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The Wire: criminales y ciudades en América

22 Oct, 2011 - - @egocrata

Me ha costado, y llego tarde, pero finalmente he visto The Wire. Sabía que la serie era buena, excelente, pero nunca me había sentado a verla. Mi mujer es muy aficionada a la buena televisión, pero decía temer que la historia fuera demasiado deprimente. Este verano, sin embargo, un amigo nos dejó la primera temporada, y sin nada en televisión que valiera la pena ver no pusimos a verla. Dos días después teníamos las otras cuatro en la cola de Netflix, y la hemos devorado en poco más de un mes.

Vaya por delante, la leyenda es cierta: es realmente la mejor serie de televisión de la historia. Si no la habéis visto aún, no sé qué esperáis para verla. Es como una gran novela realista sobre una ciudad americana, épica, vasta, ambiciosa, humana; Dickens es citado a menudo como modelo, pero The Wire es incluso más ambiciosa.

Mi trabajo, sin embargo, no es realmente crítico de televisión, así que no quiero quedarme en alabanzas. La serie sucede en Baltimore, una ciudad parecida hasta cierto punto al rincón de Estados Unidos donde me ha tocado vivir en New Haven, Connecticut. Las historias, el mundo que reflejan, no diré que me resulta familiar, pero sí es cercano.

Es un mundo al que nadie presta atención:

The Wire se centra en la vida de los barrios más pobres en una ciudad post-industrial americana; en Baltimore es West Baltimore, en New Haven sería Fair Haven, Newhallville o The Hill. Uno puede encontrar los barrios con cierta facilidad mirando el mapa de homicidios de la ciudad; la ciudad lleva 27 este año, uno de los peores en mucho, mucho tiempo.

¿Alguien le presta atención a estas muertes? La verdad, no. Las cadenas de televisión locales si hablan de ello de vez en cuando («en la sección de sucesos…») pero con cuatro o cinco ciudades parecida a New Haven en el estado (y Nueva York aquí al lado) nunca le dedican demasiado tiempo. Los asesinatos que sí tienen toda la publicidad del mundo son casos como el de la familia Petit; un médico rico, famoso y (obviamente) blanco en los suburbios que vio como su mujer y sus hijas morían en un extraño (e inusual) robo en Cheshire, un próspero suburbio de New Haven. Como alguien menciona en The Wire, ha gente que muere en el código postal equivocado. En el 06513 (The Hill) nadie te prestará atención, mientras que en el 06511 (Yale y East Rock, mi barrio) tendrás a Fox News al cabo de dos minutos en la puerta, ya que es una zona rica (y blanca).

Las ciudades americanas son las grandes olvidadas del debate público en este país. Hace poco Erin Burnett, una periodista (mediocre) de CNN decía en la publicidad para su programa que su visión del mundo había sido modelada por haber crecido en un pueblo pequeño;  a los políticos les encanta decir que han nacido o crecido en ninguna parte. Obama es muy inusual en este aspecto; es el primer presidente «urbano» (Chicago) desde Kennedy (Boston). Los problemas de las grandes ciudades son completamente ignorados; aún cuando la mayoría del país vive en áreas metropolitanas. El mito de la heartland y los putos granjeros en medio de ninguna parte reciben, en cambio, una atención desmesurada.

La pobreza es un lugar horrible:

Si hay algo que The Wire refleja de forma admirable es lo difícil que es crecer en un barrio pobre. La cuarta temporada trata sobre el sistema educativo, y el retrato de los colegios en una zona urbana pobre es brutalmente honesto (uno de los productores de la serie fue profesor). A mi mujer, que creció en Waterbury (una ciudad que hace que New Haven parezca Suiza) no le gustó ver esos episodios demasiado; aunque el Baltimore de The Wire es peor, los colegios no son demasiado distintos.

La serie muestra de forma magistral la enormidad de las barreras a las que se enfrentan lo niños en ese contexto. Colegios malos, familias que no les prestan atención, la eterna tentación de hacer dinero rápido vendiendo drogas, la total ausencia de oportunidades. En The Wire tienes chavales tomando decisiones perfectamente racionales con consecuencias horribles, a menudo porque no tienen otra opción.

Mercados en todas partes:

The Wire se toma la economía en serio. El mercado de la droga en Baltimore responde a shocks de oferta y demanda, y los traficantes se lo toman muy en serio. Lo realmente fascinante, sin embargo, es ver cómo los criminales responden al problema de «firmar» contratos de distribución, seguridad y demás en un contexto en que no hay un actor imparcial para resolver disputas (juzgados, vamos); el anarcocapitalismo realmente existente, por así decirlo. Durante las cinco temporadas de la serie los traficantes diseñan una sorprendente variedad de sistemas para mantener el orden y repartirse el mercado (es un cártel, obviamente), y todos funcionan más o menos bien hasta que… bueno, se acaba el acuerdo y lo resuelven a tiros.

Algo que, obviamente, sucede bastante a menudo – algo que reconocen los mismos implicados (esta serie de artículos es fascinante).

Departamento de víctimas no tan inocentes:

Algo que me lleva al siguiente punto: siempre mueren los mismos. Uno de los motivos por los que uno puede vivir en una ciudad como New Haven y estar completamente tranquilo es que la violencia está muy concentrada. Con muy pocas excepciones, las víctimas conocen a los asesinos, ambos están implicados de forma más o menos indirecta en tráfico de drogas, y la muerte se deriva de una disputa por prestigio o territorio. Esto no quiere decir que lo merezcan (repito, a veces ser un criminal es realmente la única salida racional), pero la violencia sucede en un mundo concentrado, manejable para la gente que no vive en él.

No estamos hablando de un mundo pequeño, ciertamente,pero la mayoría de gente no lo vive directamente – en los suburbios, la violencia es inusual. En The Wire se refieren a la gente fuera de los barrios deprimidos como «taxpayers» de forma sarcástica. Y no me extraña.

A pesar de todo, es literatura:

Es cierto que los gobiernos locales son horriblemente disfuncionales (la policia local de New Haven anda haciendo el ridículo estos días), y es cierto que los barrios pobres son sitios horrendos, pero The Wire es, obviamente, ficción. Ni siquiera Baltimore es tan disfuncional como aparece en la serie; la desesperación existe y las burocracias son increíblemente torpes, pero la serie es una exageración dramática. El tono y los problemas son reales, pero la vida en esos barrios es bastante más aburrida que en el mundo de ficción. David Simon, el creador de la serie, es además un tipo peculiar con fobias obsesivas, así que ha cosas que se tienen que ver con cierta cautela.

Aún así, todo esto es por un buen motivo: la serie es mejor así. En serio, se tiene que ver. Es imprescindible.

Dos notas finales: no sé si la serie está doblada al castellano; si ese es el caso, ni se os ocurra verla traducida. Baltimore tiene un dialecto muy peculiar, fascinante, y que merece ser escuchado directamente. Si no lo entendeis, no os preocupeis, por cierto. Llevo siete años en Estados Unidos (y varios años trabajando en barrios como los de la serie) y aún tengo que ver la serie con subtítulos. Es difícil de entender de veras.

Y sí, he trabajado en barrios pobres por aquí. Pero esa es otra historia.