El partido Laborista británico ha tenido un fin de semana divertido. De hecho, ha tenido lo que para mí es la auténtica fiesta de la ley de hierro de la oligarquía democracia, la elección de líder en un partido político.

Miradlo de este modo: Ed Miliband tiene ahora mismo un 40-50% de probabilidad de llegar a Primer Ministro algún día. En las próximas elecciones generales el líder de los laboristas sólo tendra un rival (y medio, si hay milagro liberal-demócrata), así que ganar es casi cuestión de cara y cruz. El domingo, sin embargo, fue una batalla a cinco bandas, la culminación de años y años de de tortazos con compañeros de partido, amigos y su propio hermano mayor. Después de años de masacre Shakespeariana, unas generales son un pequeño paso.

La alegre batalla de este fin de semana tiene varios puntos interesantes. Mi favorito, sin duda, es el efecto del peculiar sistema de votación utilizado, descendiente directo de una larga estirpe de ingeniería institucional no demasiado competente de los laboristas.

Hasta finales de los años setenta, el partido tenía un sistema para escoger su líder realmente simple y elegante: los diputados votaban. En un país con circunscripciones uninominales, cada miembro del parlamento era el representante de una zona geográfica muy determinada, pero estaba preocupado por ganar elecciones generales, así que tendían a buscar gente más o menos respetable. En un partido donde todos los afiliados a un sindicato eran militantes de forma automática, sin embargo, esto generaba tensiones – las élites del partido eran más moderadas y se enfrentaban al problema real de gobernar, mientras que las trade unions de esa época eran bastante más utópicas.

En 1978, esta relación estalló en pedazos. Los sindicatos se hartaron de la política de austeridad de James Callaghan, el (notable) Primer Ministro laborista de la época, y se lanzaron a la calle, básicamente dando el gobierno a Thatcher. Como era de esperar, el ala más radical del partido acusó a las élites de ser demasiado moderados, clamando que si hubieran gobernado desde la izquierda hubieran mantenido el poder. Cabreados, movilizados y listos para tomar el control, forzaron un cambio del sistema de elección de líderes, haciendo que los líderes sindicales tuvieran voz y voto en la selección de líder y elaboración del programa.

El resultado fue simplemente espantoso. Durante todos los ochenta los laboristas se dedicaron a presentar programas electorales increíblemente radicales (incluyendo la «nota de suicidio más larga de la historia«, el manifiesto de 1983), mientras sindicatos y élites se pasaban el día liándose a tortazos entre ellos. Escisiones, talibanes de la pureza progresista haciendo la vida imposible al líder (pobre Neil Kinnock. En serio) e inacabables batallas sobre reglas de elección del liderazgo y redacción de programas marcaron la casi eterna travesía del desierto del partido.

La evolución de las reglas fue ciertamente curiosa. En los primeros años, los sindicatos y la izquierda presionaron para quitar poder a los diputados, haciendo que más de la mitad de los votos fuera de los militantes y líderes sindicales. Según avanzó la década, y conforme la izquierda ganó batallas y puestos de poder internos, el énfasis paso de los militantes al voto en bloque de los sindicatos, con el voto del líder de cada union contando por el de todos sus militantes. A finales de los ochenta, con la izquierda controlando muchos distritos y diputados, las élites parlamentarias misteriosamente ganaron otra vez peso en la elección de líder, en una historia que a estas alturas ya debería sonar familiar.

El final de la década, sin embargo, suposo algunos cambios. La destrucción de los sindicatos a manos de Margaret Thatcher (a veces el enemigo si que es externo, parece) hizo que la composición de la militancia del partido cambiara. La izquierda militante tradicional de finales de los setenta, los sindicalistas de empresas nacionalizadas y las trade unions de la vieja escuela estaban muriendo. La nueva militancia era más moderada y menos anticapitalista. Irónicamente la insurrección de los moderados (liderada primero por John Smith, después por Tony Blair) se centró en más democracia interna, dando más peso a los militantes individuales y menos a los sindicatos.

Este es el origen del extraño sistema de votaciones que el partido gasta hoy: un tercio de los votos para diputados, un tercio para los militantes de base, un tercio para los sindicatos, con un sistema de voto preferencial para cerrar mayorías. Un accidente histórico, fruto de una acumulación de batallas perdidas en las urnas y de la ambición de Tony Blair. Sobre cómo ha funcionado este sistema, y qué ha sucedido en estas elecciones en concreto, hablamos mañana.