Bienvenidos a Expectativas racionales, un nuevo blog en el que tratar la faceta económica de los hechos de actualidad (sí, otro más) sin renunciar a la divulgación, eso sí, desde un enfoque espero que entretenido y desde luego asequible para todos. Algunos ya me conoceréis; a todos los demás, encantado de conoceros.  Ahora podría soltaros una charla sobre lo que debemos a la ciencia económica, o qué podemos esperar de ella, o cuáles han sido sus últimos avances; o incluso podría dedicarme a disertar sobre la crisis económica, sus causas y cómo no, acerca de las alternativas de que disponemos para superarla; o también, hablar sobre el aspecto normativo que poseen todas las medidas económicas, de la relación entre la eficiencia y la equidad de nuestro sistema económico y de cómo las distintas políticas que pueden emprenderse refuerzan o debilitan cada una de ellas. En fin, podría
hablaros de un montón de cosas, me creo, interesantes. No obstante, voy a optar por una solución que, quizá para empezar, sea algo más conveniente. ¿Qué tal si os hablo un poco de mi?

Cuando terminé la selectividad, me encontraba como muchas otras personas sin saber qué hacer. Una parte de mí me decía que tirase por la filosofía. A fin de cuentas, era mi asignatura preferida de bachillerato. Siempre sabía que responder a las preguntas del profesor, leía por mi cuenta distintos autores e intentaba dentro de mis posibilidades ir un paso por delante de la clase. Ojalá hubiera tenido el mismo entusiasmo para las matemáticas. No es que fuese un desastre, pero desde luego no era mi punto fuerte. Lo que decía, me encontraba en esta tesitura cuando de repente, enredando en los entresijos de la red, me topé con un pequeño artículo del economista austriaco Karl Menger, titulado El origen del dinero. Ahora no sabría decir muy bien por qué, pero me cautivó. En ese momento supe, como por inspiración, que tenía que estudiar economía.

He de decir que, por aquel entonces, mis simpatías económicas iban de la mano de mis tendencias políticas. Después de las desilusiones políticas propias de la adolescencia, la seguridad de un mensaje claro, contundente y en cierto modo transgresor, aunque alejándose de los tópicos de siempre, como el que parecía ofrecer el mensaje liberal de entonces me resultó enormemente atractivo. Smith, Ricardo, Stuart Mill, Robbins, Schumpeter, Mises, Hayek, Friedman, o incluso Rothbard (!), todos ellos entre otros se convirtieron en mis autores de referencia. No obstante, como decía, mis convicciones políticas se veían reforzadas, eso creía yo, por mi conocimiento en la economía. De hecho, este aspecto resulta importante, pues cuando uno cree verse amparado por la ciencia en sus convicciones, al final se termina sometiendo éstas a las pretendidas exigencias de la primera. En este sentido, como ocurre en todas las ideologías, la búsqueda de una coherencia cada vez mayor deja tras
de sí muchas renuncias. En un caso, esta coherencia puede buscarse intentando proteger la teoría de cualquier contaminación externa, con el riesgo de caer o bien en discusiones metafísicas (entre las cuales las de temática metodológica son las preferidas en la disciplina) o bien con el riesgo de terminar por hacer uso de un armatoste infalsable. Es el caso de alguien que, para defender que toda acción es racional (por tanto supuestamente responsable, aunque ese es otro tema) acaba defendiendo que incluso cuando un agente escoge algo contraproducente para sí mismo, en realidad es racional en tanto entre las preferencias del sujeto está la de hacerse daño a sí mismo. No digo que una discusión de este estilo carezca de todo fundamento, pero desde luego se trata de una proposición infalsable. Escoja lo que escoja el agente, siempre, o nunca, será racional.

Así con todo, el desapego inicial que me generó mi carrera (pues consideraba que no estudiaba lo que debía estudiar, así de pretenciosa es la ignorancia) dio paso a una desafección más bien creciente hacia mis convicciones generales. Digamos que saber un poco de economía te convierte en todo un indignado mientras que saber algo más (no digamos mucho) te convierte en todo un escéptico. La prueba de esta afirmación me llegaría a través de la lectura de El nuevo estado industrial, de J. K. Galbraith, libro que conocía por mi profesor de economía de bachillerato, del que nos hablaba de oídas y seguramente más por simpatía que comprensión, y que adquirí por casualidad en una tienda de libros de segunda mano ante lo reducido de su catálogo (en lo que se refiere a libros nunca me gusta irme con las manos vacías). Me gusta decir que, al igual que Kant afirmó que Hume le había despertado de su «sueño
dogmático», a mi Galbraith, cosa curiosa, me despertó del mío. El libro, dígamoslo claro, no es gran cosa, y desde luego no suscitará los desvelos de ningún economista profesional. No obstante, las intuciones que en él se recogían terminaron por activar ese pequeño mecanismo que todos tenemos dentro y que, cuando se acciona, te hace ver que de alguna forma lo que hasta entonces creías completamente seguro en realidad no lo era. Schumpeter solía decir con respecto a la profesión que si alguien te informa de que el sótano de una casa está lleno de barriles de pólvora apilados en torno a una caja de fusibles averiada, puede que no seas capaz de decir exácamente cuándo explotarán, ni tampoco cuáles serán exáctamente los efectos de la explosión, pero desde luego, de lo que podrás estar seguro, es de que explotarán en algún momento. Así mi cabeza era como ese sótano. De hecho, no es que los argumentos del libro me convenciesen o, ni mucho menos, me convirtiesen; simplemente,
habían sido el detonante que en algún momento era seguro que tenía que activarse.

Fue a partir de ese momento cuando empecé a interesarme realmente por la economía en sí misma. Sobra decir que, al mismo tiempo que mi conocimiento económico se centraba en las áreas que reforzaban mis convicciones políticas, éstas a su vez se configuraban bajo la estructura de mi conocimiento económico, en una especie de bucle de retroalimentación. No es raro entonces que una vez se derrumbó mi seguridad económica, la política siguiese el mismo camino; hasta tal punto que poco o nada me queda decir sobre ella (simplemente intento ser lo más faliblemente sensato que puedo, con todo lo que ello implica). Como decía, este paso hizo que mi radio de aceptación de distintas posturas económicas se ampliase. Así fue como conocí entre otros a Marshall, Keynes, Kalecki, Hicks, Solow, Samuelson o Kantor. Sí, habéis oído bien, Kantor, al que ya conoceréis. Como tantas otras veces, si bien conocí de él por casualidad, ésto supuso
el que considero el tercer acontecimiento más importante en mi evolución económica. No es para menos. A Kantor le debo el haberme religado a la ortodoxia académica, especialmente en lo que respecta a la metodología. En sí mismo este hecho no debería ser demasiado relevante (es más, suelo interpretar la probabilidad de inicio de una discusión sobre metodología un indicador bastante aproximado del nivel relativo de ignorancia con respecto a la cuestión de la que se discute, que es lo mismo que afirmar que cuando no se tiene nada interesante que decir se acaba hablando de lo que sea), pero cuando uno proviene de unas posiciones en la que cualquier mínimo intento de formalización corre el riesgo de ser acusado de fatal arrogancia, entonces se entenderá la importancia relativa que concedo al tema. Aunque todo lo que escribe Kantor es recomendable, artículos como éste (que fue el causante de
todo) o este otro, son buena prueba de ello.

En este momento tenía claro que había llegado al punto de no retorno. Ahora venía lo más difícil. Al igual que cuando toca limpiar el trastero uno se ve en la necesidad de decidir qué cosas ordena y cuáles tira (y yo soy particularmente maniático en lo que respecta a tirar cosas), me encontraba en la situación de considerar que merecía ser salvado de mi conocimiento previo y qué merecía más bien ser apartado a un lado. No me interpretéis mal, no soy de esos que cambian de parecer como de ropa interior (algo que, en cualquier caso, es preferible a la actitud de aquellos que nunca lo hacen, o peor, que ni se lo plantean). Simplemente, me gusta saber a qué atenerme, no tanto por conocer con seguridad en qué punto me encuentro como por qué camino he de seguir avanzando; o como suelo decir, siempre me gusta estar seguro de lo que pienso aunque sepa que estoy equivocado, ya que de esa forma, por lo menos, tendré una idea de qué es lo que tengo que corregir.

No obstante, en medio de este embrollo, tuvo lugar otro acontecimiento que lejos de facilitarme las cosas no hizo sino complicarlas (eso sí, para bien). En concreto sucedió que, una vez más por casualidad, conocí a alguien que me demostró que el idealismo no siempre tiene por qué estrellarse frente a la realidad, antes bien, uno puede ser idealista siempre que no se le olvide que, por mucho que no quiera, la ley de la gravedad siempre se cumple. Hablo, naturalmente, de Cives. Artículos como éste, éste o estos dos pueden daros una idea del porqué. Como antes, este tipo de cosas deberían resultar triviales, pero para alguien que tomó la oposición sistemática a cualquier tipo de acción positiva como la mayor garantía de verosimilitud, poder ver a alguien que mostraba cómo esa actitud no sólo no tiene por qué ser cierta, sino que además puede ser incorrecta, supuso para mi un enorme avance. Supongo que ahora entenderéis por qué he dicho que lejos de facilitarme las cosas, la visión que me transmitía Cives sólo me complicaba las cosas. En este punto, había pasado de pensar en la economía en términos de lo que no funcionaba a pensar, por contra, en términos de lo que podría funcionar.

Quisiera dejar en este punto, por el momento, esta pequeña historia de mi evolución personal. No obstante, creo que ha sido suficiente para comprar que los cambios que han tenido lugar, naturalmente, han sido mayúsculos, pero considero que también han sido provechosos. Con este panorama me encuentro hoy ante todos vosotros; y además, con la suerta de estar en compañía de todos aquellos que, en cierta medida, influyeron de una forma u otra en mi pensamiento actual. Les agradezco a todos la oportunidad que me han brindado al estar aquí (de la que espero que se aprovechen, todo sea dicho). Sé que me he dejado a muchas otras personas en el tintero; sin duda todos ellos merecerían toda mi atención. No obstante, ¿qué mejor oportunidad de darles su debido reconocimiento que el tenerlos al lado? Espero desde luego ser capaz de corresponder tanto a ellos como a vosotros, mis lectores, pues de no ser así, ¿qué sentido tendría escribir todo ésto? Así pues, con esta vocación de servicio me
despido, pero sólo con la promesa de que daré mucho la tabarra. Estáis advertidos. Sin más, sed bienvenidos.