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Egipto, Túnez, Al Jazeera y las olas de cambio político

29 Ene, 2011 - - @jorgegalindo

Esta entrada, en realidad, es un borrador, un mero intento de poner orden a tantas ideas desordenadas en mi cabeza y pasando ante mis ojos en tan poco tiempo. Vamos allá.

Tenemos un amplio grupo de países con unas condiciones sociales, políticas y económicas con puntos de encuentro significativos: tienen regímenes dictatoriales cuya última reforma profunda data de finales de los setenta o principios de los ochenta, un Estado descomunal y esclerótico, podrido por la corrupción, un desarrollo económico tremendamente desigual que mezcla bondades y maldades del capitalismo: teléfonos móviles mezclados con millones de pobres, universidades en ascenso junto a porcentajes de paro inasumibles. Comparten, además, cultura basada en una religión (de la misma manera que lo hacemos Francia y España), y una zona geográfica de considerable inestabilidad por la interdependencia entre los países, la presencia de recursos y de rutas estratégicas.

En un momento dado, en mitad de una crisis económica salvaje, los precios de alimentos y otros consumibles básicos comienzan a subir. El paro está estancado en niveles altísimos, y no parece haber solución. Una generación entera de jóvenes que han absorbido promesas de un futuro mejor (en algunos aspectos, «mejor» es «más occidental») ve sus esperanzas más que frustradas, humilladas. Y algunos comienzan, con cierta timidez pero con una resolución interior marcada por la crudeza de los acontecimientos, a salir a la calle.

Por supuesto, los medios les ignoran. ¿Todos? No, todos no. Hay dos en los que pueden ver reflejado que no están solos: el primero y principal es Al Jazeera. El segundo, algo distinto pero también importante, son las redes sociales. Además, estos medios tienen una particularidad: son internacionales. El caso es que, como bien me decía mi compañero Cives por Google Talk, estos medios les permiten no tanto organizarse (no hemos visto protestas organizadas, sino desordenadas) como activar la bola de nieve imprescindible para que la movilización social cuaje: ser conscientes de que hay otros en la calle. En una acción colectiva, el riesgo de llevarla adelante disminuye con cada nuevo miembro. Máxime cuando enfrente hay amenaza de represión. Y denomino al proceso como de «bola de nieve» porque cada nuevo miembro tiene un efecto multiplicador, casi exponencial en el caso de las redes sociales.

El enemigo, el Gobierno en este caso, se ve acorralado, y tiene tres opciones, por este orden de conveniencia: reprimir y ganar, hacer concesiones, salir corriendo y no mirar atrás. En Túnez y en Egipto, primero hubo represión. Pero la bola de nieve seguía adelante, y la represión no fue cruenta porque, de hecho, el Gobierno cada vez contaba con menos efectivos para ello (la policía y el Ejército al final son tan ciudadanos como los que están manifestándose). Después, concesiones. Pero ante la concesión, la masa de protestantes tiene dos opciones: aceptar, o seguir exigiendo. Seguirá exigiendo si piensa que el Ejecutivo no puede volver atrás, a la represión. Y llegará así a la tercera fase: expulsión. Túnez ya ha llegado, mientras que Egipto aún está en la segunda. A Mubarak, por eso, le quedan muy pocas opciones. Si mañana siguen las protestas querrá decir que la ciudadanía considera que no puede volver al estadio de la represión, y por tanto puede forzar una huída del dictador (y de su hijo), y un proceso
de cambio de régimen. A pesar de que todo es un caos y nada es seguro, creo que este escenario es el que tiene más probabilidades. Me ayuda a pensar así las imágenes de la sede del Partido del Gobierno en llamas, las muchas horas durante las cuales El Cairo y Egipto entero han estado sin Gobierno, y el hecho de que Mubarak no tiene paradero conocido a ciencia cierta, ahora mismo.

Volviendo a la reflexión general, en este juego hay, por descontado, más actores: los Estados occidentales. Sigo citando a Cives en la mentada conversación privada, quien ha apuntado acertadamente que, una vez la comunidad internacional democrática no ha reprendido a nadie (más al contrario) por la rebelión en Túnez, al resto de «pueblos» se les abre una ventana de oportunidad. Al Jazeera y, en menor medida, internet, se encargan de difundir lo que sucede en el país vecino. A cada nueva rebelión, la siguiente tiene un coste de entrada inicial menor, porque las expectativas de triunfo son mayores. Así de sencillo. Hoy, de hecho, Clinton y Obama han escenificado una creciente tolerancia (si bien aún no explícita, sí patente) por las protestas en Egipto. Más expectativas para el resto, pues.

Ante todo este escenario, se abren al menos cuatro cuestiones fundamentales. Una local, y tres globales. La local es qué sucederá si en Egipto pasa algo con el Canal de Suez. Sinceramente, creo que a China le podría picar algo así, por aquello de las rutas comerciales. Es poco probable (al fin y al cabo, esté quien esté en Egipto, interesa que el Canal funcione). Pero no lo perdamos de vista.

Las globales no tienen aún respuesta. La primera es, claro, qué país vendrá después. En Yemen, en Siria, en Jordania y en Omán ya han habido protestas, así como en Argelia. En Marruecos, Mohamed VI anda algo nervioso. De Libia poco o nada sabemos, pero ahí está. Egipto, como todos dicen, no es Túnez. Si Mubarak cae, las expectativas que se abren son mucho mayores para el entorno.

La segunda cuestión es qué pasará en estos países, hacia dónde irán. La dictadura islamista que tanto teme Occidente y que era la bicha mentada por todos hasta ahora ya no parece la única opción. Parece que ver Al Jazeera durante unas horas nos ha supuesto una inyección de realismo a todos los que nos las damos de analistas políticos. No hay, insisto, respuesta. Solo un apunte: la temida organización de los Hermanos Musulmanes en Egipto no tiene el apoyo popular asegurado. No es Hamás, no tiene una tupida red de ayuda tejida entre el 60%-70% de la población. Claro, no es lo mismo plantear esta cuestión en Egipto o en… Yemen (temblor).

¿Qué tipo de régimen puede establecerse en Túnez, o en Egipto? ¿Dictablandas? ¿Democraduras? Francamente, no tenemos ni idea. Ni yo, ni Roger Senserrich, ni Hillary Clinton, ni The Economist. Así de claro.

La tercera pregunta es la más global de todas: y después de todo esto, cómo queda «Oriente Medio». Léase, claro está, Israel-Palestina. Mubarak, sin ser aliado, sí era (ya hablamos de él en pasado) una pieza clave en la relación con Israel. De nuevo, no hay respuesta: hay que esperar a que las piezas se asienten. Pero lo que está claro es que si hay dos sitios donde mantienen la respiración ahora mismo, son Gaza y Jerusalén.

En resumen: no sé si es una ola de democratización, pero sí es una ola de cambio y de movilización social que no se veía en el mundo desde, me atrevería a decir, la caída del Muro de Berlín. El mecanismo está explicado arriba. No le quitemos mérito a Al Jazeera, porque este tipo de oleadas no funcionan sin catalizador. Ayer me preguntaba qué haríamos los europeos ante esto. Hoy tengo la respuesta: sentarnos, y esperar muy, muy atentos hasta que algo nos toque de cerca. Ya no somos el centro del mundo.