Tras cuatro meses de debates, incontables declaraciones oficiales, decenas de mensajes entusiastas sobre la necesidad de cambios y el apoyo total y completo del Presidente del Gobierno, sindicatos y patronal han roto las negociaciones para reformar la negociación colectiva en España. No me voy a meter en el berenjenal sobre culpables de esta debacle, enésimo fracaso de los agentes sociales en esta crisis; parece que la CEOE ha sido quien se ha levantado de la mesa esta vez, pero la verdad da bastante igual.

Es una muy mala noticia. De hecho es una noticia horrible, espantosa; la negociación colectiva en España funciona tan mal que incluso los sindicatos estaban dispuestos a firmar un documento con concesiones enormes hace sólo unos días. Por mucho que Cives diga que no parecen entender de lo que están hablando (con cierta razón), el hecho que estuvieran dispuestos a limitar la prorroga de convenios era un sacrificio considerable. El sistema de negociación colectiva es uno de esos campos del mercado laboral español donde la ley confunde privilegios regresivos con derechos sociales, y parece que (por fin) íbamos a racionalizarlo un poco.

Los resultados electorales de hace un par de semanas, sin embargo, han cambiado el cálculo para la patronal. Los empresarios pueden escoger aceptar un pacto decente pero relativamente equilibrado ahora (los sindicatos aceptan dar concesiones, pero no suicidarse), o esperar, en el mejor de los casos, que de aquí nueve meses a que Rajoy llegue Presidente del Gobierno y conseguir una legislación mucho más agresiva.

Si al PP le entra un ataque de flojera y decide firmar una paz social como hizo en 1996, cuando Aznar decidió hacer eso tan español de aplazar reformas, tampoco será un gran problema. La negociación colectiva es una de esas reformas que todo el mundo, incluyendo muy especialmente nuestra amiga Merkel, ve como completamente necesaria, obvia y evidente, así que Zapatero tendrá que aprobar algo. Si la ley se queda a medias (lo más probable, en vista de la patética timidez de este gobierno), será una mejora del status quo, aunque sea limitada. Y precisamente por su timidez, el mercado laboral tampoco mejorará demasiado, así que la probabilidad que Rajoy gane aumentará aún más. Si la ley es decente y el gobierno pasa, por una especie de milagro extraño, una reforma agresiva (no necesariamente regresiva – hay formas de mejorar las cosas sin joder al currela media), los sindicatos estarán de nuevo entre la espada y la pared. Si no se movilizan, perderán un poco más de su escasa credibilidad, mejorando la situación de la patronal para la siguiente ronda. Si salen a la calle, le pegan otra torta al gobierno (que nunca viene mal), probablemente fracasen otra vez, ya que Zapatero no puede permitirse echarse atrás de nuevo, y están aún mejor para la próxima ronda. Básicamente, no importa lo que suceda, salen ganando. Pactar cualquier cosa era para ellos una estupidez colosal.

Lo realmente patético de todo esto, sin embargo, es que los sindicatos realmente no tenían nada que hacer. Ha sido el gobierno, para variar, el que les ha metido en una situación sin salida. Del mismo modo que hicieron con la reforma laboral, Zapatero ha metido a los agentes sociales en una salita, y les ha pedido que escriban legislación ellos. Algunos, cuando quieren ahorrar costes, envían su fábrica a China; Zapatero pide que los agentes sociales le hagan sus deberes. El problema, tanto el año pasado como ahora, es que uno de los dos actores no tienen el más mínimo interés de pactar nada, ya que sabe que el 2012 tendrá a alguien en Moncloa que no les pondrá tantas pegas. Y por supuesto, los sindicatos no tienen la más mínima intención de tirarse a los pies de los caballos aceptando propuestas de la patronal absurdas llevándose las tortas que no se quiere llevar el gobierno.

El resultado es, de nuevo, una comedia de errores. El gobierno ha tirado cuatro meses a la basura. Los votantes han sido testigos del lastimoso espectáculo de ver a un ministro de trabajo siendo ignorado de forma repetida. Zapatero tendrá que pasar otra reforma necesaria pero polémica, y los sindicatos, otra vez, deberán liarse a tortas con el gobierno para salvar los muebles. Y todo porque aquí queremos consensos, pactos sociales y chuminadas, en vez de tener un gobierno que pone una reforma sobre la mesa y pide que los demás opinen, liderando el debate en sus propios términos. En solitario, los sindicatos no tenían absolutamente ninguna capacidad de crear incentivos a los empresarios para alcanzar un acuerdo. El gobierno podría haber participado desde el principio, amenazado con otras leyes que ponen nerviosos a los empresarios («si no aceptáis eso, cascamos un impuesto sobre grandes fortunas mañana mismo«) para al menos empujarlo a un acuerdo. Pero no, ellos querían un pacto social autogestionado y de buen rollo, que son demócratas y tal.

El resultado es otra reforma necesaria que no defenderá ni Dios, con el gobierno llevándose todas las tortas como es costumbre. Y encima, siguiendo con la tradición, ahora que les obligan a actuar ellos sólitos pasaran una reforma anémica y sin un gramo de ambición, pero con alguna chorrada lo suficiente malsonante como para provocar otra huelguecita general. Poniendo la venda antes que la herida, y llevándose un hachazo igualmente. Tres años igual, y no aprenden.

Nota al margen: la reforma de las pensiones era fácil de pactar porque no hay «perdedores» entre sindicatos y patronal. Las pensiones son un programa de redistribución generacional, no entre capital y trabajo, así que todos los viejetes que negociaban vieron perfectamente sensato joder a los jóvenes que no estaban en la mesa. Asunto arreglado.