Ciencia recreativa & Los cinco minutos de Churchill

El sesgo deficitario de los gobiernos: ilusión fiscal o irracionalidad colectiva

29 Ago, 2011 -

En mi post anterior describía de forma bastante somera cuál es el “fallo de la democracia” que hace que los estados se endeuden en exceso o no estabilicen la economía a tiempo. Mi sensación es que lo que intentaba explicar no se ha entendido en absoluto.

El argumento clásico para explicar el endeudamiento del Estado es lo que se llamaba la teoría de la “ilusión fiscal” de los votantes. La idea de fondo es que los votantes son incapaces de entender la restricción intertemporal del gobierno, es decir, el hecho de que cualquier déficit que se corra hoy debe devolverse en el futuro; más gastos o menos impuestos hoy debe traducirse, siempre, en menos gasto o más impuestos hoy o en el futuro. Los políticos no ven mucho más allá de las próximas elecciones y correr déficit y acumular deuda es una forma de obtener popularidad en forma de gasto y bajos impuestos. Si los votantes fueran racionales, percibirían que los están engañando, que esos déficit son solo pan para hoy y hambre para mañana pero, dado el supuesto de la “ilusión fiscal”, los votantes no entienden que esto funcione así y no castigan a los políticos que se comportan así.

¿Qué argumentos hay para apoyar el supuesto de irracionalidad de los votantes? Una pila de ellos. En primer lugar, la cuantía óptima y el perfil temporal adecuado del déficit es algo que es difícil de determinar, incluso para los economistas. Típicamente, esto va a depender de cosas como las perspectivas de crecimiento futuro, la estructura demográfica, la cantidad de deuda acumulada, los activos que tenga el estado, el uso que se dé al endeudamiento o la fase del ciclo en la que se encuentre uno. Pensar que los votantes tienen capacidad para evaluar esto de lo que yo que dedico una parte muy importante de mi tiempo a esto no termino de tener claro, simplemente leyendo el periódico me parece al menos atrevido.

En segundo lugar, existen probablemente razones en la economía conductual para pensar que la gente tiende a ser “miope” evaluando el futuro, incluso su propio futuro –por eso tenemos, en parte, un sistema de pensiones obligatorio. Si la gente tiende a sub-ahorrar cuando se trata de sus propias finanzas ¿qué podemos pensar de las finanzas públicas?

Sin embargo, el argumento de la ilusión fiscal, como explica el paper de Alesina y Perotti que enlazaba en el post anterior (por favor, si alguien quiere llevarme la contraria, leedlo, para eso están los enlaces), no consigue explicar la evolución de la deuda desde el punto de vista empírico. Por eso, tenemos el argumento que podemos llamar del “common pool” que describía en el post anterior.

El argumento era como sigue. Supongamos que las decisiones de recaudar y gastar se toman de forma separadas en el proceso político. La situación es muy similar a cuando uno va a cenar con los amigos y se pide de forma individual: como no hay un “cap” a lo que cada cual puede pedir, la cuenta siempre tiende a hincharse porque se “socializa el gasto”. En la práctica, un gobierno gasta y recauda en momentos distintos.

Para resolver esto, las democracias tienen un procedimiento político que “reúne” las decisiones de gasto y recaudación: el presupuesto. El presupuesto es un documento exhaustivo que recoge la cuantía de los ingresos previstos y de los gastos permitidos y, dado que se trata del principal documento financiero de un gobierno, es votado por un parlamento. El problema es que el sistema se puede “trucar”. Si no hubiera ninguna posibilidad de endeudarse, el problema de separación del gasto y la recaudación no existiría: hay que gastar lo que hay y no más. Pero si puedes endeudarte, es una forma de sacar del presupuesto actual decisiones de recaudación sin sacar las de gasto, suponiendo que las primeras tendrán lugar en el futuro. Esto no es necesariamente malo si se hace bien, pero el problema es otra vez el del “common pool”.

Cuando hablamos del proceso político y hablamos del “pueblo” y “el gobierno”, da la impresión de que realmente estamos olvidando que no existen tales cosas más que como construcciones: lo que tenemos son una pila de actores interactuando, dónde el gobierno está constituido por un montón de ministros y administraciones públicas y el pueblo está compuesto por muchos grupos de presión con intereses dispares, es decir, un montón de actores que interactúan en el proceso político. Así, por ejemplo, cada ministerio cuando se formula el presupuesto busca atraer fondos para que lo hace y cada grupo político busca que se adopten políticas que beneficien o gusten a su electorado. Desde luego, la “ciudadanía” no existe como ente único, lo que existen son muchos ciudadanos y, el hecho de que sean muchos puede hacer que la decisión que toman de forma conjunta sea irracional; igual que existen muchos partidos y las negociaciones pueden llevar a una situación absurda.

Por presentar solo un EJEMPLO. Hay un modelo que presenta una situación en la que dos partidos políticos tienen que ponerse de acuerdo para votar una estabilización presupuestaria. Sin embargo, cada uno tiene interés en reducir determinadas partes del presupuesto. En esta situación, cada uno de los dos busca demorar el acuerdo, esperando que el otro ceda y entre tanto el estado acumula deuda –una deuda que ambos estaban de acuerdo en reducir, en lo que no estaban de acuerdo era en cómo.

Lo anterior era solo un ejemplo. Pero la moraleja de todo esto es que no es estrictamente necesario que los electores se dejen engañar o sean estúpidos. Lo que ocurre más a menudo es que decidir de forma conjunta es complicado y como estamos “atados” en el mismo estado, eso puede llevar a situaciones colectivamente irracionales. Esto es así, por supuesto, en cualquier régimen, democrático o no, pero los sistemas parlamentarios tienen sus propias peculiaridades. Limitar ese tipo de situaciones es la misión de las reglas constitucionales.