Internacional

Jugando a Dios en Libia

21 Mar, 2011 -

“Locura es hacer una y otra vez lo mismo esperando resultados distintos” [1]

1.-Irak y yo

En 2003, dos años después de un atentado que prometía la desestabilización global, y de una guerra de represalia singularmente barata y exitosa en Afganistán, Bush empezó los preparativos para la invasión de Irak. En una situación de reevaluación generalizada de los riesgos globales, la Administración estadounidense fue a la guerra bajo el pretexto razonable del principio de precaución ante la posibilidad de que hubiese armas de destrucción masiva en Irak que pudiesen acabar en manos de terroristas.  Desde luego, todos entendíamos que serían armas biológicas o nucleares (las químicas no son realmente de destrucción masiva).

En ese momento, cuando lo que se discutía era si había armas de destrucción masiva, o si el régimen iraquí presentaba un peligro global, mi apuesta personal fue que Bush decía la verdad y estaba bien informado, y que la guerra era necesaria.

Lo pensaba porque soy rehén de mis propios sesgos, y no podía creer que alguien siquiera moderadamente racional se metiese en una guerra en el corazón del mundo musulmán para hacer algo tan ridículo como “llevar la democracia”, y porque sé que las guerras por petróleo no lo son para controlar los yacimientos, sino para garantizar el suministro, y si el suministro desde Irak no estaba garantizado era por las sanciones económicas de Estados Unidos.

Cualquiera con un mínimo de conocimiento histórico sabía que Saddam Hussein era un psicópata peligroso, pero también era un psicópata derrotado, que a coste cero se interponía entre Arabia Saudí e Iran, y era una pieza clave del sistema de seguridad regional que garantizaba simultáneamente el flujo de petróleo y la seguridad israelí, es decir, lo único que se puede esperar de la región. Así que cuando Bush decidió invadir Irak, la única explicación razonable es que el tipo era realmente peligroso. Yo no podía juzgar esto por mí mismo, así que me encogí de hombros y pensé, ¡qué remedio!

Pero Bush no era un tipo razonable. Era un idiota mesiánico que creía sinceramente que el mundo musulmán tenía arreglo, y parece que estaba rodeado de otros idiotas que resumían paradójicamente todos los lugares comunes anti-históricos que en general atribuyo a la izquierda: que todas las personas son iguales (discutible) y que forman sociedades iguales (ridículo), con objetivos comunes (incalificable)  y que la gente obra en términos de “egoísmo ilustrado” prefiriendo a  un gobierno extranjero benevolente que a los tiranos locales (se me han acabado los adjetivos).

Total que invadimos el país, y más o menos la mitad de las tonterías de Bush se demostraron correctas: la gente odiaba sinceramente a Saddam, amplias partes de país vieron a los americanos como salvadores (Kurdistan), y al final esta gente ha acabado teniendo una democracia fantasmal. Pero en conjunto, el resultado fue una catástrofe: la guerra civil ha matado a varios cientos de miles de personas, la economía iraquí ha sufrido un impacto terrible e Iran tiene un amplio margen de maniobra regional. Y sobre todo la guerra se ha acabado comiendo el ancho de banda político-militar de Estados Unidos y una pila de millones de dólares asumible pero innecesaria.

Estados Unidos no se puede permitir micro-gestionar el sistema global. No hay capital político, ni margen financiero. Hacia 2006 mi opinión (definitiva) era que Estados Unidos debe centrarse en unos pocos bienes públicos globales (no-proliferación nuclear, la yugular saudí del petróleo, libertad de movimientos en el mar, y un principio general de inviolabilidad de las fronteras) y dejar a la Globalización y la doctrina anglosajona clásica del “Equilibrio de poder” hacer (¡o no!) el resto.

 2.-La Política Exterior del Régimen Demagógico

Pero no puede ser. El régimen demagógico que prevalece no es compatible con el realismo político. La gente no parece soportar las consecuencias de dejar a la naturaleza seguir su curso (por ejemplo, unos cinco o seis mil muertos por represalias en Bengasi: una gota en el mar de sangre que es la Historia), del mismo modo que no puede tolerar el precio de modificar el curso de la Historia (las bajas colaterales: las ajenas y sobre todo las propias).

El universalismo absolutista (y demagógico) que subyace a la ideología de los Derechos Humanos hace que cada vida humana tenga un valor infinito. Y esto tiene una inmediata consecuencia lógica: dado que sumar y restar infinitos genera indeterminaciones, el cálculo estratégico se vuelve imposible. Sin sumar y restar cadáveres, no se puede tener una política consistente cuando se trata de asuntos de vida o muerte.

Pero sumar y restar vidas es el pecado contra el espíritu santo en la Disneylandia global.

Así que volvemos a la casilla de salida. Solo que peor. Gadafi había sido una pequeña china en el zapato en los setenta y ochenta;  flirteó con todas las variedades posibles de terrorismo, y perro-flautismo anticapitalista, pero siempre con más entusiasmo que determinación. Cuando dejó de ser guapo y delgado, y cuando le metimos un misil a la cuna de su hija (colateral: era para el padre), el payasete volvió a su estado basal: un sultancito bereber sin más pretensiones que lucir disfraces y ver mundo en bussines. El tipo sigue siendo insufrible, y yo en particular, le tengo bien guardadas las humillaciones a las que sometió a mi país favorito por el pecado de que allí se cumplan las leyes (disfrutaré cuando le maten: por eso, y por la atrocidad de las enfermeras búlgaras; alguna satisfacción personal hay que sacar de esta previsible catástrofe política).

Pero en 2003, llegamos a un acuerdo con él: desmanteló su programa nuclear, regularizó a las petroleras y mandó al heredero a estudiar a un colegio inglés. Con sus paranoias y sus molestias, Gadafi no es Obiang: la renta del petróleo se reparte entre la población, que tiene un nivel de vida muy superior al que merece. Desde luego, que la gente disfrute de cierto bienestar material no quiere decir que el país no sea un agujero: no existen verdaderos empleos, ni verdaderas empresas, y cualquier persona con  un mínimo de iniciativa sabe que solo le queda la miseria espiritual o la emigración. Pero como el ambiente no genera esa clase de personas más que muy excepcionalmente, me parece un coste asumible.

Adicionalmente, Gadafi es un musulmán herético, así que en las mazmorras de su régimen la mayoría de los inquilinos son gente que debe estar en las mazmorras de cualquier régimen: islamistas ortodoxos, que nos odian más que él y son mucho más efectivos matándonos.

En cuanto a la oposición, no tiene sentido juzgarla porque no existe. Todo indica que esto ha sido un clásico motín árabe de los que históricamente han servido para regular la población dentro de un régimen malthusiano. No voy a entrar al juego paranoico de decir que son islamistas, porque el islamismo está bastante tocado en la región, y porque en las revueltas como las de Libia el principio social relevante es la versión sangrienta del “Concurso de belleza keynesiano”: cada notable local ha actuado según el principio de apoyar al bando que considera más probable que acabe prevaleciendo, en un mecanismo que tribu a tribu, cuartel a cuartel y embajada a embajada ha estado siempre regido en primer lugar por el temor a las represalias, y en segundo lugar, por el apetito de las recompensas que ofrecerá el bando vencedor. Y como no hay un gobierno, tampoco hay un ejército, ni una estrategia. Pero si la intervención internacional cambia
las perspectivas de victoria, cambiará, solo por eso, el bando vencedor: expectativas auto-cumplidas.

Al día siguiente del derrocamiento de Gadafi, nadie sabe que va a pasar. Bueno, mejor dicho, sabemos que habrá una nueva ronda del concurso de belleza keynesiano, con otros participantes: si el proceso acaba como en Iran, como en Irak o como en Somalia, depende principalmente del aleteo de una mariposa en Trípoli, y yo no hago apuestas sobre procesos que exhiben dependencia sensitiva a las condiciones iniciales.

Si esto fuese 2002, y yo no hubiese vivido desde 2003 hasta 2006, pensaría que nuestras élites tienen buenos motivos para meternos en este lio, que yo no conozco. Pero esto es 2011, y yo al menos, si aprendo. Los alemanes y los rusos parece que también.

Y no son los únicos: después de las revueltas árabes todos los dictadores del mundo (y en este mundo hay muchos países que no pueden ser democracias, y donde por tanto solo queda decidir si los dictadores serán amigos o no) sabrán que nuestra amistad no es fiable, y probablemente mirarán hacia otros jugadores globales cuya política exterior muestre menos sensibilidad a la dinámica demagógica de los medios de comunicación o a principios “morales” sin una estrategia viable. En el mundo hay alternativas reales a Occidente, y en los últimos tres meses todas las élites no democráticas del mundo (incluyendo a los imprescindibles saudíes) saben de quien no fiarse.

[1] La frase se le atribuye falsamente a Einstein; quizá por su conocida aversión a los procesos estocásticos en Física fundamental.