Geografía económica & urbanismo

Trenes, densidad y equilibrio territorial

1 Feb, 2011 - - @egocrata

De todos los argumentos que se lanzan para defender (o pedir) que una ciudad o región reciba una línea de ferrocarril de alta velocidad, uno de mis favoritos es el del equilibrio territorial. La idea es que hacer llegar una línea de tren a Palencia, Cuenca o Cáceres que los deje a una o dos horas de Madrid servirá para proteger el territorio, haciendo las provincias menos desarrolladas mucho más atractivas gracias a su buena comunicación con la capital.

Un vistazo a la historia demográfica de cualquier país europeo debería dar pistas sobre por qué esta línea argumental es una tontería. Hasta mediados del s.XIX, la distribución de la población europea era relativamente uniforme. A finales del s.XVIII, por ejemplo, uno de cada ocho catalanes vivían en Barcelona (unos 100.000 sobre 800.000). Cien años después, el desarrollo de las comunicaciones ferroviarias y mejor acceso a zonas rurales desde el centro de hecho aumentó la concentración de la población, con casi uno de cada cuatro catalanes viviendo en la capital (incluso antes de la absorción de Horta, Sants y demás distritos en 1897). A día de hoy, un 70% de la población del principado vive en el área metropolitana de Barcelona.

Este patrón demográfico se reproduce en todo el mundo desarrollado, de hecho: las capitales nacionales / regionales ganan población, y el resto de ciudades alrededor de estas se estancan. Esto viene siendo así desde el día en que un inglés chalado montó una tetera con bielas sobre raíles y las distancias empezaron a acortarse, y se fue acelerando con el paso del tiempo. Poder llegar más rápido al centro no ha beneficiado a las periferias, sino que las ha vaciado ¿ Por qué?.

La respuesta es muy sencilla: productividad. Más concretamente, los beneficios en productividad derivados de las grandes aglomeraciones de población y las densidades altas  – el hecho que vivir más cerca unos de otros, y más cerca de otras industrias y servicios nos hacen más productivos. Estudios sobre el tema los hay patadas; las estimaciones que he leído dan aumentos de productividad de hasta un 10-15% al comparar negocios en municipios de menos de 200.000 habitantes con ciudades de más de un millón (un ejemplo aquí sobre Francia). Algunos estudios dan estimaciones mayores, del orden del 20-30% en algunos casos; las ciudades más densas, por cierto, tienden a ser más productivas.

Recordad qué significa trabajar en una empresa más productiva. Por un lado, compite mejor, así que es más probable que sobreviva. Por otro, puede pagar más dinero a sus trabajadores, ya que está haciendo más con menos. Esto tiende a atraer más trabajadores a la zona, más población, más densidad y refuerza aún más el liderazgo del centro respecto de la periferia. Como más industrias en una zona haciendo más o menos lo mismo, más fácil será encontrar ingenieros que puedan diseñar maquinaria para ellas, contables que puedan gestionarlas, bancos que puedan dar financiación y toda esa serie de servicios de apoyo que llamamos «tejido» industrial. Esto hace las empresas aún más competitivas, reforzando la ventaja sobre el resto – y, con el paso de los años, básicamente creando la red de grandes ciudades y zonas rurales semivacias que vemos en todas partes (de hecho, incluso en Alemania o Reino Unido).

Es por este motivo, de hecho, que cuando alguien habla de políticas de equilibrio territorial y defiende la necesidad de evitar que Teruel o Soria pierdan población a toda costa siempre me produce cierto ardor de estómago. Una industria en Soria (pob. 40.000) lo tiene muy, muy difícil para ser realmente productiva, ya que está viviendo básicamente aislada. Por muchas líneas de tren, autopistas y astropuertos que construyas, sus competidores en ciudades grandes van a tener todos esos servicios complementarios y proveedores mucho más a mano que ellos. Regar de dinero la región para ver si compiten acabará por crear, a efectos prácticos, un negocio que será de media mucho menos productivo que si hubieramos dado esas ayudas en Zaragoza o Valladolid.

Esto no quiere decir, por descontado, que la política territorial española deba ser abandonar Teruel, Lleida y demás zonas rurales a su suerte y llevar a todo el mundo a vivir a L´Hospitalet. Lo que sí debemos pensar, siguiendo en lo que comentaba el otro día, es que una ciudad como Soria no debe competir en bienes o servicios basados en la productividad, sino que su ventaja comparativa es hacer cosas que Madrid, Barcelona o Valencia no pueden ofrecer en absoluto. Vino, por ejemplo. Apacibles casas rurales para artistas bohemios que se creen Antonio Machado (la Toscana de España, o algo así). Productos agrícolas de alto valor añadido, como perroflautadas orgánicas. Queso. Lo que sea. Lo que no debemos obcecarnos es en creer que nuestra idea de desarrollo económico es empresas de alta tecnología en todas partes, porque eso realmente no te lleva a ningún sitio.

Sobre el AVE, por cierto, en muchos casos (no todos) sigue siendo una buena idea, en gran medida porque es una infraestructura que tiende a aumentar la productividad de los nodos centrales, al conectarlos mejor con otras áreas parecidas. Són básicamente ampliaciones del «área de refuerzo» de la ciudad en cuestión, una especie de extensión de su tejido productivo, sección capital humano. Eso debería dar una pista, por cierto, sobre dónde vale la pena llevar líneas de tren nuevas (pista: áreas metropolitanas por debajo del millón de habitantes, abstenerse)… pero ese es un tema para otro día.