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Petroleo, escasez y el fin de la era dorada

11 Feb, 2011 - - @egocrata

Repasando los comentarios de mi último artículo, una de las cosas que más me han sorprendido es el convencimiento de muchos que el fin del crecimiento económico está a la vuelta de la esquina, ya que estamos a punto, a punto de quedarnos sin recursos naturales. El petroleo se acaba, los precios suben, y la maquinaria de la civilización se detendrá sin remedio.

Es un relato sencillo, casi convincente. Los recursos se acaban – cuando no quede nada, se acabó la producción. La economía es construir cacharros, al fin y al cabo; no hay nada que hacer sin materias primas. El problema, sin embargo, es que esta clase de explicaciones son extraordinariamente simplistas, y realmente dejan de lado todo lo que sabemos sobre evolución tecnológica y desarrollo económico.

Tomemos el petróleo. Sospechamos (¿sabemos?) que estamos relativamente cerca de lo que se ha venido a llamar peak oil, el momento en que el coste de extraer el crudo restante empieza a subir. Todos los depósitos «fáciles» de perforar han sido ya explotados; a partir de ahora estamos empezando a sacar petróleo de todos esos yacimientos que dimos como imposibles hace unos años.

Dado que extraer ese petróleo adicional es cada vez más complicado, la oferta de petróleo es cada vez más inelástica – aunque los precios suban, es cada vez más difícil responder con más producción. Esto hace que a poco que la economía mundial crezca un poco por encima de lo que sacamos de los pozos, los precios se disparen – y según China, India, Brasil y familia crecen, estaremos cada vez más a menudo por encima del límite de producción práctico, y tendremos el barril por encima de $100.

No nos engañemos, el petróleo es una materia prima importante. Los hidrocarburos son, como siempre me recuerda Bidatzi, una forma extraordinariamente práctica de «almacenar» energía. La gasolina es una substancia casi mágica: fácil de transportar, estable, ligera y que genera una burrada de energía cuando la haces explotar de forma controlada. Gracias a estas propiedades podemos crear plantas de potencia ligeras, eficaces y potentes para automoción, generadores gigantescos fáciles de alimentar para electricidad o enormes motores para impulsar barcos. Es realmente un chollo, y nos ha hecho la vida muy sencilla en los últimos 100 años.

Si el precio del petróleo sube, sin embargo, los motores de combustión interna siguen teniendo la mismas ventajas, pero pasan a tener un pequeño gran inconveniente: son mucho más caros de operar. Esto hace que otras alternativas que hasta ahora no eran competitivas ya que eran poco prácticas pasen a ser mucho más atractivas – los motores de gas natural (mucho más abundante), por ejemplo, ahora son una alternativa viable. Sí, es más complicado de transportar, pero es mucho más barato. Vale la pena probarlo.

La búsqueda de alternativas, por descontado, no se queda ahí. El carbón, por ejemplo, vuelve a ser atractivo, especialmente si los usuarios no cargan con el coste de las emisiones (es por eso que debemos poner un impuesto sobre emisiones, por cierto). El gas natural, mucho más limpio y barato, pasa a ser una alternativa decente. Si los precios suben suficiente (y estamos gravando externalidades), es muy probable que llegue un momento en el que incluso los aún muy ineficientes paneles solares puedan competir.

Más allá de eso, el petróleo caro crea un incentivo gigantesco para los ingenieros de medio mundo para buscar alternativas de forma frenética. Ya sea mediante la invención de alguna tecnología maravillosa, la capacidad de sacar más rendimiento donde parecía que no quedaba nada, ya sea mediante quijotescas recuperaciones de tecnología retro (¡quiero mis locomotoras a vapor!), cualquier forma de transportar energía que cueste menos que $100 el barril pasa a ser aceptable. Es muy posible, como señala Kantor, que no encontremos nada que sea tan eficaz como la gasolina, pero ya creo que lo intentaremos.

El resultado a medio-largo plazo puede que sea un mundo donde el petróleo sólo se utiliza en aquellos medios de transporte que no pueden utilizar otra cosa (vuelos intercontinentales) y en automóviles de lujo, los vehículos privados utilizan una combinación de varias tecnologías (gas, eléctrico, pedales, lo que sea) y donde el transporte público tiene un peso mucho más importante que hasta ahora. Los países con mayor densidad de población tendrán costes de transición menores, pero en general nos acabaríamos adaptando – la única diferencia es que gastaremos más dinero en transporte que lo que gastábamos hasta ahora.

Esta clase de adaptación no se limita al sector energético, por descontado. Si el precio de las tierras raras se dispara, seremos mucho más agresivos reciclando, buscaremos materiales alternativos o intentaremos encontrar nuevos yacimientos. Haremos algo parecido con otros recursos. Sobre alimentación, el porcentaje de población mundial que sufre hambrunas ha caído en picado en los últimos años – y hay aún mucho margen de mejora en los niveles de producción.

Es probable que en los próximos años veamos cambios en cómo hacemos las cosas. Actividades que antes eran baratas y accesibles dejaran de serlo, mientras que otras bajaran de precio dramáticamente. Del mismo modo que hace cien años la mano de obra era suficiente barata como para permitir a las clases medias contratar criadas (algo ahora impensable), de aquí cincuenta años puede que veamos un coche de gasolina como vemos comprarse un velero – un cacharro caro, obsoleto y lujuso para ratos de ocio, pero no un medio de transporte práctico. ¿Será la transición fácil? No necesariamente. Pero esta clase de evolución, esta clase de cambios, los llevamos haciendo de forma constante desde el inicio de la revolución industrial. El futuro es complicado, siempre lo es. Pero no es una pesadilla estilo Mad Max.