Leyendo últimamente sobre la Revolución francesa, algo que me ha llamado la atención es la procedencia y la edad de sus protagonistas. (Me refiero por supuesto a las grandes figuras que ocuparon la escena pública; porque quizás casaría mejor con el espíritu del blog decir que los protagonistas reales fueron la deuda pública francesa, el precio del pan y la existencia de grandes masas urbanas en París.) Sobre lo primero, ya escribió Burke que la Revolución había sido la obra de «oscuros abogados de provincias» y «curas rurales», «delegados de pequeñas jurisdicciones locales, procuradores rurales, notarios y todo el séquito de ministros del litigio municipal, los que fomentan y libran la mezquina guerra de los agravios aldeanos». De modo menos florido podríamos convenir en que el proceso abierto en 1789 dio voz a una amplia clase de clercs -abogados y notarios, pero también periodistas y otros intelectuales en sentido extenso- antes sometidos a la preeminencia social de la
nobleza y el alto clero que se realimentaba con ella. E incluso aparecen en la primera fila política artistas como David y hasta ex-actores como Collot d’Herbois y Fabre d’Églantine: en los albores de la política moderna, profesionales de la ley, de la palabra y de la representación artística se reparten los aspectos administrativos, comunicativos y escenográficos del nuevo oficio de gobernar.

Pero, hasta donde sé, menos se ha escrito sobre la edad de los revolucionarios. Danton tenía apenas 34 años cuando subió al cadalso, los mismos que su compañero Desmoulins. Tampoco Philippeaux llegaba a la cuarentena, y Fabre se destacaba con 44. Robespierre, por su parte, murió con 36, los mismos que su víctima Hébert y diez más que su joven camarada Saint-Just. 38 contaba Couthon, y 33 Hanriot. De los afortunados que sobrevivieron al Terror, Billaud-Varenne pertenecía a la generación de Couthon, y Tallien era diez años más joven. Por no extendernos mucho más, recordemos que el mismo Napoleón llegó a Primer Cónsul con 30 años.

Así que me he entretenido un rato en calcular la edad media de los presidentes de la Convención a su nombramiento -no, no soy tan friki como para ponerme a calcular la media de todos los diputados: dado que la presidencia se renovaba cada quincena y que menos de la mitad de los 749 miembros estaba presente durante muchas votaciones, la muestra de 73 presidentes me parece bastante representativa del elemento político más activo. Bien, pues incluso contando con que los diputados tendieran a no elegir a sus colegas más jóvenes, inexpertos y desconocidos -en la primera sesión ofició el decano, Ruhl, con 55 años-, la media es de 39,5 años. (Si sirviera de algo, porque las muestras son desiguales, la media de los presidentes anteriores a la Reacción de Thermidor es ligeramente inferior, 39,45 por 39,75 en el período post-Thermidor.)

Luego he perdido un poco más de tiempo en calcular la media para los delegados del Primer Congreso Continental americano, el órgano que se puso al frente del proceso revolucionario americano en 1774: 44,6 años. Y, como es fácil de suponer, también la media de los presidentes de los sucesivos Congresos en el período 1774-1789 es superior a la de la Convención: 46,7 años (siempre en el inicio de su mandato).

Por supuesto, se trata de un pasatiempo sin mayor validez científica: la Convención y el Congreso eran instituciones muy distintas, los presidentes tenían funciones y mandatos incomparables, los períodos de estudio varían enormemente, etc, etc. Pero creo que los datos apuntan a algo importante: la Revolución francesa, particularmente en sus episodios más agitados, corresponde con el momento en que hombres que por su nacimiento y profesión, pero también por su edad, estaban parcial o totalmente marginados en el cursus honorum del Antiguo Régimen -un poco a la manera descrita por Benedict Anderson para las elites criollas- asumen el protagonismo en la esfera pública. Hombres como Danton, Saint-Just, Billaud-Varenne o Hébert, capaces de sintonizar con el ánimo de la masa sans-culotte, compuesta ella misma mayoritariamente por hombres jóvenes sin expectativas de ascenso social ni económico. Fueron ellos quienes intentaron y brevemente consiguieron canalizar el impulso anárquico, voluble, cruda
y miopemente interesado de este proletariado parisino en un proyecto político fuertemente constructivista. Un proyecto, por supuesto, incompatible con las viejas estructuras señoriales y gentilicias, fundadas en el nacimiento, la primogenitura, la precedencia de la edad, el patriarcado. Y este factor (juventud + masas urbanas) debe de contribuir también a explicar, no menos que la diferencia entre la common law y el derecho francés en el que se habían formado tantos revolucionarios, la distinta orientación política del proceso de independencia americano y la Revolución, y la variable relación que tuvo esta última con las ideas de propiedad y continuidad.

PS- Como decía, desconozco si existe bibliografía específica sobre este asunto de la edad, así que cualquier indicación en los comentarios es más que bienvenida.