Economía & ingeniería institucional

De productividades, empresas y países

8 Jun, 2011 - - @egocrata

El otro día señalaba que un país puede tener un estado de bienestar decente y ser un participante entusiasta en la economía global al mismo tiempo. La pregunta obvia, por descontado, es cómo hacerlo. ¿Qué hacen los alemanes, suecos u holandeses para tener una economía con impuestos altos y poder seguir siendo competitivos?

La respuesta es  a la vez patéticamente obvia y bastante compleja. Para empezar, todo es cuestión de la productividad por trabajador: mientras que los trabajadores franceses y alemanes generan unos $53-54 dólares de PIB por hora trabajada, los españoles apenas consiguen sacan $44. Si un currela alemán fabrica muchísimo más que un Mejicano ($17), parece obvio que los primeros pueden permitirse lujos como sanidad universal pública y buenos salarios sin despeinarse.

La solución a nuestros males y cura mágica a aspiraciones de la izquierda es entonces muy fácil: aumentamos la productividad de los trabajadores y listo. Cambiamos el modelo productivo de algún modo y hala, la factoría España será poderosa y tremenda otra vez, el paro bajará, y tendremos esos lujos asiáticos que tienen los suecos. El problema, como dice Kantor a menudo, es que la productividad es una caja negra; la “medida de nuestra ignorancia”, que decía Solow. Sabemos que existe, pero no tenemos una medida clara sobre qué la produce. Vemos los resultados (una economía produce más con menos) pero no el proceso.

Haciendo el programa más complicado, “España”, como tal, no está compitiendo con nadie. Como señala Krugman en un libro al que Cives le tiene mucho cariño, en el mundo compiten empresas, no naciones; ahí fuera no tenemos aguerridos funcionarios manchegos vendiendo queso, sino un montón de agricultores y distribuidores trabajando duro para vender más en Estados Unidos (de corazón, gracias). Zara no tiene tiendas por medio mundo porque España es un país estupendo, sino porque Inditex es una empresa muy bien organizada y eficiente. Obsesionarse con hacer España más competitiva es confundir el bosque con los árboles; nuestro problema no es tener un país lleno de vagos y maleantes, sino que la mayoría de nuestras empresas no son eficientes.

Y aquí, por cierto, si tenemos pistas sobre qué va mal. España tiene un tejido productivo muy concentrado en PYMEs. El pequeño empresario con menos de diez trabajadores es la columna vertebral de la economía del país, y lo es en una proporción muchísimo mayor a la de nuestros vecinos. Los datos señalan, sin embargo, que las empresas con menos de 50 trabajadoras son mucho menos productivas que sus hermanas mayores, señalando que la extrema atomización empresarial nos está haciendo daño. La cosa no se queda aquí, por desgracia: al hecho que tenemos más microempresas que nadie le debemos sumar el hecho que nuestros pequeños empresarios son mucho menos productivos de media que sus parientes europeos:

Si miráis con cierto detalle, sin embargo, veréis que en el gráfico se esconden buenas noticias. Primero, que según crece la empresa, el déficit de productividad se cierra. Segundo, y más importante, las grandes empresas españolas son, de media, más productivas que sus homólogas francesas, británicas, italianas y alemanas, y lo son por un buen margen.

No hace falta ser un genio para deducir que en España estamos haciendo algo horriblemente mal en el sector de las PYMEs, y puede que haciendo algo bien en la gran industria. Los problemas son obvios, y es algo que hemos repetido por aquí cientos de veces cuando hablamos de todos esos palos en la rueda que la legislación española pone a las empresas pequeñas. Cosas tan bobas como el enorme cantidad de papeleo necesario para abrir una empresa, la increíble complejidad del sistema fiscal, la absurda cantidad de permisos y bizantina estructura administrativa del país, las ridículas trabas legales que cualquier negocio debe afrontar para crecer o ampliar negocio, el completamente psicótico sistema de contratos laborales, la ridícula lentitud de la justicia o el hecho que tres administraciones distintas se dediquen a regular a qué horas puede uno abrir. Para rematar el desastre, la negociación colectiva hace que tu política salarial la decidan otros con más pasta, y el mercado laboral es una especie de receta para garantizar que ninguna empresa en crecimiento pueda tener una política de personal sana. Tu empresa sólo puede tener gente de paso con contratos patéticamente endebles o carísimos jarrones Ming incompatibles con una start up.

Y esto es sólo el principio. Tenemos mercados poco competitivos con multitud de barreras a la entrada, regulación muy pobre que protege a los que ya están de forma descarada (malditas farmacias), un acceso a crédito horrible para nuevas empresas (los bancos saben lo mal que lo tienen) y, por supuesto, esa alegre obsesión de los políticos patrios de perseguir elefantes blancos y fantasías de Silicon Valley. La pequeña empresa española nace con unos costes fijos mucho más elevados que sus vecinas, tiene muchas más trabas para expandirse y compite con una serie de monstruos muy adaptados al marasmo regulatorio y con todos esos costes de entrada ya amortizados. Nuestro problema es, en gran medida, que tenemos un sector empresarial lleno de Davids en un mundo donde los Goliath ganan casi siempre: los pequeños entran en escena con una mano atada a la espalda.

Cambiar estas cosas no es demasiado difícil. Cuando hablamos de reformas estructurales lloro y protesto mucho sobre mercado laboral y negociación colectiva, pero esas dos son sólo una parte del problema. Crucial, ciertamente, pero hay mucho más que hacer.

El problema, claro está, es que estas reformas son necesarias, pero no son cosas a corto plazo. Si cambiáramos todo a un mundo ideal y perfecto para la semana que viene, la productividad española seguiría siendo baja; las organizaciones, las empresas, la economía se adaptan a los cambios de incentivos tarde o temprano, pero lo hacen lentamente. Como Cives siempre me recuerda, no estamos hablando de magia; las reformas llegan demasiado tarde. Hagamos lo que hagamos para salir del agujero, estamos en un punto que no hay salidas sencillas. Es así de triste.