Un último comentario sobre las primarias en Madrid, y la dichosa redacción del programa electoral. Algunos me seguían insistiendo hoy que el programa lo redactan los militantes presentando enmiendas en sus agrupaciones, que son elevadas al regional, donde otros militantes escogidos libremente deciden sobre ellas, etcétera. Básicamente, el esquema que marcan los estatutos de cualquier partido político moderno desde hace más de cien años: democracia representativa multinivel, o algo parecido.

El pequeño problema de ver los partidos de este modo es que este esquema organizativo es, de hecho, una ficción. Los líderes de una formación política moderna tienden a abrir muchas vías de comunicación, asambleas, votaciones y procesos de presentación de enmiendas, pero a efectos prácticos controlan la agenda del partido y la redacción del programa casi completamente. La redacción de programas, la presentación de enmiendas, es un proceso aparentemente abierto, pero siempre cuidadosamente controlado – nada que pueda dividir el partido o no guste al liderazgo llegará a ningún sitio, básicamente.

¿Por qué sucede esto? La respuesta es sencilla, y realmente antigua – de hecho, fue contestada en detalle en 1911por Robert Michaels, un anarcosindicalista alemán, analizando el SPD en uno de mis libros de Ciencia Política favoritos.

Un partido político, según Michaels, es una organización grande y compleja, que tiene que tomar decisiones complicadas constantemente. Para hacer esto de forma más o menos eficiente, es necesario tener una serie de personas que sepan lo que hacen, gente que sea capaz de llevar la contabilidad, presentar papeleo para presentar candidatos, preparar mociones en el parlamento, montar mítines y preparar la fiesta anual el primero de mayo. Por mucho que estos organizadores sean escogidos entre los militantes y sean sindicalistas y obreros de pura cepa, una vez que son escogidos por un cargo dejan de ser simples militantes y se convierten en burócratas, funcionarios de partido.

Esto, de por sí, no es malo; recordad que estamos organizando el partido de este modo para ser más eficientes. Un burócrata (weberiano) es simplemente un técnico, un experto – alguien que está ahí porque puede hacer las cosas mejor que un aficionado. El problema, sin embargo, es que el hecho que hagan las cosas mejor que un militante medio les da ciertas ventajas, haciéndoles más necesarios. Cuando alguien es más necesario, es más importante, y tiende a tener más poder. A medio plazo, y debido a la pura complejidad de la organización, la burocracia del partido (y sus líderes) se convierten en algo casi imprescindible, y acaban por controlar el tinglado en solitario. Es la ley de hierro de la oligarquía, el principal motor detrás de los arreglos institucionales de los partidos políticos.

Es una visión ciertamente cínica de los partidos políticos (y organizaciones de afiliación en general), y mi explicación es un tanto simplista. Este esquema organizativo, sin embargo, se cumple con poquísimas excepciones en la inmensa mayoría de partidos políticos efectivos, y lo hace por buenos motivos.

Primero, a los líderes les encanta, obviamente, pero los militantes en general no les importa demasiado. La política es algo que requiere tiempo y esfuerzo, y la verdad, no mucha gente quiere prestarle atención. Los jefes ya se encargarán de hacer los estatutos tan complicados y obtrusos como sea posible, por la cuenta que les trae. Segundo, los partidos así organizados son más efectivos. Son más baratos de operar, tienen menos divisiones internas, candidatos más electoralistas (si tu trabajo depende del partido, lo que quieres es ganar elecciones, no perseguir la pureza ideológica) y compiten mejor, al tener mejor personal de campaña.

Por descontado, la ley de hierro de la oligarquía también genera sus problemas. Desde un punto de vista normativo, la democracia interna dentro del partido pasa a ser una ficción – sólo formaciones con un nivel de faccionalismo exagerado o primarias realmente abiertas pueden compensar parcialmente este problema. Ambas cosas, no hace falta decirlo, pueden reducir algunas de las ventajas de un partido oligárquico (los votantes acostumbran a penalizar los partidos divididos), pero a veces vale la pena asumir esos costes.

Otro problema importante es cuando la oligarquía en control del partido está más preocupada por su supervivencia que en ganar elecciones. Los cargos de partido, digamos, son capaces de controlar unos cuantos feudos municipales y una cierta cantidad de subvenciones y presupuestos, y deciden que su único objetivo es perpetuarse en sus pequeños cortijos, cerrando el paso a cualquier militante insurrecto. Lo suyo es montar comités, pretender que trabajan, crear sus pequeños tinglados semicorruptos para tener a todos los burócratas felices, y a vivir, que son dos días. No sé si os sonará familiar.  Limpiar una organización con esta clase de problemas es muy complicado – hace tres años
hablaba de ello
, si queréis repasarlo.

Resumiendo: los partidos son oligarquías – organizaciones mucho más centralizadas de lo que pretenden ser. Esto, sin embargo, no es del todo casual, ya que la profesionalización los hace más eficaces… hasta que la burocracia deja de preocuparse por ganar, y decide que lo suyo es vivir de gorras eternamente. Animales complejos, estos partidos. Hay mucho que contar.

Nota final: Michaels, por cierto, tuvo una biografía curiosa. Tras empezar en el SPD y pasarse al anarquismo, el hombre se apuntó al partido fascista italiano, apoyando a Mussolini. Su idea era que el liderazgo carismático era el mejor antídoto contra la burocratización – y Mussolini podía llegar dirigir la clase obrera de ese modo, sin intermediación de la oligarquía. Realmente, uno nunca acierta en todo.