Ciencia recreativa & Política

Regulación, impuestos y políticos haciendo aspavientos

9 Ago, 2011 - - @egocrata

Brad Plummer enlazaba hace unos días un artículo realmente curioso del Mercatus Center centrado en una pregunta en principio bastante tonta: ¿cuándo los políticos deciden regular alguna actividad económica?

Los autores recurren, como casi todos los estudios de esta clase en Estados Unidos, a ese estupendo experimento natural que son los estados. Tenemos cincuenta unidades políticas muy distintas con muchos años de historia y excelentes estadísticas que permiten comparaciones muy precisas, así que podemos buscar correlaciones a ver qué sale.

Según el estudio, los políticos tienen un orden de preferencias bastante claro cuando afrontan un problema. Todos, absolutamente todos, quieren hacer algo, parecer estar ocupados. Todos parecen preferir arreglar las cosas vía impuestos, sea creando uno, subiéndolo, eliminándolo o creando desgravaciones fiscales.Y si la situación presupuestaria del estado no está para bajar impuestos o tienen limitaciones legales para alterar el presupuesto parece que todos, sin excepción, recurren a aprobar legislación creando o eliminando regulaciones, según vean las cosas.

Es algo que vemos en los estados americanos estos días, con los gobiernos regulando y aprobando leyes furiosamente en vista que no tienen dinero para nada. Y es algo especialmente curioso porque como comentaba Cives no hace demasiado, regular una industria y crear un impuesto sobre ella es, a efectos prácticos, básicamente lo mismo. Prohibir que los comercios abran domingo es una medida equivalente a poner un impuesto del 99% de su ingreso si abren ese día, al fin y al cabo. Imponer una indemnización de despido de 45 días por año trabajado al empresario es equivalente a crear un impuesto sobre despidos uniforme para todos los trabajadores, sin que importe la antigüedad.

La única diferencia en estos casos es que la regulación parece no tener un coste fiscal para los actores implicados, ya que no están pagando nada al estado. Eso no quiere decir, sin embargo, que la legislación no cree un impuesto «fantasma» sobre ingresos prohibidos o un coste laboral extra a pesar que no aparece en la nómina del trabajador de forma explícita. La regulación es, en cierto modo, el impuesto de los pobres; es lo que hacen los gobiernos cuando quieren cambiar conductas sin tener que cobrar a nadie explícitamente.

Que sean más o menos equivalentes, por cierto, no quiere decir que sean iguales: la regulación puede ser espantosamente ineficiente y mucho más cara de gestionar que un impuesto bien sencillo. Mi ejemplo favorito es el horrendo mercado laboral español (como no), pero cosas como las emisiones de CO2 es mucho más fácil reducirlas gravándolas directamente que creando legislación que prohiba las centrales de carbón sin filtros XYZ.

Lo más intrigante del artículo, al menos para mí, es el hecho que esta clase de comportamientos políticos puede explicar en parte por qué el franquismo dejó tras de sí una cantidad tal de regulaciones idiotas. En vista que el régimen estaba para cualquier cosa menos para redistribuir renta o ofender a la gente cobrándole impuestos, tengo la sensación que arreglaron mucha de sus políticas sociales a regulación limpia, sin preocuparse demasiado de su coste. Ahí tenemos esa herencia estupenda de cerrar tiendas en domingos, el sistema de notarías, las licencias para farmacias y el horrendo mercado laboral. El franquismo hacía populismo sin impuestos, y aún estamos intentando librarnos de sus inventos.

También creo que puede ser interesante explorar esto más allá, si alguien tiene tiempo. Si mal no recuerdo (y si hay alguien experto en estas cosas en la sala, que avise) uno de los problemas endémicos de los países en vías de desarrollo es la pertinaz manía de sus líderes de pasar regulaciones estúpidas. Son estados que tienen a menudo problemas para recaudar demasiados impuestos, merced de una administración pública débil, o que no tienen demasiada riqueza que recaudar, así que cuando hay un problema, por tonto que sea, el político siempre tiene la tentación de arreglarlo a cañonazos, vaya a funcionar o no.

Es realmente una de las constantes de la política: ante un problema que preocupe a la opinión pública, el político medio preferirá hacer algo espantosamente malo y parecer activo que quedarse en casa sin hacer nada. Este artículo nos dice que lo hará regulando, por supuesto.