propio programa electoral (que es otro
despropósito) pero, precisamente, tal era la sensación ante la incapacidad del candidato popular para articular una respuesta directa y contundente (o quizá de su propio deseo de no comprometerse, algo no del todo desacertado). No puedo decir que sea una estrategia demasiado ortodoxa, ni tampoco desde luego la más «honesta», pero dados los objetivos actuales del PSOE, puede que sea lo mejor a lo que pueden aspirar frente a su posible electorado.

Como curiosidad, no sé si consciente o insconcientemente Rubalcaba en muchos aspectos ya trataba a Rajoy como si del presidente electo se tratase; en ocasiones, más parecía que asistíamos a una sesión de control parlamentario que a un debate entre dos candidatos en igualdad de condiciones. Rubalcaba le preguntaba a Rajoy cuáles serían sus intenciones, que haría cuando gobernase, si iba a cumplir o no lo que ponía en su programa, de la configuración de su futuro gobierno, etc. En cierta medida, parecía que Rubalcaba estuviese entrevistando a Rajoy como futuro presidente, buscando más exponer sus debilidades o sacando a relucir sus incoherencias que ofrecer como candidato una alternativa realmente factible. No acababan ahí las comparaciones periodísticas, pues Rubalcaba también preguntaba e interrumpía a su adversario, claramente con la intención de descolocar a un Rajoy que, cuando no leía su discurso, mostraba una imagen más dubitativa de lo que sin duda desearía. No obstante,
no creo que Rubalcaba fuese superior a Rajoy en el plano retórico; en todo caso, fue algo inferior. No obstante, dentro de sus limitaciones, Rubalcaba tenía más posibilidad de sacar algún tipo de rédito a este debate. En definitiva, poco que ganar, pero mucho menos que perder.

Conclusión

No puede decirse que hayamos estado frente a un gran debate, si bien diría que sí puede apreciarse una mejora en su calidad respecto al de los pasados comicios de 2008. En pocas palabras, los candidatos han estado mucho más a la altura de las circunstancias en este debate. Sus discursos, dentro de sus limitaciones, han sido más concisos en su contenido pero también de mayor trascendencia; y aunque siempre queden temas sin responder (no hubo ninguna mención a la corrupción, aunque quizá sea mejor así, ni apenas hubo guiños al 15M, probablemente también mejor así), ambos candidatos se han centrado en problemas más tangibles, aunque no por ello en un mayor seguimiento, quizá como muestra de una mayor desafección política. Ningún candidato abusó tampoco de los gráficos, algo que fue más habitual en el anterior debate. Kiko Llaneras nos deja algunos enlaces al respecto. En mi opinión, ambos candidatos con mayor o menor soltura jugaron las estrategias más adecuadas dada la coyuntura actual y sus respectivas circunstancias. Siempre resulta difícil valorar quién ha ganado un debate; es más, la mayoría de las veces éstos sólo sirven para confirmar a las personas en sus propias creencias, dado que el discurso que cada candidato esgrime es precisamente al que le concedemos credibilidad. Son sólo pequeños detalles los que pueden marcar diferencias, y éstos generalmente están relacionados no con el discurso, sino con la imagen y las formas con las que éste se articula de cara al público. Sobra decir que el impacto que este debate pudiese tener apenas afectará al resultado de estas elecciones, en las que Mariano Rajoy emergerá con toda seguridad como vencedor.

Fue ese un hecho que ambos candidatos parecieron tener siempre presente durante todo el debate, y sobre el que ambos también situaron el límite de sus propios objetivos. Rajoy estuvo correcto, en su línea general, con una posición que en todo momento rehuía la polémica y trataba de transmitir aplomo, vehemencia y seridad, que suelen ser los elementos que el candidato popular identifica necesarios para transmitir una confianza que ha terminado por convertir en el eje de su discurso. En todo caso, podría achacársele que, en la interpretación de ese papel, su escaso margen de maniobra fuera del guión marcado le hacía sonar artificial, especialmente cuando se le requería improvisación. Rubalcaba, por su parte, estuvo más activo, con un discurso que pasaba por espontáneo, centrado en levantar las dudas en la pretendida confianza de Rajoy más que en presentarse como una alternativa real de gobierno. No obstante, el principal aspecto de todo este análisis es que, con todas sus
limitaciones y con pleno conocimiento de su posición, Rubalcaba fue capaz de colocar los puntos fuertes del mensaje socialista (vías alternativas de salir de la crisis, los previsibles recortes de un gobierno popular, la preocupación de su partido por los trabajadores, etc.) que más allá de su veracidad, resultaban súmamente necesarios para el desilusionado electorado socialista.

Es Rubalcaba, por tanto, quien podía y quien ha sabido sacarle verdadero rédito a este debate dados los objetivos que desde su posición podía plantearse. Por tanto, es a él al que, en buena medida, concedería la victoria dentro de los estrictos límites de este debate electoral. Sin embargo, no deja de ser una victoria pírrica conocida de antemano: aparte del éxito a la hora de colocar su mensaje, la eficacia de esta estratagema a lo largo de la campaña se plantea más bien dudosa, si bien puede resultar útil para cohesionar las filas socialistas y evitar un trasvase de votos mayor hacia los partidos minoritarios más a la izquierda del PSOE. Mariano Rajoy, por su parte, tiene poco de qué preocuparse. Dada su situación, hablar de derrota resultaría cuanto menos pretencioso; en todo caso, el candidato popular podría pensar que, frente a lo previsto, Rubalcaba ha salido menos damnificado de lo que cabía esperar. No obstante, qué importa. Rajoy no esperaba nada de este debate;
tampoco su partido ni, es más, tampoco ninguno de sus votantes.