El otro día hablaba sobre el hecho que en Madrid la Comunidad tiene la orgullosa manía de desperdiciar dinero en infraestructuras. El problema no es el hecho que se construyan demasiadas vías de metro o se abran demasiadas líneas nuevas de cercanías, sino el hecho que realmente no estamos urbanizando con las nuevas infraestructuras en mente.

Para entendernos, pondré un mapa y un ejemplo: la parada de metro de Rivas Vaciamadrid, cerca del extremo sur de la Línea 9 de metro:

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Para empezar, la estación está encajonada al lado de una autopista, con terrenos completamente vacios al oeste. Segundo, echad un vistazo a la urbanización al lado de la parada de metro. Son casitas adosadas unifamiliares, muy coquetas ellas, pero la densidad de población es comparativamente muy, muy baja. El resultado es que tenemos una infraestructura horriblemente cara (una línea de metro, incluso en superficie, cuesta mucho dinero) que tiene como principal virtud su capacidad para llevar muchísima gente de forma más eficiente que nadie, pero la estamos rodeando de terrenos vacios o zonas residenciales de baja densidad.

A forma de comparación – una vía doble electrificada de cercanías con un tren cada diez minutos (una línea normal en el núcleo de Barcelona) tiene la misma capacidad de transporte que una autopista de seis carriles. Cada vez que Esperanza Aguirre o algún político parecido promete una línea de metro, preguntaros si el pueblo, barrio o urbanización que sirve justificaría una autopista de peaje de cuatro o seis carriles. Si la respuesta es no, probablemente va a tirar dinero.

Al hacer los planes urbanísticos y de infraestructuras de una área metropolitana, el primer paso no es decidir dónde vamos a llevar el tren, sino dónde vamos a concentrar más densidad de población. Si no tenemos 10.000 habitantes a medio quilómetro de la estación estamos casi seguro perdiendo el tiempo, a no ser que haya una gran infraestructura (aeropuerto, estadio) o tengamos previsto construir muchas viviendas y centros de trabajo casi de inmediato.

El problema, por descontado, es que el demencial sistema de financiación municipal español hace que los ayuntamientos no tengan ningún incentivo para actuar de este modo. Los ayuntamientos viven de las licencias de obra y colocar suelo público, como más mejor – construir casitas adosadas es más racional (y da acceso a más pasta), así que puestos a expandir, no buscarán la densidad, sino ocupar espacio.

El ferrocarril es, realmente, el medio de transporte urbano por excelencia. Queremos utilizarlo para mover gente entre sitios con mucha población, no para conectar a idílicos suburbios de casitas unifamiliares con el centro. Si alguien quiere vivir en un chalet, está en su derecho, pero no puede esperar que le demos el mismo nivel de servicio público que la gente que vive en barrios densos donde las infraestructuras es utilizada de forma muchísimo más extensiva.

En cierto modo, es por eso que todo estos proyectos sobre el coche eléctrico me parecen una mala idea. Hemos crecido en un mundo en que el transporte motorizado privado es algo común y ampliamente extendido, pero debemos recordar que su existencia parte de una serie de usos de suelo e infraestructura increíblemente ineficiente. No es sólo cuestión de las extenalidades negativas que producen los coches con motor de combustión interna (CO2, contaminación), sino la tremenda cantidad de calles, carreteras y gasto público asociado para hacer un medio de transporte increíblemente ineficiente vágamente factible. Construir una infraestuctura adicional para recargar coches electricos puede que elimine parte de esos costes, pero es seguir poniendo dinero en un medio de transporte que es, a efectos prácticos un lujo nacido de la energía barata.

Si vamos a subvencionar un medio de transporte, más vale poner el dinero en cosas realmente eficientes. Eso equivale a construir barrios densos, líneas de ferrocarril bien aprovechadas y un sistema fiscal que realmente cargue los costes reales de cada opción a sus usuarios. Esto quiere decir gasolina cara, peajes, impuestos más altos para viviendas construidas con densidades bajas en zonas metropolitanas, y empezar a olvidarnos de esta noción tan s.XX que tener dos coches particulares por familia es algo remotamente práctico o razonable.

Si no descubrimos a corto-medio plazo una fuente de energía límpia, práctica y segura que tenga una densidad energética razonablemente cercana a la gasolina, el mundo del s.XXI va a tener que ser, por fuerza, muy distinto a cómo hemos construido las ciudades durante las segunda mitad del XX. Aunque suene dramático, no es algo realmente demasiado difícil – y de hecho, la mayoría de ciudades europeas ya están diseñadas de este modo.

Estamos hablando de cómo construimos barrios nuevos entre 1870 y 1930, básicamente. El futuro se parece bastante al Eixample de Barcelona, no a una urbanización con casas unifamiliares y coches eléctricos.