amo al líder & sovietología 2.0

De la debilidad de las dictaduras

19 Ene, 2011 - - @egocrata

Las democracias caen lentamente, las dictaduras caen de golpe. Esto es algo que solía repetir un profesor por la facultad hablando sobre la estabilidad de régimenes políticos, y es ciertamente un buen resumen de lo visto en Túnez los últimos días. Un gobierno demócratico no acostumbra a verse envuelto en una lucha por la supervivencia de forma repentina, sin avisar. Cosas como la libertad de expresión, encuestas, oposición política ruidosa, protestas en la calle y eventos similares son avisos que las cosas no van bien, y deben cambiar de rumbo.

Un dictador, sin embargo, no tiene estos avisos. En un estado autoritario, el gobierno tiene un papel muy activo en reprimir esta clase de avisos sociales que indican que el presidente es impopular. Esto, por supuesto, es una estrategia racional: el tirano no quiere que la gente no hable en su contra por vanidad, sino precisamente para asegurar que el ciudadano medio no sepa el grado real de apoyo a la dictadura.

La idea básica es ocultación de preferencias, un modelo muy elegante de Timur Kuran del que he hablado alguna vez. En una dictadura la represión generalizada hace que sea complicado, incluso peligroso, decir qué piensas sobre el Secretario General, Caudillo o General de turno. El estado en general sólo es capaz de controlar y reprimir a aquellos que intentan dar su opinión haciendo demasiado ruido, sin llegar a las cocinas de cada casa (aunque hay algunos régimenes especialmente salvajes que si lo han hecho), pero intenta «dar ejemplo» cada vez que cazan a alguien diciendo bobadas. Si la violencia es lo suficiente salvaje, selectiva y enérgica como para dar una señal clara que protestar te meterá en líos, un dictador no tardará en ver muchas sonrisas forzadas allá donde vaya, por la cuenta que les trae a sus súbditos.

Hay ocasiones, sin embargo, en que este mecanismo de represión se rompe. Un buen día tu bienamado Secretario General puede estar dando un discurso delante de 100.000 leales comunistas en la Plaza del Palacio, sólo para que un grupito de listillos que tienen la suerte de estar lejos de la furgoneta de la policia se empiecen a chotear del líder. Esto puede hacer que unos cuantos proletarios que llevan demasiado rato despiertos y sin cafe se pongan a cachondearse con ellos, animando a su vez a otro grupo de gente que se da cuenta que no son los únicos que están mortalmente aburridos. En apenas unos minutos, según cada vez más gente se da cuenta que no están solos y no están locos al creer que el dictados es un cretino, los gritos aislados se convierten en una marea imparable, y el apoyo al régimen puede desintegrarse en pocos días.

Esta clase de efectos, esta clase de espirales de declaración de preferencias ocultas, son una riesgo siempre latente para cualquier dictadura. En el momento en que un régimen autoritario sufre una protesta social más o menos seria y no tiene el estómago para reprimirla, los dirigentes están corriendo un riesgo. Si la manifestación es pequeña o no toca la legitimidad del régimen, el riesgo es muy limitado. Una movilización un poco más extensa, sin embargo puede ser tomada por algunos listillos como un signo que no son los únicos que están cabreados con el sobrio y severo estado nacionalcatólico; si la policia no reparte tortas estas vez, puede que la próxima si salgan a la calle, añadiendo más voces a la protesta. Según los números aumentan, más y más personas alcanzarán  su umbral de participación (el nivel de ruido a partir el cual se sienten seguros para apuntarse), y los disturbios pueden convertirse rápidamente en crisis.

¿Qué tiene que hacer un dictador para sobrevivir cuando la cosa se le va de las manos? La respuesta es muy sencilla: primero, rezar para que policia y ejército sigan cumpliendo órdenes (si empiezan a desertar, está perdido). Segundo, aplastar a las masas insurrectas sin la más mínima compasión hasta que pillen el mensaje. Dicho en otras palabras, lo que los dirigentes de Irán el año pasado, China en los ochenta, La Unión Soviética en Praga y toda una larga serie de tiranos sin escrúpulos ni aprecio por la vida humana han hecho. Es fácil, es efectivo, y no es demasiado caro, siempre que tus fuerzas armadas vivan mejor que la chusma urbana de tu país (*).  Si la élite dirigente está dividida, el ejercito está lleno de hippies malolientes o el Secretario General es un buenazo… hola revolución. Que será rápida, será imprevista, será una sorpresa pero resulta que todo el mundo llevaba años muerto de ganas de hacerla. Si sólo hubieran hablado por Facebook para ponerse de acuerdo.

Lo más divertido de todo esto, sin embargo, es que una vez conquistado el poder revolucionario el mecanismo de ocultación de preferencias sigue vigente. Hace diez minutos todo el mundo gritaba salves al Zar y arriba el caudillo como si le fuera la vida en ello (y de hecho, así era), ahora esa misma gente está proclamando que son demócratas de toda la vida o que aborrecen el poder pequeñoburgués. Este es uno de los motivos por el que después de toda revolución vemos casi de inmediato una purga salvaje de posibles agentes contrarrevolucionarios;  los dirigentes del nuevo régimen son perfectamente conscientes que la mitad del partido está mintiendo como bellacos, y están muertos de ganas de volver donde estaban. Es algo que no vemos en transiciones pactadas a la española (donde los veteranos del antiguo régimen ya se preocupan de asegurarse que los dejen en paz), pero que es casi endémico de las revoluciones que derivan hacia otro sistema más o menos autoritario.

Serán revolucionarios, pero no son tontos.

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(*) Pequeña disgresión académica: hay una especie de regularidad extraña en Ciencia Política, algo que vemos en los datos, que dice cualquier país sin petroleo y con una renta por cápita por encima de $6.000 al año acaba siendo una democracia con bastante rapidez. No tenemos un buen mecanismo causal sobre el tema al respecto, aunque sospecho que el estómago de los militares tiene algo que ver.

En un país pobre un soldado come mejor (y tiene más prestigio social) que un campesino medio. Es un estatus valioso, así que quieren conservarlo, y siguen órdenes. Según aumenta la riqueza de un país, los militares pierden poder adquisitivo en comparación al resto, hasta el punto que un sargento chusquero envidiará al oficinista de clase media y no la inversa. Los policias y militares, en este caso, serán más reacios a disparar sobre civiles para mantenerse en su puesto, y la dictadura será mucho más vulnerable. La tendencia a enviar a tu presidente a paseo también se cumplirá, por supuesto, en estados fallidos donde el gobierno dejó de pagarte el sueldo hace seis meses – el modelo africano de carruseles de golpes de estado.