Hace unas semanas, tres partidos españoles pasaron una ley increíblemente poco ambiciosa que coloca los niveles de la protección de la propiedad intelectual en España a un nivel vagamente equiparable a la de nuestros vecinos europeos. Es una ley mucho más permisiva que las aprobadas en Francia, Italia o Estados Unidos, países que tienen un sector de empresas de internet infinitamente más vital y vibrante que el nuestro.

Es una ley más, una reforma pequeña. Una copia débil y fofa de leyes de otros países europeos; en un país con un 20%, es algo que debería ser una nota a pie de página en un periódico cualquiera. En España, sin embargo, la cosa no es así. Tras casi tres años de recesión y estancamiento económico, el paro juvenil al 40%, una generación perdida y demás, los valientes activistas de la red no han dicho ni pío. El gobierno, sin embargo, ha tocado el sagrado derecho a distribuir lo que no es mío, y la hemos armado pero bien.

Cada vez que creo que el activismo digital español ha llegado a los límites del absurdo, los gloriosos líderes de la causa revolucionaria hispánica son capaces de ir más allá y descubrir nuevas fronteras. La economía será un desastre, pero se han pasado meses y meses obsesionados con una encendida defensa del derecho a que alguien busque la última temporada de Fringe por tí en los internets y te la enlace (le llaman «libertad de expresión»). En vista que nadie les ha hecho puñetero caso, ahora han decidido apostar por el rollo Zen aplicado a la política. La no acción. La paz interna. El nihilismo. El #nolesvotes.

Responder a este monumento al cero a la izquierda es complicado. Estoy tentado en citar al inmortal Walter Sobchak en su comentario sobre el nihilismo alemán: «Say what you will about the tenets of National Socialism, Dude, but at least it’s an ethos.» Como creo que esta gente se toman a si mismos muy en serio, sin embargo, me parece que será mejor que me extienda un poco más.

De acuerdo, no os gusta la política española. Es fea, zafia, casposa, petulante y basada en un bipartidismo asfixiante y vacio. Estupendo, bienvenidos al club. También me gustaría comunicaros que los Santa Claus no existe y que la madre de Bambi está muerta y no, no va a volver cuando se cure.  Echad un vistazo ahí fuera: Estados Unidos tiene un partido en la oposición lleno de majaras y una izquierda corrupta e inútil; Reino Unido no tiene separación de poderes, está gobernada por talibanes presupuestarios y banqueros; Francia tienen una derecha populista alicorta y una izquierda que hace que Izquierda Unida parezcan los 300 de Esparta en disciplina; Italia tiene a Berlusconi; Bélgica no tiene gobierno, y puedo seguir así hasta aburrirme. Puede que la democracia española sea una castaña, pero creedme, las cosas por ahí  no es que sean demasiado mejores.

En pocas palabras: la democracia no es perfecta, ni aquí ni en ningún sitio. Es un sistema político feo, caótico, unicejo y cafre, que sólo toleramos porque sabemos que cualquier alternativa es infinitamente peor. La materia prima del sistema no son superhombres Nietzschianos y senadores-filósofos neoplatónicos, sino seres humanos igual de patéticos que el resto de la sociedad. El sistema funciona porque la oferta de megalómanos dispuestos a gobernar es casi infinita, y así podemos ir substituyendo de vez en cuando a a todas las manzanas podridas, pero no por mucho más que eso.

Resulta que este sistema tosco, gruñón y arrogante ha aprobado una ley que no os gusta. Dejaré de lado el hecho que la economía es un desastre hace años, la igualdad de oportunidades es un mito, el sistema financiero una verbena y el paro está al 20%, ya que parece que todo esto es secundario. La Ley Sinde os pone de mal humor. De acuerdo.

En este contexto, uno puede hacer dos cosas. Por un lado puede hacer una campaña en defensa del no-voto, pidiendo de forma encendida que la gente dé su apoyo a partidos que no tienen ni la más remota esperanza de gobernar, o directamente sugeriendo quedarse en casa. Mandarlo todo a la mierda. Decir que esto de la democracia es una cosa de ricos, corruptos y vendidos, y malgastar tu voto en la pureza inútil de algún partido minúsculo que nunca será capaz de aprobar una ley en ninguna parte.

La otra opción es dejarse de fantasías, aceptar que la democracia es un sistema político feo, farragoso y cabreante, y decidir que si se quiere hacer algo más vale participar. Los partidos en España son organizaciones pequeñas, autistas e inflexibles, ciertamente, pero eso es así porque queremos, no por otra cosa. Tomad una ciudad como Barcelona, donde el partido que controla la alcaldía tiene 3.425 militantes;  juntándose cuatro listas de Twitter y ganas de gresca, uno puede tener una voz increíblemente potente en el partido que gobierna la segunda ciudad de España. Y eso está ahí, al alcance de todo aquel que tenga un poco de ganas de cambiar las cosas y sentido común. La ley de hierro de la oligarquía existe, pero sólo porque les dejan. Quedarse fuera agitando el dedo y clamando que eres mejor que ellos no va a cambiar nada.

La pataleta nihilista del #nolesvotes es el peor de los populismos posibles – es el populismo de la inacción. Renunciar a la participación, clamar que todo esta roto y que lo mejor que podemos hacer es huir del mundanal ruído será una tradición muy española, pero no arregla absolutamente nada. Si un grupo de autoproclamados líderes de internet están profundamente ofendidos porque no les han dejado escribir una ley sobre su propio cortijo y están decepcionados con el sistema, adelante. Pero decir que esto es un motivo suficiente para irse de un portazo clamando «¡que gobiernen ellos!» no es protesta, es desidia, y no soluciona nada.

¿No os gusta la Ley Sinde? De acuerdo, perfecto. Descubrir que no estás de acuerdo con tus gobernantes es el primer paso en convertirte en un ciudadano decente. Es hora de salir ahí fuera y ejercer de ello, no esconder la cabeza bajo el ala o votar al Partido Humanista para chinchar al personal. Si queréis cambiar las cosas (y creedme, me apunto a ello) lo mejor que podéis hacer es participar, no salir del sistema. Cualquier otra postura es aceptar la derrota de antemano.